11 de abril de 2026
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Lucas Chancerelle sobre la vuelta de jóvenes a la tradición católica por motivos identitarios

A los 26 años, Lucas Chancerelle ha trabajado en política, periodismo y emprendimientos. Es abogado de formación y actualmente dirige Nid, una incubadora que promueve empresas “arraigadas”, es decir, que producen en Francia con insumos y mano de obra locales.

En su primera visita a Argentina, en esta conversación con Infobae comparte sus impresiones de Buenos Aires, donde se siente “como en casa”, y su deseo de contribuir a la relación amistosa entre ambos países, cuya historia conoce.

“En Francia seguimos viviendo de la herencia de De Gaulle”, afirma, y explica por qué la inmigración descontrolada inquieta a muchos franceses y la considera un problema de supervivencia nacional.

Su perspectiva ofrece un matiz distinto frente a un supuesto consenso mediático sobre estos temas. Por ejemplo, opina que el Rassemblement National (antes Frente Nacional) tiene posibilidades de alcanzar el poder en las próximas elecciones, aunque no lo define como un partido de derecha clásico: gran parte de su electorado son trabajadores y su política económica se aproxima más al socialismo que al liberalismo.

Relaciona el regreso a la tradición católica —del que él mismo es ejemplo, ya que se bautizó hace pocos años— con la necesidad de las nuevas generaciones de reconectar con la herencia cultural del país, que en su opinión ha sido ignorada por la clase política en las últimas décadas.

— ¿Es posible que Rassemblement National (antes Frente Nacional) llegue al poder en la próxima elección presidencial de 2027?

— Las encuestas colocan a Jordan Bardella o a Marine Le Pen al frente en la primera vuelta. Hay un juicio pendiente contra Le Pen que podría impedir su candidatura. Bardella aparece con alrededor del 36% en la primera vuelta, pero su juventud (30 años) plantea dudas de credibilidad. El desafío es superar el 50% en la segunda vuelta, donde tradicionalmente se activa el “muro republicano”: la izquierda, los centristas y los ecologistas se unen contra el candidato del Frente Nacional. Si en la segunda vuelta se enfrenta a alguien como Jean-Luc Mélenchon, se marcaría una fuerte polarización entre extremos. En mi opinión, esa dinámica podría favorecer al partido de Bardella en 2027.

— ¿El extremismo de Mélenchon podría favorecer a Bardella?

— Sí. Las encuestas muestran al segundo candidato muy por detrás. Bardella aparece muy alto y suele bastar alrededor del 10–13% para pasar a la segunda vuelta. Un centrista como Édouard Philippe también podría beneficiarse de esa fragmentación. Tras diez años de macronismo existe un deseo de renovación y una oportunidad para fuerzas que desafíen la división clásica entre derecha e izquierda, posición que intenta ocupar el RN.

— ¿El Rassemblement National no es de derecha?

— En materia de seguridad y prerrogativas estatales sí se ubica a la derecha, pero en valores sociales —matrimonio igualitario, eutanasia, cuestiones familiares— evita posiciones conservadoras porque no quiere perder votos. Hay muy pocos católicos practicantes en Francia (1%–2%), así que el RN adopta una postura prudente en asuntos culturales para ampliar su base electoral.

— ¿Y en el plano económico?

— En lo económico tiene una orientación más social. Francia tiene una alta proporción de empleo público y gasto estatal; recortes drásticos generan rechazo entre el electorado popular del RN, que teme perder prestaciones. Por eso el partido mantiene propuestas económicas con fuerte componente social, incluso próximos al socialismo, a diferencia de candidaturas más liberales que proponen recortes amplios.

— Uno por ciento de católicos practicantes es realmente mínimo. Sin embargo, en la Pascua del año pasado hubo un aumento importante de bautismos, sobre todo de jóvenes. ¿Hay un renacimiento del catolicismo en Francia?

— Existe un renacimiento de la tradición católica entre muchos jóvenes, que asisten a misas en latín y participan en peregrinaciones como la de Chartres. Para muchos es una búsqueda identitaria y estética: la religión ofrece una dimensión trascendente y una continuidad con la historia del país que la vida cotidiana y el neoliberalismo no brindan. Las misas tradicionales atraen a jóvenes conversos, mientras que las misas modernas tienen más asistentes mayores; esta dinámica podría hacer que las celebraciones en latín ganen protagonismo.

— ¿Existe una brecha de género en este fenómeno?

— No, no la percibo. Hay una presencia equilibrada de hombres y mujeres.

— ¿Es un fenómeno de provincias o más bien urbano?

— Es principalmente urbano y concentrado entre jóvenes profesionales y activistas políticos. No es una conversión masiva en todo el país; muchas zonas rurales siguen con abandono espiritual. En ciudades como París, iglesias como Saint‐Roch atraen a jóvenes, lo que indica que el fenómeno es más fuerte en entornos urbanos.

