El edadismo es un problema global que afecta la salud física y mental de millones de personas, reduce su calidad de vida y genera pérdidas económicas multimillonarias anuales, según el Informe Mundial sobre el Edadismo de Naciones Unidas. Su naturaleza estructural y extendida requiere políticas sostenidas para erradicarlo y proteger los derechos de las personas mayores.
En los últimos años el edadismo ha ganado visibilidad. La doctora Vânia de la Fuente-Núñez, experta internacional en envejecimiento saludable y coautora principal del informe de la ONU, señala que desde la Campaña Mundial contra el Edadismo de 2016 el fenómeno ha comenzado a nombrarse, comprenderse y discutirse en la agenda pública y política.
De la Fuente-Núñez, médica y antropóloga, ha ocupado cargos de liderazgo en diversas organizaciones, incluida la Organización Mundial de la Salud, donde dirigió la Campaña Mundial contra el Edadismo y la formación sobre envejecimiento saludable. Actualmente dirige una consultoría que asesora a gobiernos y organizaciones públicas y privadas para mejorar la vida de las personas mayores y combatir el edadismo.
La especialista, autora del libro La Trampa de la Edad, destaca que el número de países con legislación nacional contra la discriminación por edad pasó de 87 en 2018 a 105 en 2023, y que se está avanzando en la elaboración de una Convención de la ONU sobre los derechos de las personas mayores, un proceso que hasta hace poco se consideraba improbable.
—¿Cuáles fueron los principales aprendizajes y avances obtenidos desde el lanzamiento de la Campaña Mundial contra el Edadismo en 2016 y el Informe Mundial sobre el Edadismo de la ONU en 2021?
—Desde el inicio de la Campaña, que dirigí hasta finales de 2022, ha habido avances notables. El más básico es que hoy se nombra y se debate el edadismo: ha entrado en la agenda de gobiernos y empresas y ha ganado reconocimiento público, incluso apareciendo en diccionarios en el ámbito hispanohablante.
Además se han puesto en marcha políticas concretas. Antes de la Campaña y del Informe, el tema rara vez era una prioridad; ahora los gobiernos lo toman más en serio. Un indicador claro es el aumento de países con leyes contra la discriminación por edad, que pasó de 87 en 2018 a 105 en 2023, con una tendencia creciente. También se ha iniciado el proceso para una Convención de la ONU sobre los derechos de las personas mayores.
Mi principal lección es que, pese a los avances globales, hace falta más trabajo a nivel local y nacional y mayor implicación de actores que hasta ahora han participado poco, como empresas y agentes culturales.
—¿Qué evidencias científicas respaldan la necesidad de políticas activas para reducir el edadismo?
—Las evidencias recogidas en el Informe Mundial sobre el Edadismo de la ONU y la investigación reciente incluida en mi libro muestran que el edadismo no es marginal, sino un sesgo estructural y universal que exige políticas activas y sostenidas.
Se trata de un tipo de prejuicio que puede afectar a todas las personas; es el único sesgo que cualquiera puede ejercer y sufrir a lo largo de la vida, especialmente en juventud y vejez. El edadismo penetra en instituciones y en la vida cotidiana, y la evidencia científica muestra su alcance y su complejidad.
El edadismo perjudica la salud física y mental: se asocia con menor bienestar, mayor depresión, deterioro cognitivo, comportamientos de riesgo y, en algunos casos, muerte prematura. Por tanto, es una cuestión de derechos y un problema de salud pública con costes humanos y económicos; no puede solucionarse solo con cambios individuales, sino con políticas que transformen culturas y sistemas.
—En su experiencia, ¿cuáles son las formas más comunes en que el edadismo se manifiesta en las sociedades contemporáneas?
—El edadismo suele manifestarse en tres niveles. En las instituciones se observa cuando la edad se usa para excluir o limitar derechos, por ejemplo al negar vivienda, crédito, empleo o tratamientos médicos; son formas visibles de discriminación que a menudo se naturalizan.
En las relaciones y la vida cotidiana aparece en el lenguaje y en las expectativas sociales: chistes, comentarios como “ya estás mayor para esto” o “eres demasiado joven para…”, que parecen inofensivos pero fijan expectativas y restringen oportunidades.
A nivel individual, se ve cuando las personas interiorizan esos mensajes y cambian su comportamiento: jóvenes que dudan de sus capacidades y personas mayores que se autoexcluyen de proyectos o decisiones por sentir que “ya no les corresponde”. Esa combinación de normas sociales, trato cotidiano y decisiones institucionales explica la extensa presencia del edadismo.
