5 de mayo de 2026
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Kiwis regresan a Wellington tras más de un siglo

El kiwi, ave no voladora de aspecto singular y emblema nacional de Nueva Zelanda, ha dejado una huella profunda en la identidad del país. Su imagen acompaña a los neozelandeses en símbolos oficiales —desde billetes hasta insignias aeronáuticas— y, tras más de un siglo de ausencia en las colinas de Wellington, su retorno representa tanto un logro biológico como una recuperación cultural y espiritual para la comunidad local.

La especie ocupa un lugar central en la conciencia colectiva por su rareza y su carga simbólica. Para muchas personas, la presencia del kiwi fortalece el sentido de pertenencia y la conexión con el territorio. Paul Ward, fundador del Capital Kiwi Project, ha señalado que el ave “es parte de lo que somos y de nuestro sentido de pertenencia aquí”, subrayando la dimensión emocional que acompaña la conservación de la especie.

La historia del kiwi en Nueva Zelanda muestra la relación entre naturaleza e identidad nacional. Se calcula que antes de la llegada humana existían unos 12 millones de kiwis; hoy la cifra ronda los 70.000 ejemplares y continúa disminuyendo a un ritmo aproximado del 2% anual, según Associated Press. La imagen del ave trasciende su biología: es motivo de orgullo nacional pese a rasgos como la imposibilidad de volar o la ausencia de cola.

El regreso del kiwi a Wellington, un siglo después

El retorno del kiwi a la capital fue posible gracias a una campaña ciudadana persistente impulsada por vecinos y por el Capital Kiwi Project. Voluntarios y recursos se movilizaron para restablecer un entorno seguro y adecuado para el ave tras su prolongada ausencia.

La iniciativa nació como respuesta a la desaparición del ave en la región, que los residentes consideraron una pérdida del tejido local. Paul Ward explicó que la comunidad decidió actuar para que el kiwi volviera a formar parte del paisaje de Wellington.

Uno de los episodios más simbólicos ocurrió en una noche de niebla, cuando Ward y otros voluntarios trasladaron siete kiwis —incluido el ejemplar número 250— cruzando tierras de cultivo con la luz de una linterna roja. La liberación, vivida con emoción y acompañada por una oración maorí, mostró el compromiso social detrás del proyecto, según informó Associated Press. “Este animal nos ha aportado muchísimo como pueblo en lo que respecta a nuestra identidad. Queremos interpelar a nuestros líderes cívicos y políticos y decirles que esta es una relación que debemos honrar”, agregó el activista.

El esfuerzo involucró no solo a activistas y conservacionistas, sino también a propietarios de terrenos y a miembros de la tribu maorí local. Gracias a la colaboración, durante la última década se habilitaron 24.000 hectáreas donde los kiwis pueden moverse con libertad. Esta cooperación generó una red comunitaria que abarca desde la vigilancia nocturna hasta la participación en liberaciones y seguimientos.

La movilización ciudadana fue clave para dar visibilidad a la causa y sumar apoyos. Las aves fueron presentadas ante legisladores y escolares en el Parlamento de Nueva Zelanda antes de su liberación, un gesto que simbolizó el alcance social del proyecto y su inclusión en la agenda pública. Las acciones coordinadas por el Capital Kiwi Project convirtieron la reintroducción en un logro colectivo, integrando a la población en cada etapa.

Estrategias de protección de los kiwis en Nueva Zelanda

Aunque la reintroducción es un paso importante, la supervivencia del kiwi depende de una labor sostenida y compleja. Entre las medidas aplicadas figura la instalación de más de 5.000 trampas para armiños en una superficie de 24.000 hectáreas. El control de este depredador, que ataca a los polluelos, ha sido crucial y ha permitido alcanzar tasas de supervivencia en Wellington cercanas al 90%, muy superiores a las de áreas sin estas medidas.

El monitoreo continuo indica que los kiwis liberados se adaptan al entorno y se desplazan por las colinas e, incluso, por zonas residenciales. Han sido vistos por ciclistas de montaña nocturnos y detectados por cámaras en viviendas, lo que evidencia la eficacia de la estrategia de integración en paisajes habitados.

El trabajo forma parte de un objetivo nacional más amplio: erradicar depredadores introducidos —como gatos asilvestrados, zarigüeyas, ratas y armiños— para 2050. Desde que el gobierno fijó esta meta en 2016, los esfuerzos comunitarios se han intensificado y algunas áreas de la ciudad se han declarado libres de mamíferos depredadores, salvo mascotas. En esas zonas la recuperación de aves autóctonas es visible y voluntarios patrullan los barrios para detectar roedores.

Michelle Impey, directora ejecutiva de Save the Kiwi, ha señalado que la protección de especies amenazadas suele limitarse a campañas y donaciones, pero en Nueva Zelanda la ciudadanía ha asumido un papel activo en la conservación del kiwi. Esta participación cotidiana ha dado lugar a un movimiento nacional en el que la preservación de la fauna es responsabilidad compartida de personas comunes.

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