Simone de Beauvoir contó que dudó mucho antes de escribir sobre la mujer. Publicado en 1949, El segundo sexo provocó escándalos, se convirtió en un éxito de ventas y fue seleccionado por Le Monde entre los cien libros más importantes del siglo XX.
De Beauvoir se propuso analizar la condición femenina desde varios frentes: la sociedad, la biología y la antropología. Planteó preguntas básicas —¿hay un “problema” de la mujer? ¿qué significa ser mujer?— y formuló una frase famosa: “No se nace mujer, se llega a serlo”, que abrió un enfoque sobre la construcción social del género, aunque ella no abordara las discusiones contemporáneas sobre lo trans.
En su obra critica las explicaciones simplistas que reducen a la mujer a su función reproductiva —«una matriz, un ovario»— y describe cómo esas definiciones biológicas pueden convertirse en insultos o limitaciones impuestas por la mirada masculina.
Con ironía y rigor, cuestiona la idea de una feminidad esencial: si existe una “feminidad” ¿proviene de los órganos sexuales, de una esencia metafísica, o basta con adoptar ciertas prendas para ser aceptada como mujer? Se pregunta también qué ventaja o privilegio permitió históricamente al hombre imponer su dominio sobre la mujer.
A continuación, se presentan diez extractos del libro que marcaron el pensamiento sobre la situación femenina.
Extractos de “El segundo sexo”
1) Algunos reducen la definición de mujer a su condición biológica: es hembra, madre, útero. Esa visión simplifica y desvaloriza, porque en la práctica la palabra “hembra” puede usarse con tono peyorativo, mientras que en el hombre la animalidad muchas veces se considera virtud.
2) La relación entre los sexos no es simétrica: culturalmente el hombre ha pasado a representar lo universal y neutro, mientras que la mujer se concibe como lo negativo o lo limitado. Cuando a una mujer se le atribuye una opinión por ser mujer, ella se ve obligada a demostrar la verdad de su postura, mientras que la condición masculina no se cuestiona como particularidad.
3) En muchas situaciones la dominación surge de la mayoría sobre la minoría, pero las mujeres no constituyen una minoría numérica: en el mundo hay aproximadamente tantas mujeres como hombres, por lo que su subordinación no se explica por cifra sino por otras causas.
4) En otros casos de opresión existe un antes histórico en la vida del grupo oprimido: emigraciones, esclavitud o conquistas marcan rupturas identificables. En el caso de las mujeres, sin embargo, la subordinación parece persistir a lo largo de la Historia y no derivar de un solo acontecimiento, lo que convierte su alteridad en algo casi absoluto.
5) Las mujeres carecen de medios concretos para constituir una unidad colectiva equivalente a otras categorías sociales: no comparten una historia común, una religión distintiva ni una solidaridad laboral que las aglutine. Están dispersas entre hombres y sus lealtades se mezclan con posiciones de clase, raza y estatus, lo que dificulta que se perciban como una comunidad homogénea frente a sus opresores.
6) Aunque hay testimonios históricos de mujeres guerreras o belicosas, la ventaja física masculina pudo haber tenido gran peso en sociedades antiguas donde la fuerza puntual era determinante para sobrevivir y imponer jerarquías.
7) En las condiciones de subsistencia del pasado, las funciones reproductivas de las mujeres —embarazo, parto, lactancia— reducían temporalmente su capacidad de trabajo y las hacían depender de la protección y los recursos obtenidos por los hombres, sobre todo en contextos donde no había control de natalidad ni garantías para la supervivencia infantil.
8) La maternidad y la lactancia son funciones naturales, no proyectos creados por la mujer; por eso, según De Beauvoir, estas actividades no proporcionan por sí mismas una afirmación autónoma de la existencia femenina, que tiende a experimentar su destino biológico de manera pasiva.
10) El hombre, por contraste, se define a menudo por su capacidad de transformar el entorno: inventa herramientas, domina territorios, crea obras y proyectos que trascienden lo puramente natural. Esa actividad productiva y propositiva le permite sentirse realizado como sujeto y justificar su dignidad social, celebrada en rituales que enaltecen sus hazañas.
11) La dimensión peligrosa de muchas actividades masculinas —arriesgar la vida en la caza o la guerra— constituye otro elemento que otorga prestigio social. Para De Beauvoir, la superioridad reconocida históricamente no se atribuye al sexo que engendra, sino al que participa en acciones temerarias o dominantes; la exclusión de la mujer de esas experiencias es una de las causas de su desvalorización.

