6 de abril de 2026
Buenos Aires, 15 C

Alberto Alabí y la escuela jujeña que convierte ciclos en libros

En Miraflores —Quebrada de los Pájaros— hay una casa de piedras donde, cada sábado, un grupo diverso por edades, recorridos y oficios se reúne durante cuatro horas para hacer algo que muchas veces queda postergado o idealizado fuera de ese espacio: escribir. No buscan títulos ni formalidades; van a enfrentarse con la página, con los otros y, sobre todo, consigo mismos. Esa mezcla de taller, ritual y escape semanal es la propuesta de la Escuela de Escritura de Alberto Alabí.

Alabí es una figura conocida en Jujuy: su nombre circula en ámbitos de la docencia, la literatura y la cultura provincial. Lo más relevante de su trabajo reciente no es tanto la trayectoria acumulada como la transformación que operó al dejar la universidad y llevar sus clases a su casa. Ese cambio abrió un formato más libre, menos institucional y, según él, más productivo que el que conoció en el ámbito académico.

Alabí lo resume con una mezcla de orgullo y cierta ironía: se había formado como docente público pero fue excluido por razones políticas; una hija, al verlo decaído, le sugirió que armara su propio espacio. Aunque reacio por su apego a la educación pública, terminó organizando Miraflores tras un intento frustrado de diplomatura, y se sorprendió con la respuesta de la gente.

—La gente llegó con otra disposición —dice—. Nadie venía a aprobar nada.

Todos escribimos mal

La exigencia del taller no es académica sino práctica: producir textos. Los asistentes llegan dispuestos a “pechar el lápiz”; escribir se convierte en una tarea concreta y, en cierto sentido, física. Alabí aclara con humor que no pertenece a la escuela del sufrimiento literario: su propuesta combina atención a la forma, juego deliberado, la presencia natural de la cultura popular y consignas pensadas para vencer el miedo a la hoja en blanco.

Como él toca la guitarra, la música forma parte del material del taller.

—Recuperamos la literatura de los tangos, la literatura del folklore —dice.

Una de las técnicas que emplea es tomar melodías conocidas y ponerles letras nuevas para experimentar con el lenguaje. Su objetivo como tallerista es menos perseguir una meta estética que derribar inhibiciones: en Miraflores no exigen inspiración perfecta, sino disposición a intentar, jugar y equivocarse. Frente al temor de escribir, su estrategia es desafiante.

—Apenas comienza la clase —explica—, mi discurso inicial es que no espero nada de nadie, porque seguramente todos van a escribir mal. Porque todos escribimos mal.

Esa afirmación funciona como estímulo. Tras ella propone, por ejemplo, una copla antigua y pregunta quién puede superarla; así, casi sin proponérselo, todos se enfrentan al reto. Para Alabí es necesaria cierta tensión —un pequeño disgusto— para que el texto aparezca.

La novela de Jujuy

La combinación de disciplina y sacudida creativa hace que la experiencia no termine en la clase: cada ciclo concluye con la publicación de un libro. No hay notas ni diplomas, pero sí un testimonio concreto del trabajo colectivo.

—La sensación de publicar como objetivo es un plus para cada alumno —dice Alberto—. Ellos diseñan la tapa, discuten el orden, hacen todo. Yo actúo como coordinador o compilador.

Miraflores funciona, entonces, como un lugar para aprender a llevar un texto hasta el final: terminarlo, ponerlo en circulación y someterlo a la conversación de otros. Es aceptar que escribir implica no solo una voz individual sino también una forma compartida. Con el tiempo, el taller dejó de ser solo un aula y pasó a ser una cofradía.

Cuando una fórmula resultó positiva, Alabí decidió ampliar el experimento: propuso a los estudiantes escribir una novela polifónica, una apuesta tanto lúdica como política para salir del narcisismo individual.

—Les dije: Vamos a salir un poco del narcisismo individualista y vamos a hacer una novela colectiva —recuerda.

El producto fue una historia de la República Separatista de Jujuy: mineros, comunidades, levantamientos, torres derribadas, globos aerostáticos y paisajes de la Puna. Había humor, desmesura y raíces fuertes; una imaginación que exageraba la provincia desde adentro en lugar de representarla desde afuera.

Esos experimentos explican la variedad de quienes asisten: personas mayores y jóvenes, músicos, quienes escribieron toda su vida sin publicar y quienes se están iniciando. Esa mezcla es fértil: no cualquiera escribe cualquier cosa, pero cualquiera puede ponerse a escribir si acepta la exigencia del taller.

La Escuela de Alabí recupera el sentido tradicional de “escuela”: es un lugar donde se transmite un modo de hacer y a la vez se pone a prueba. Aunque aún mantiene deudas con la Academia, Alabí dice que la Escuela lo mantiene activo, satisfecho y contento. Más de una docena de libros publicados atestiguan que, más que un desprendimiento del pasado universitario, el proyecto terminó produciendo una forma nueva.

Artículo anterior

Brent sube a US$111,43 por tensión en Medio Oriente

Artículo siguiente

Horóscopo lunes 6 de abril

Continuar leyendo

Últimas noticias