El Cruce de los Andes ocupa un lugar destacado en la memoria colectiva argentina. Iniciado el 17 de enero de 1817, cuando el Ejército de los Andes partió desde Mendoza hacia Chile, se convirtió en uno de los relatos fundantes que la escuela transformó en conocimiento compartido.
Para la llamada generación “silver”, ese episodio llegó primero por manuales escolares, actos patrios, láminas en las aulas y revistas infantiles, recursos que modelaron desde la infancia una idea de patria.
La gesta liderada por José de San Martín se aprendió antes de ser puesta en cuestión. Durante décadas la enseñanza la presentó como una epopeya ordenada y heroica, donde el sacrificio y el liderazgo se mostraban más como valores morales que como procesos históricos complejos.
El politólogo Gastón Vargas señala que la asociación entre San Martín y el Cruce se volvió casi automática en la escuela. Incluso la efeméride quedó opacada por la figura del prócer, y muchas personas recuerdan más la fecha de su muerte que la del inicio de la travesía. En sus palabras: “existe una asociación inevitable entre el Cruce de los Andes y la vida de José de San Martín”.
Según Vargas, el problema no fue tanto la exaltación como la simplificación. Gran parte de la enseñanza redujo el proceso independentista a una versión edulcorada que ocultó el frío, el hambre, la enfermedad y la muerte. Critica, además, que los actos escolares replicaban ese momento glorioso “como si fuese mover soldaditos de plástico de un lugar a otro”.
Sin embargo, esa transmisión también dejó huellas profundas: aun en la versión suavizada, la figura de San Martín funcionó como vehículo de valores compartidos. En los actos escolares se reforzaron principios vinculados a la entrega, la preocupación por los demás y la construcción de pueblos libres, lo que explica que “no es casual que se le nombre como el Padre de la Patria”.
Con el tiempo, el relato fue desplazándose del bronce hacia una mirada más humana. En las últimas dos décadas se incorporaron los actores colectivos y el esfuerzo anónimo; el Cruce dejó de percibirse solo como una hazaña de un genio militar y empezó a reconocerse como el resultado del sacrificio de muchos por un propósito mayor.
En la visión adulta, la relectura pone el acento en la planificación y en el sentido comunitario. Vargas destaca la complejidad estratégica del plan continental, el diseño geopolítico y la preocupación por minimizar riesgos y preservar vidas, recuperando así una dimensión ética del liderazgo sanmartiniano: “El propósito de San Martín fue mayor que los intereses personales”.
Cómo transmitir la idea de un ‘nosotros’
La doctora en Educación Claudia Romero amplía el análisis desde el papel de la escuela como formadora de ciudadanía. Recuerda que enseñar historia no solo transmite datos, sino que construye una idea de vida en común y un pasado compartido; la escuela, dice, tiene la misión de transmitir una idea de “nosotros”.
Romero advierte que la versión escolar puede oscilar entre la simplificación y la profundidad crítica. En el caso del Cruce de los Andes subraya que es un contenido central del currículo argentino y un recurso valioso para enseñar sobre liderazgo.
El cambio más significativo, según la especialista, fue narrativo: se pasó de la sacralización del héroe individual a una mirada más compleja que incorpora organización, estrategia y dimensión colectiva. Como resume ella: “Del liderazgo del superhéroe a una narrativa post-heroica donde la estrategia y la organización prevalecen”.
Para Romero, ese enfoque no debilita el relato sino que lo enriquece pedagógicamente y ayuda a formar ciudadanos capaces de comprender procesos complejos por encima de los mitos fundacionales.
Recuperar la narrativa de la hazaña
Desde la didáctica de las ciencias sociales, Gisella Andrade contextualiza la construcción escolar del relato. Señala que la enseñanza tradicional se apoyó en la historiografía mitrista de fines del siglo XIX, que consolidó una narrativa centrada en grandes héroes nacionales y colocó a San Martín en el Panteón de los Héroes.
Andrade relaciona esa mirada con un siglo XX marcado por golpes de Estado y dictaduras, periodos en los que la historia escolar reforzó una identidad nacional asociada a la espada y la cruz; menciona la película El santo de la espada como ejemplo emblemático de ese imaginario difundido en las aulas.
El quiebre ocurre con la transición democrática, cuando la enseñanza de la historia empieza a repensar su código y a incorporar una mirada social que pone en escena a actores colectivos: esclavos libertos, mestizos, mujeres y la sociedad cuyana que sostuvo la campaña. En sus palabras: “San Martín no cruza solo”.
Para Andrade, el desafío actual no es suprimir la efeméride sino recuperarla narrativamente. Advierte que al criticar las versiones tradicionales se corrió, en muchos casos, la potencia del relato; sostiene que “el Cruce de los Andes tiene un valor en sí mismo y puede ser transmitido de manera compleja e interesante, recuperando valores comunes”.
La magnitud del Cruce fue tal que sigue siendo objeto de estudio en academias militares de todo el mundo. Allí se analizan no solo la logística y la estrategia, sino también las operaciones de contrainteligencia diseñadas por San Martín para desorientar a las fuerzas realistas sobre rutas, tiempos y puntos de ataque.
Estudios comparativos de historiadores militares franceses concluyen incluso que el Cruce de los Andes fue una empresa más compleja y exigente que el paso de Napoleón por los Alpes.
Detrás de la gesta también hubo figuras clave a menudo relegadas: Juan Martín de Pueyrredón, como Director Supremo, garantizó durante años el envío sistemático de recursos —dinero, armas, vituallas y hombres— indispensables para sostener el Ejército de los Andes; y Martín Miguel de Güemes, cuya guerra de guerrillas en el norte contuvo a los realistas y permitió a San Martín ganar el tiempo necesario para preparar la campaña.
Lejos de un episodio aislado o de una épica simple, el Cruce de los Andes fue el resultado de una planificación continental, de una articulación política y militar inédita y de una decisión estratégica cuya interpretación sigue interpelando la forma de pensar la historia nacional.


