30 de enero de 2026
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Escuela hoy a la intemperie

Durante décadas se concibió y vivió la escuela como un espacio casi sagrado: separado del resto de la sociedad, protegido frente a sus conflictos, regido por ciertos rituales y por valores considerados universales. François Dubet (2006) describió con precisión ese eje de la escuela moderna: la vocación docente, la autoridad incuestionada, la disciplina como vía de liberación y la idea paradójica de que la obediencia conduciría a la libertad. Hoy ese modelo ha entrado en declive, no porque la escuela haya fracasado, sino porque el contexto que le daba sentido cambió profundamente.

La crisis que atraviesan las instituciones educativas no es solo organizativa o pedagógica: es simbólica. Ya no pueden sostenerse como espacios “fuera de lo social” cuando desigualdades, identidades, tecnologías y emociones atraviesan sus muros. El aula ha dejado de ser neutral y se ha convertido en un territorio de tensiones, demandas y pluralidades. No solo se resquebraja la autoridad: también se altera el modo de socializar. La escuela ya no produce sujetos a partir de un orden único, sino que trabaja con experiencias fragmentadas, trayectorias diversas y biografías marcadas por la incertidumbre, lo que genera desconcierto y impotencia en docentes formados para otra realidad.

Ese declive no implica el fin de la escuela, sino una transformación profunda de su sentido político. La institución dejó de ser santuario; la vocación docente ya no se expresa en el sacrificio silencioso, sino en la profesionalidad crítica, en el trabajo colectivo y en la defensa de condiciones dignas para enseñar y aprender.

La autoridad ya no puede sostenerse en la sacralidad ni en la representación de valores superiores; debe construirse en vínculos que habiliten la palabra y reconozcan al otro como sujeto. La escuela debe abordar el conflicto pedagógicamente; la diversidad tiene que ser punto de partida y no una excepción; y la disciplina debe entenderse como construcción de acuerdos y responsabilidad compartida, no como obediencia ciega.

La institución está llamada a formar sujetos capaces de comprender el mundo, intervenir en él y transformarlo. Eso requiere abandonar la ilusión de neutralidad y asumir que educar implica tomar posición. La escuela contemporánea educa en la intemperie: su desafío principal es acompañar a niñas, niños y jóvenes en la construcción de sentido en un mundo sin verdades únicas, pero con urgencia de justicia, inclusión y un horizonte común.

El problema no es que la escuela haya perdido su carácter sagrado; el verdadero riesgo sería que, en nombre de esa pérdida, renuncie a su responsabilidad ética y social. Si el santuario se ha derrumbado, lo que debe permanecer es la escuela como espacio de humanidad compartida.

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