El uso de la Gran Bombarda y de la artillería de pólvora por parte del sultán Mehmet II fue determinante en la caída de Constantinopla en 1453. Según National Geographic, ese suceso simbolizó el paso de la Edad Media a una nueva etapa en la historia militar y política de Europa.
Durante siglos, la capital del Imperio Bizantino estuvo protegida por las imponentes murallas de Teodosio II, consideradas prácticamente inexpugnables desde su construcción en el siglo V.
Esas fortificaciones, con 96 torres y tres niveles en su sector oriental, solo habían sido vulneradas durante la Cuarta Cruzada entre 1202 y 1204. A mediados del siglo XV, la presión otomana aumentó y el emperador bizantino Constantino XI Paleólogo contempló la necesidad de reforzar la ciudad ante la amenaza de un ataque que pondría a prueba la solidez de sus defensas.
La pólvora cambia el arte de la guerra
La introducción de la pólvora en los ejércitos europeos desde el siglo XIV transformó las técnicas bélicas. Episodios como el sitio de Algeciras en 1342, donde ya se empleaban bombardas y proyectiles de piedra, mostraban la búsqueda de armas capaces de derribar murallas medievales. La Gran Bombarda representó, sin embargo, un avance tecnológico de gran alcance.
El ingeniero húngaro Orbán tuvo un papel clave en este cambio. Tras ofrecer inicialmente sus servicios al emperador bizantino —quien los rechazó por su alto coste— entregó su proyecto y mano de obra al sultán Mehmet II. Orbán propuso y dirigió la construcción de un cañón de dimensiones excepcionales, concebido para abrir brechas en las murallas de Constantinopla.
En abril de 1453, Mehmet II llegó con un ejército numeroso y la Gran Bombarda, un cañón de alrededor de nueve metros que fue trasladado arrastrado por numerosos bueyes. Orbán supervisó su instalación frente a la puerta de San Romano y, el 7 de abril, el arma realizó su primer disparo; los cronistas recogidos por National Geographic relatan que el estruendo fue tan intenso que causó alarma en la ciudad.
Las limitaciones de la Gran Bombarda y el desenlace del asedio
Aunque poderosa, la Gran Bombarda tenía limitaciones prácticas: era lenta, poco precisa y solo podía efectuar disparos espaciados, lo que permitía a los defensores reparar daños durante la noche. Requirió además una dotación especializada para su manejo y mantenimiento.
Durante semanas los bizantinos resistieron, pero el asedio se intensificó. En un accidente trágico, una de las bombardas explotó durante la carga, provocando la muerte de Orbán y varios artilleros; Mehmet II lamentó la pérdida y ordenó aumentar el bombardeo con las restantes piezas fabricadas por el ingeniero.
La Gran Bombarda fue complementada por unas setenta bombardetas más pequeñas que mantenían un fuego continuo sobre los muros, especialmente en la zona de la puerta de San Romano. Los proyectiles de piedra desprendieron grandes fragmentos de las defensas y contribuyeron a abrir las brechas decisivas.
El 29 de mayo de 1453, las fuerzas otomanas, con los jenízaros al frente, aprovecharon las aberturas creadas por la artillería para lanzar el asalto final. La resistencia bizantina no pudo sostenerse y la ciudad cayó, poniendo fin a más de mil años de historia imperial.
National Geographic destaca que la caída de Constantinopla no solo significó la desaparición del Imperio Bizantino, sino también el inicio de la Edad Moderna. El impacto de la pólvora y la artillería en este episodio estableció un nuevo estándar en la guerra europea: a partir de entonces, la presencia de cañones y armas de fuego se volvió indispensable en los ejércitos, marcando una transformación tecnológica y estratégica decisiva para la modernidad militar.


