21 de marzo de 2026
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Descartes: duda metódica y pasiones del alma

René Descartes formuló el paradigma central de la filosofía moderna al plantear de manera sistemática el problema mente‐cuerpo y proponer un método racionalista que separó el conocimiento de la autoridad, la experiencia sensorial y los prejuicios previos. Su método de la duda metódica marcó un punto de inflexión que dio forma a los ejes entre empirismo y racionalismo en la tradición occidental. Con la máxima “Pienso, luego existo” (Cogito, ergo sum), introdujo una nueva estructura epistemológica que modificó los criterios de certeza y el papel de la razón en la investigación científica y filosófica.

Su dualismo ontológico, que distingue entre la mente (res cogitans) y la materia (res extensa), fundó gran parte del debate posterior sobre el problema mente‐cuerpo. Para Descartes, la esencia de la mente es el pensamiento y la de la materia la extensión en el espacio. Defendió la existencia de ideas innatas —entre ellas las de mente, materia y Dios—, aunque en sus trabajos de física y fisiología combinó razonamiento mecanicista con observación experimental.

Galileo, la Iglesia y el método

En 1633 Descartes decidió suspender la publicación de El Mundo tras la condena de Galileo por apoyar el modelo copernicano, por temor a la censura eclesiástica. Esta decisión refleja los riesgos institucionales que limitaron la difusión de innovaciones científicas en el siglo XVII. Aun así, Descartes esperaba que su física reemplazara al paradigma aristotélico y llegara a integrarse en la enseñanza oficial.

En 1637 publicó el Discurso del método en francés para ampliar el acceso al conocimiento, defendiendo que la razón permite a cualquier persona de buen juicio distinguir lo verdadero de lo falso. Acompañaron al Discurso tres ensayos: La Dióptrica (donde derivó la ley de refracción), Meteorología (sobre el arcoíris) y Geometría (introducción de la geometría analítica). También perfeccionó convenciones algebraicas, asignando letras a magnitudes conocidas e incógnitas y usando superíndices para las potencias.

En el Discurso formuló además un código moral provisional, luego considerado definitivo, que recomendaba obedecer leyes y costumbres locales, decidir con coherencia según la mejor evidencia disponible y buscar activamente la verdad. Estas prescripciones muestran su prudencia práctica y su énfasis en la autodeterminación mediante la razón.

Debate sobre certeza e innatismo

En 1641 publicó las Meditaciones sobre la filosofía primera, dirigidas a la Sorbona y acompañadas por objeciones de pensadores como Antoine Arnauld, Thomas Hobbes y Pierre Gassendi, recopiladas por Marin Mersenne. Ese intercambio estableció un modelo de diálogo crítico que contravenía el dogmatismo predominante.

En las Meditaciones institucionalizó la duda radical: poner en suspenso todo aquello que admita el menor margen de error, ya provenga de la autoridad, de los sentidos o del razonamiento. Planteó la hipótesis de un “genio maligno” capaz de engañar en todas las percepciones y reflexiones; la única certeza que sobreviene es la conciencia de pensar y, por tanto, de existir —“Pienso, existo” (Cogito, sum)—, una formulación que él prefirió para evitar leer el cogito como un argumento deductivo convencional.

Ese procedimiento conduce inicialmente al solipsismo, porque solo la propia existencia resulta indubitable. Descartes lo supera apelando al principio de claridad y distinción: las ideas tan claras y distintas como la del pensamiento deben ser verdaderas. A partir de ahí y mediante la tesis de ideas innatas establece una distinción ontológica entre sustancias mentales individuales y una sustancia material común.

Su reformulación del argumento ontológico sostiene que la idea de un ser perfecto implica necesariamente su existencia, ya que la inexistencia sería una imperfección. Con ello intenta asegurar la verdad de las ideas claras y distintas sin recurrir a la experiencia sensorial. Antoine Arnauld criticó la circularidad de este razonamiento —el llamado “círculo cartesiano”—: la fiabilidad de las ideas claras y distintas depende de la existencia de Dios, que a su vez se prueba a partir de esas ideas.

Ciencia y moral para Descartes

Descartes trasladó su racionalismo y su visión mecanicista a las ciencias aplicadas. Publicó los Principios de filosofía (1644) y Las pasiones del alma (1649), donde analizó la interacción mente‐cuerpo. Propuso que la glándula pineal era el punto de unión entre la conciencia y las respuestas corporales —por ser el único órgano cerebral no duplicado— y describió la transmisión nerviosa como vibraciones que generan emociones y acciones, anticipando un modelo de arco reflejo.

Su investigación incluyó la disección de animales para mostrar que los cuerpos funcionan como máquinas desprovistas de pensamiento o sensación; llegó incluso a practicar la vivisección, justificándola en ese marco teórico. Cometió errores —por ejemplo, en la explicación de la circulación sanguínea— pero integró sus hallazgos fisiológicos en una visión mecanicista de la psicología y la moral.

En conjunto, la obra intelectual y experimental de René Descartes redefinió los marcos operativos de la filosofía, la ciencia y la ética modernas. Su exigencia de duda radical, su defensa del innatismo racionalista y su modelización fisiológica del vínculo mente‐cuerpo constituyen una referencia clave en la epistemología y en la historia de las ciencias.

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