Cuerpas Reales, Hinchas Reales es un colectivo internacional de fotógrafas que documenta el fútbol desde una perspectiva feminista, situada y colectiva. El proyecto retrata la presencia de las hinchas en todas las edades y roles: quienes acompañan desde las tribunas, los barrios y los hogares, así como quienes participan dentro del campo de juego.
Mediante la fotografía se construye un archivo activo que visibiliza experiencias históricamente invisibilizadas y amplía las formas de narrar el fútbol contemporáneo.
El colectivo reúne a 88 fotógrafas en 11 países de América Latina y Europa. Cada integrante representa a un club y trabaja en su propio territorio, aportando una mirada singular que, sumada a las demás, conforma un relato diverso, intergeneracional y no jerárquico.
El proyecto pone foco en la dimensión cotidiana del fútbol: los rituales que se transmiten, los afectos que sostienen la pasión y los cuerpos que tradicionalmente quedaron fuera del encuadre dominante.
El origen del proyecto está vinculado a una experiencia personal de su fundadora, Erica Voget, fotógrafa argentina y hincha de Gimnasia y Esgrima La Plata. En 2019, con la llegada de Diego Maradona al club, Voget dirigió su cámara a la tribuna para registrar lo que no se contaba: cómo viven el fútbol las mujeres y las disidencias desde la emoción, la memoria y la pertenencia.
Ese gesto inicial dio paso a una práctica colectiva que se amplió durante la pandemia y se consolidó como una red internacional basada en el trabajo colaborativo.
Voget nació en La Plata en 1981 y trabaja como fotógrafa documental, calígrafa y docente universitaria. Su formación combina fotografía, derechos humanos y perspectiva de género, con una trayectoria sostenida en proyectos documentales y educativos.
Es profesora de Fotografía en la Universidad Nacional de La Plata y tiene experiencia en la coordinación y dirección de equipos fotográficos. Como directora técnica del colectivo, promueve una ética de trabajo que prioriza el cuidado de los vínculos, la construcción colectiva del archivo y el uso de la fotografía como herramienta de memoria y posicionamiento político.
―¿Cómo nació el colectivo y en qué momento personal y político sentís que se volvió inevitable que existiera?
―El proyecto surgió a partir de una escena concreta: el día en que Diego Maradona llegó a Gimnasia. La emoción en el estadio y en la ciudad era intensa; yo estaba con la cámara pero también con una historia personal como hincha y deportista del club. Volver al Bosque fue recuperar un espacio de identidad y, al mirar hacia las tribunas, aparecieron las preguntas sobre cómo se vive el fútbol desde las mujeres y las disidencias cuando no estamos en el centro de la narrativa. Ese contexto coincidió con un momento social marcado por la fuerza de los feminismos y la necesidad de revisar relatos históricos, lo que hizo que el proyecto se sintiera inevitable.
―¿Qué imágenes del fútbol quedaron históricamente fuera del encuadre y por qué era necesario empezar a mirarlas desde otro lugar?
―Quedaron fuera muchas escenas cotidianas del fútbol: la vida en los hogares, los rituales heredados y los afectos. Cuerpas Reales, Hinchas Reales nació para construir esas imágenes y ampliar el relato desde una mirada más íntima. Al mismo tiempo, durante décadas los medios tendieron a mostrar a las mujeres desde una lógica sexualizada, reduciéndolas a un rol decorativo y a la mirada masculina, especialmente en los años 90. Esa representación excluyó una gran diversidad de cuerpos, edades y formas de habitar el fútbol.
Correr el foco de esa mirada fue una decisión deliberada: optar por imágenes honestas de cuerpos reales y diversos no busca reemplazar la historia, sino ampliarla.
― En un ambiente atravesado durante décadas por una lógica masculina, ¿qué tensiones, resistencias y transformaciones aparecieron cuando las mujeres y disidencias tomaron la cámara y la tribuna?
―Desde la posición de fotógrafas sentimos que era el momento de intervenir. Más allá de experiencias personales, existía una preparación colectiva como hinchas y como sujetas políticas dentro del fútbol. Al cambiar quiénes registran, cambió también el relato: surgieron narrativas ligadas a la experiencia, la memoria y lo afectivo, que no compiten con la épica tradicional sino que la complementan. Tomar la cámara y ocupar la tribuna significó dejar de ser observadas para empezar a construir discurso.
En quienes observan también hay resistencias: a muchas personas les resulta incómodo incluso el nombre del proyecto, que no es casual. Así como cuestionamos la imagen histórica de las mujeres en el fútbol, también nos alejamos de la norma al nombrarnos; esa incomodidad forma parte del sentido del colectivo.