—¿Qué papel desempeñan los medios de comunicación en la reproducción o en la reducción de los estereotipos asociados a la edad?
—Los medios tienen un papel decisivo porque no solo reflejan la realidad, sino que la moldean. Al repetir imágenes simplistas —personas mayores siempre dependientes o automáticamente sabias; jóvenes siempre irresponsables— refuerzan estereotipos que invisibilizan la diversidad y pueden legitimar la discriminación en ámbitos como el trabajo, la salud o la vivienda.
El lenguaje mediático importa: cuando presenta el envejecimiento como un problema o sinónimo de incapacidad, o promueve discursos anti-envejecimiento, impide reconocer las oportunidades y aportes de la vejez.
Sin embargo, los medios pueden contribuir al cambio mostrando la diversidad real en todas las edades, evitando enfoques paternalistas o ridiculizantes y dando voz a personas jóvenes y mayores como protagonistas con agencia.
—¿Qué herramientas está desarrollando la OMS para medir el nivel de edadismo en cada país?
—La OMS ha creado una escala para medir el edadismo que se está validando en distintos países y contextos. Es una herramienta estandarizada para evaluar el nivel de edadismo en la población general, seguir su evolución y generar datos comparables entre países, con el objetivo de comprobar si políticas e intervenciones son efectivas. Su desarrollo responde a la carencia de instrumentos robustos y validados que capturen la complejidad del fenómeno.
—¿Cómo se articula la campaña con los objetivos de la Década de Envejecimiento Saludable: 2021–2030?
—La campaña es central en la Década de Envejecimiento Saludable porque impulsa su primera área de acción, la de combatir el edadismo. El plan de la Década reconoce que reducir este sesgo es imprescindible para avanzar en las otras áreas: mejorar la atención sanitaria, reforzar los cuidados de larga duración y construir comunidades inclusivas para las personas mayores.
—¿Qué estrategias educativas y comunitarias han demostrado ser más eficaces para acabar con el edadismo?
—Funcionan mejor las intervenciones educativas breves y continuadas en el tiempo frente a formaciones puntuales intensivas. Son especialmente eficaces los ejercicios experienciales, como juegos de rol, que permiten ponerse en el lugar de personas de otras edades y que incluyen un espacio de reflexión para convertir esa vivencia en actitudes y conductas más empáticas. Combinadas con encuentros intergeneracionales, sus efectos se fortalecen.
De hecho, las actividades intergeneracionales son una herramienta comunitaria muy potente: el contacto real y significativo destruye mitos. Conocer a personas de otras edades en contextos de colaboración es la mejor forma de reducir el edadismo.
—En América Latina, donde las desigualdades sociales son estructurales, ¿qué desafíos particulares enfrenta la lucha contra el edadismo?
—En América Latina el edadismo se entrecruza con desigualdades de clase, género y etnia, de modo que afecta a distintas personas de manera desigual. La edad puede amplificar desventajas en empleo, vivienda o acceso a la salud, por lo que es necesaria una perspectiva interseccional que priorice a quienes están en mayor vulnerabilidad.
Otro desafío regional es la baja conciencia pública sobre el edadismo: está tan normalizado en el lenguaje y en muchas prácticas institucionales y cotidianas que no siempre se reconoce como discriminación. Es necesario visibilizar el problema y enfrentarlo con políticas integrales que reduzcan desigualdades y transformen las normas culturales sobre la edad.
—¿Qué papel deberían asumir las universidades, el sector privado y la sociedad civil en este movimiento global?
—Las universidades deben liderar la producción de evidencia y la formación. En América Latina hay lagunas en el conocimiento sobre prevalencia, impacto e intervenciones eficaces contra el edadismo; las universidades pueden impulsar esa agenda de investigación y enseñar sobre el tema en carreras clave como derecho, medicina, trabajo social, comunicación o diseño.
El sector privado debe garantizar entornos laborales sin discriminación por edad, con igualdad de acceso a empleo, promoción y formación continua para jóvenes y mayores, y evitar en sus productos y publicidad mensajes que refuercen estereotipos edadistas.
La sociedad civil juega un rol esencial en visibilizar el problema, movilizar a la ciudadanía y exigir responsabilidades a gobiernos y empresas para lograr cambios y rendición de cuentas.


