15 de enero de 2026
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Diablada de Píllaro: fiesta que reinventa la identidad andina ecuatoriana

Cada año, entre el 1 y el 6 de enero, la pequeña ciudad andina de Píllaro, en Tungurahua, se transforma: sus calles se llenan de figuras con grandes cuernos, máscaras rojas y negras, música fuerte y danzas que duran horas. No es una celebración religiosa tradicional ni un carnaval típico; es la Diablada de Píllaro, una manifestación cultural particular del país, poco conocida fuera de sus fronteras.

A primera vista puede parecer desconcertante: diablos bailando en Año Nuevo, familias enteras disfrazadas y niños y adultos compartiendo el mismo rito. Sin embargo, la Diablada no celebra el mal ni promueve la transgresión religiosa; es una fiesta de identidad, memoria y renovación, profundamente arraigada en la historia local y en formas de resistencia cultural de los pueblos andinos.

Su origen se remonta a la época colonial y está narrado en versiones orales. Una de las más difundidas indica que los indígenas se disfrazaban de diablos para burlarse y protestar contra los abusos de los hacendados y la imposición religiosa española.

En ese contexto, vestir el disfraz demoníaco fungía como rechazo simbólico al poder colonial y como apropiación de lo que la Iglesia condenaba. Otra versión señala que la tradición surgió en conflictos entre comunidades, cuando jóvenes de Píllaro se disfrazaban para espantar a pretendientes foráneos. Más allá de los detalles, todas las versiones coinciden en que la Diablada nació como un acto de resistencia y afirmación colectiva.

Con el tiempo, esa expresión espontánea se estructuró en una celebración que ha perdurado por más de un siglo. En 2009, el Estado ecuatoriano la declaró Patrimonio Cultural Inmaterial, reconociendo su valor histórico y simbólico.

Lejos de convertirse en mero folclore, la fiesta ha ganado participación y se ha consolidado como un ritual identitario que atraviesa generaciones.

La Diablada dura seis días, del 1 al 6 de enero. Durante ese periodo, más de una decena de comunidades rurales y barrios organizan comparsas o partidas que recorren las calles principales. Cada partida puede reunir desde cientos hasta miles de personas; no hay espectadores pasivos: el pueblo entero participa bailando, tocando música, preparando comida o recibiendo visitantes.

El personaje central es el diablo pillareño, identificado por su máscara artesanal. Estas máscaras, hechas a mano con papel y engrudo, secadas al sol y decoradas con cuernos y colmillos reales, pintura y rasgos exagerados, son únicas y pueden requerir meses de trabajo. El traje suele ser rojo con flecos dorados, capa, medias a juego y un látigo que acompaña el baile.

La Diablada incluye además otros personajes: las guarichas (hombres vestidos de mujer que simbolizan picardía y abundancia); los capariches, que barren simbólicamente el camino para “limpiar” las malas energías; parejas de línea que bailan de forma continua y figuras cómicas que interactúan con el público. Cada rol tiene un significado y una función dentro del ritual colectivo.

La música es permanente. Bandas populares interpretan ritmos andinos como sanjuanitos, albazos y pasacalles, marcando el paso de los bailarines durante horas. El baile es ininterrumpido y, según la cosmovisión andina, el movimiento y el ruido sirven para activar la vida, alejar la desgracia y comenzar el ciclo nuevo con energía.

Simbólicamente, la Diablada actúa como un rito de renovación: los participantes dejan en manos del diablo las penas, conflictos y frustraciones del año que termina para iniciar uno nuevo con esperanza. Se celebra en enero, coincidiendo con el calendario cristiano, pero se rige por una lógica cultural propia que refleja el sincretismo entre creencias indígenas y tradiciones coloniales.

En las últimas décadas, la Diablada de Píllaro se ha convertido también en un atractivo turístico. Miles de visitantes nacionales y extranjeros llegan cada año; la ocupación hotelera se eleva y la actividad comercial aumenta. No obstante, para los pillareños el turismo es un efecto secundario: la prioridad sigue siendo mantener viva la tradición y transmitirla a las nuevas generaciones.

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