―¿Qué significa construir un archivo futbolero desde una ética feminista y colectiva, y qué diferencias introduce frente a los relatos tradicionales del deporte?
―No se trata solo de recopilar imágenes, sino de producirlas de forma colectiva, cuidando los vínculos, respetando las historias y reconociendo que ninguna mirada es neutral. Las fotografías no compiten ni buscan jerarquías: dialogan, se acompañan y se sostienen mutuamente. Cada fotógrafa aporta desde su territorio, club y experiencia, y esa pluralidad fortalece el conjunto.
Desde una ética feminista, el archivo funciona como herramienta de memoria y de cuidado: evita reproducir estereotipos o espetacularizar cuerpos, y busca producir imágenes situadas y honestas que den cuenta de cómo se vive el fútbol en lo cotidiano. Es una manera de dejar registro colectivo de nuestra presencia.
―¿Cómo dialogan en el proyecto la pasión futbolera, la militancia feminista y la fotografía documental sin que una anule a la otra?
―Conviven sin anularse. La emoción por el fútbol está presente y no se oculta; el feminismo aporta marco crítico y posicionamiento; y la fotografía actúa como herramienta para observar, registrar y compartir sin imponer un único mensaje. El objetivo no es convencer sino abrir preguntas y conversaciones.
―¿Qué aprendieron del trabajo en red durante la pandemia y de qué manera ese origen marcó la identidad actual del colectivo?
―La pandemia obligó a reorganizarnos y a confiar en el trabajo colectivo a distancia. Lo que iba a ser una muestra puntual encontró su forma en lo virtual y se abrió a la colectividad. Estábamos aisladas, pero supimos sostener una red que nos conectaba. La convocatoria a otras fotógrafas respondió a una necesidad y ese crecimiento espontáneo transformó una experiencia local en una red amplia, diversa y basada en el intercambio; esa manera de trabajar sigue marcando el proyecto hoy.
“Somos distintas y somos iguales” fue una frase guía desde el inicio.
Durante la pandemia el proyecto fue también un espacio de encuentro y sostén: las reuniones virtuales y los mensajes eran emotivos y constantes, cada una aparecía con su camiseta desde su casa y compartía historias y fotografías. Con el tiempo, esos vínculos se trasladaron a encuentros y exposiciones presenciales, confirmando que lo que nació a distancia tenía cuerpo, afecto y comunidad.
―Hoy el proyecto reúne fotógrafas de distintos países y contextos sociales. ¿Qué une esas miradas y qué matices aparecen según cada territorio?
―Nos une la fotografía como lenguaje común y herramienta sensible para mirar el fútbol. La imagen es el punto de encuentro desde el cual compartimos una forma de observar. Los matices surgen por los contextos sociales, culturales y geográficos: el modo en que se vive el fútbol varía, y esas diferencias se respetan y valoran. Cada fotógrafa trabaja desde su realidad, su club y su barrio, y esa diversidad enriquece el relato colectivo.
Conocer y compartir esas miradas es, en cierto sentido, viajar continuamente.
―¿Cómo se transforma la idea de hinchada cuando se la observa desde lo íntimo, lo cotidiano y lo doméstico, lejos del estadio y del espectáculo?
―Se vuelve más compleja y profunda. La hinchada deja de ser solo multitud para aparecer como una historia compartida: el fútbol forma parte de la vida diaria, de los recuerdos heredados y de los rituales repetidos. Desde esa perspectiva, el fútbol es un vínculo afectivo que acompaña y se vive como un integrante más de la familia, no solo como espectáculo.
―En una época de consumo rápido de imágenes, ¿qué valor tiene detenerse en la fotografía como acto de memoria y resistencia?
―Para nosotras, detenerse es una elección. La fotografía obliga a mirar con más calma y a conservar una imagen más tiempo del que impone el ritmo actual. En un mundo de consumo veloz y descartable, la foto sigue siendo un soporte para la memoria: una forma de decir que algo importa, merece ser mirado, guardado y recordado.
―Pensando en el largo plazo, ¿qué les gustaría que este archivo diga dentro de veinte o treinta años sobre el fútbol y sobre quienes lo habitaron?
―Que deje constancia de que las mujeres y las disidencias siempre fueron parte del fútbol, aunque durante mucho tiempo no se las reconociera. Que muestre la diversidad de formas de habitar este deporte y sirva de apoyo para nuevas generaciones que continúen ampliando el relato.
Podés seguir la evolución del proyecto en su cuenta de Instagram.


