Hace cuatro años, según un análisis en The Atlantic, Vladimir Putin ofreció a la élite y a los habitantes de Moscú un pacto implícito: apoyar la guerra en Ucrania a cambio de mantener sus vidas cotidianas sin verse directamente afectados por el conflicto. Durante un tiempo la capital vivió bajo esa sensación de lejanía.
La semana pasada, ese pacto se rompió de forma visible: la guerra dejó de ser algo distante y empezó a impactar la vida diaria en Moscú, como observa la analista Anne Applebaum en The Atlantic.
Ataques con drones y el fin de la sensación de impunidad
En mayo de 2023, dos drones ucranianos sobrevolaron el Kremlin; sin causar daños, revelaron las limitaciones de la defensa aérea y la proximidad del conflicto.
Con el tiempo, Ucrania dirigió sus operaciones contra aeropuertos en la región de Moscú, repitiendo ataques que provocaron interrupciones y crecientes costos para viajeros y operadores.
La mañana del 7 de mayo, las autoridades afirmaron que la defensa aérea derribó cientos de drones que apuntaban a la ciudad. A pocos días del desfile del 9 de mayo —un acto simbólico clave para Putin— las autoridades temían que el evento fuera interrumpido por ataques.
Ante la amenaza, el Kremlin y el Ministerio de Exteriores adoptaron un tono alarmado y advirtieron de represalias si se atacaba el desfile. Paralelamente, hubo gestos diplomáticos que terminaron con un acuerdo temporal que permitió la celebración, según el relato publicado en The Atlantic.
Seguridad reforzada, controles y alteraciones en la vida urbana
Tras años de conflicto y sucesivos incidentes con drones, la guerra ya no puede ser ignorada por los moscovitas: las medidas de seguridad y control se han vuelto parte de la vida cotidiana.
Las restricciones incluyeron cortes y limitaciones en la cobertura móvil, acciones que muchos perciben como formas de censura o control de la información.
El Estado ruso había bloqueado redes sociales occidentales y, en abril, amplió las restricciones afectando a Telegram y a numerosos servicios de VPN. La falta de conectividad pública produjo fallos en servicios presenciales: cajeros automáticos dejaron de funcionar y aplicaciones de transporte quedaron inutilizadas.
A estos problemas tecnológicos se añadieron presiones económicas: inflación y tipos de interés elevados que afectan a consumidores y empresas.
El desfile de 2026: calles vacías y presencia militar limitada
En los días previos al desfile de 2026 se vivió un ambiente tenso en Moscú; las autoridades pidieron precaución y hubo un aumento de las medidas de control en la ciudad.
Testigos describieron francotiradores y equipos antidrones alrededor de la Plaza Roja, restricciones de acceso al centro y una presencia militar visible pero limitada.
El acto mostró cambios notables: menos líderes extranjeros, ausencia de grandes formaciones de tanques o misiles en exhibición y una duración reducida del desfile.
Putin asistió con semblante serio. Entre los pocos invitados extranjeros destacados estuvieron soldados norcoreanos, cuya presencia subrayó las actuales alianzas de Rusia tras episodios recientes en el frente ucraniano.
La centralidad del 9 de mayo y su desgaste
El 9 de mayo adquirió relevancia política con Putin, que en 2008 restauró la celebración en su formato actual, usándola para enfatizar la grandeza histórica y el poder territorial de Rusia tras la Segunda Guerra Mundial.
El recuerdo de la victoria soviética, utilizado desde la era comunista, fue intensificado por Putin como recurso político ante la pérdida de influencia tras la disolución de la Unión Soviética.
Para reforzar esa memoria, se promovieron monumentos y actos públicos que ensalzan a los caídos y consolidan la narrativa oficial sobre la victoria.
Propaganda frente a la realidad: una brecha creciente
La guerra en Ucrania ha alcanzado la propia narrativa de Putin: sus esfuerzos por mantener un mito de victoria chocan con una realidad que muestra un conflicto duradero, costoso en vidas y sin avances militares decisivos.
Ni siquiera las conmemoraciones en Moscú están exentas de riesgo: la posibilidad de ataques impide la celebración sin interrupciones.
Esto no significa que la guerra haya terminado ni que el régimen ruso haya colapsado, pero sí que muchos rusos —en especial los residentes de Moscú— perciben con mayor claridad la distancia entre la propaganda oficial y la situación real, lo que puede abrir espacio, con el tiempo, a cambios políticos o sociales.

