27 de febrero de 2026
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Tracey Emin consagrada en Londres por la cama deshecha

La gran exposición dedicada a Tracey Emin en la Tate Modern de Londres comienza con My Bed: una cama desordenada rodeada de sábanas sucias, botellas vacías, restos de comida y colillas. La obra, testimonio de cuatro días de depresión amorosa y consumo de alcohol, se mostró por primera vez en 1999. Veinticinco años después, esa imagen íntima contrasta con el reconocimiento institucional que la artista recibe hoy. La muestra, titulada Tracey Emin: A Second Life, reúne más de 100 piezas que exploran su trayectoria marcada por la recuperación ante el cáncer, el feminismo y la autoexploración, y estará abierta hasta el 31 de agosto.

La exposición supone una consagración institucional y una victoria personal: además del reconocimiento del mundo del arte, Emin sobrevivió a un cáncer de alta agresividad diagnosticado en 2020. La intervención quirúrgica fue extensa e incluyó la extracción del útero, la vejiga, la mitad de la vagina, la uretra, parte del intestino y los nódulos linfáticos.

La expectativa de supervivencia inicial fue de seis meses y luego se estimó en año y medio por la excepcional recuperación observada. Contra todo pronóstico, Emin lleva más de cinco años activa, trabajando principalmente en óleos y esculturas desde su estudio en Margate, en la costa sureste inglesa.

De la cama al reconocimiento institucional

My Bed se ha convertido en la obra que mayormente se asocia con Tracey Emin: una cama invadida por objetos personales que narran un episodio depresivo. Fue finalista del premio Turner y se transformó en un fenómeno social que dividió al público entre la acusación de provocación y la celebración como hito artístico. En 2014 la pieza se subastó por casi 2,9 millones de euros.

Ese contraste —la cama como símbolo de crisis y, a la vez, la admiración institucional— es notable. Emin ha recibido la Orden del Imperio Británico y el título de dama, concedidos por el rey Carlos III, y hoy figura como una referencia del arte nacional. En Margate dirige el Tracey Emin Studio, un centro de creación y formación, y una fundación que ha apoyado a más de veinte artistas jóvenes en sus comienzos.

Tras superar el cáncer, la artista cambió hábitos: dejó el alcohol y el tabaco y adoptó una rutina más disciplinada. Maria Balshaw, directora de la Tate Modern y comisaria principal de la muestra, describe este periodo como “una vida posquirúrgica y poscáncer, más moderada y sobria, centrada en el presente y en marcar una diferencia”.

Autoexploración y reinvención

Cada obra de la exposición está atravesada por el autoexamen y ofrece distintos niveles de lectura. My Major Retrospective 1982–93, una de las piezas tempranas, documenta mediante fotografías la destrucción de las pinturas que Emin realizó tras estudiar en el Royal College of Art, un gesto que marcó un punto de inflexión en su trayectoria creativa.

La muestra no sigue un orden cronológico estricto; reúne óleos recientes, instalaciones y vídeos que narran episodios clave de su vida: intentos de suicidio, la decisión de no ser madre ni esposa y el feminismo como eje central de su discurso. Hay obras que yuxtaponen dos series de imágenes: a la derecha, Polaroids de 2001 que muestran a una Emin joven; a la izquierda, fotografías tomadas con un iPhone que registran su cuerpo herido y cicatrizado tras la operación de 2020.

Trauma personal y experiencia compartida: la voz de Emin

Emin fundamenta su obra en vivencias marcadas por el abuso sexual, las violaciones, los abortos y el racismo en el Reino Unido. Ha explicado que aborda esos temas porque los ha vivido y ha logrado salir adelante; muchos no lo han hecho y necesitan encontrar un lenguaje para expresar su experiencia, dijo durante una videoconferencia mientras aún afrontaba las secuelas físicas del tratamiento.

La invitación de la Tate Modern es, para Emin, una consagración que subraya la distancia entre su origen social y el reconocimiento público que hoy recibe: “A pesar de todo lo que he trabajado. Y, sobre todo, por el hecho de que sigo con vida”, declaró a la prensa.

Un arte de introspección al servicio del público

La introspección atraviesa todas las etapas del trabajo de Emin. Harry Weller, director creativo del Tracey Emin Studio y colaborador habitual, la describe como imparable en su estudio: no pinta por pintar; todo debe surgir de un momento de sinceridad. Prefiere producir desde la verdad antes que crear obras destinadas únicamente a la venta.

Lejos de considerarlo un ejercicio narcisista, Emin busca convertir lo personal en experiencia compartida. Usa su voz para contar historias que afectan a muchas personas; su obra interpela y desafía al público, ofreciendo un impacto inmediato y un recordatorio de que en algún momento todos hemos estado al borde del abismo.

La muestra Tracey Emin: A Second Life en la Tate Modern podrá visitarse hasta el 31 de agosto.

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