— Los franceses, o un porcentaje significativo de ellos, atribuyen todos los males del país al hecho de pertenecer a la Unión Europea, a Bruselas. ¿Es así?

— Muchos franceses piensan que Bruselas no origina todos los problemas, pero que los agrava. Hay una distinción entre la idea de “Europa” como civilización y las instituciones tecnocráticas de la UE, que se perciben alejadas de los fundamentos culturales europeos. En materias como agricultura, inmigración e industria, existe la sensación de competencia desigual con productores de otras partes de la UE, lo que alimenta frustración y sentimiento anti‐Bruselas. Yo no rechazo la idea de Europa, sino el funcionamiento actual de la Unión.

— ¿El gran reemplazo ya ha tenido lugar? Estamos en un punto en que incluso quienes negaban su existencia ahora lo reivindican.

— El concepto del “gran reemplazo” pasó por varias fases: de teoría conspirativa a idea aceptada y, en algunos discursos, a reivindicación. Hay olas de inmigración extraeuropea recientes en la historia francesa que han transformado barrios urbanos y generado tensiones identitarias. Más allá de consideraciones racistas, es un fenómeno demográfico y cultural que muchos perciben como reemplazo del pueblo histórico francés. Esto explica en gran medida el crecimiento del RN y la centralidad de la cuestión migratoria en el debate nacional. No creo que lleve a una guerra civil abierta, sino más bien a una fragmentación y “guetización” social.

— ¿Es ésta la principal problemática en Francia hoy?

— Sí. Para mí, la inmigración descontrolada y el cambio demográfico son problemas centrales porque, a diferencia de políticas económicas o sociales, no es fácil revertir el cambio poblacional. La magnitud de las entradas legales e ilegales pone en duda la capacidad de absorción del país.

— ¿El problema es que estos inmigrantes no tienen la aspiración de ser franceses?

— Aunque algunos aspiren a serlo, el desafío es cuantitativo: la asimilación masiva ya no funciona como antes. Hay excepciones exitosas, pero en general hoy es difícil promover la política de asimilación tradicional. Esto no solo ocurre en Francia, sino en otros países europeos. Por ello, propone que los políticos busquen soluciones que respeten la dignidad de todos los pueblos y que limiten tanto la inmigración ilegal como ciertos flujos legales, que hoy suman alrededor de medio millón de entradas anuales en Francia, una cifra que el país tiene dificultades para integrar.

— Francia era uno de los países más reacios al Tratado del Mercosur, por los intereses de sus agricultores. ¿A pesar de ello, hay interés en profundizar los lazos a partir de este acuerdo?

— Sí, creo que hay oportunidades de fortalecer vínculos económicos y culturales entre Europa y América Latina, y entre Francia y Argentina. Francia valora mucho su agricultura y protege a sus campesinos mediante ayudas; encontrar compromisos en este ámbito permitiría aprovechar el Mercosur para desarrollar cooperación industrial y tecnológica y abrir oportunidades para empresas francesas.

— ¿Es optimista entonces respecto de las perspectivas que abre este acuerdo?

— Sí. Existe una amistad histórica entre Francia y Argentina, visible en la arquitectura y la cultura porteña. Vengo motivado por la posibilidad de desarrollar proyectos empresariales y de profundizar la colaboración, siempre que se respeten los intereses agrícolas franceses y se aprovechen los beneficios mutuos.

— Tienes intereses en política, periodismo y emprendimiento. ¿En qué consiste este último aspecto?

— Mi trabajo se centra en actores preocupados por la soberanía productiva: producir y decidir en Francia. Preocupan las deslocalizaciones y la dependencia tecnológica y geoestratégica, como el almacenamiento de datos militares en empresas estadounidenses. Buscamos soluciones y actores franceses que permitan mayor autonomía. Desde una visión histórica, apuesto por una mayor alianza entre países latinos como contrapeso a la hegemonía anglosajona.

— ¿Qué imagen te llevás de Argentina?

— Veo a Argentina como una tierra de oportunidades, aventura e inmensidad. Es un país aún con dinamismo y con una sociabilidad más cálida y abierta. Si tuviera que definirlo en tres palabras: libertad, oportunidad e inmensidad. A diferencia de una Francia más envejecida y estructurada, Argentina mantiene una vitalidad que la hace atractiva para proyectos y emprendimientos, pese a la atención mediática sobre figuras políticas ruidosas.

— Volviendo a Francia, ¿hay un distanciamiento respecto del legado de Mayo del 68?

— Entre los jóvenes hay un retorno a la religión, al patriotismo y a valores más conservadores que reduce la influencia del legado de Mayo del 68. Aquella ruptura generacional impulsada por los boomers y figuras como Daniel Cohn‐Bendit ha perdido fuerza entre nuevas generaciones que buscan tradición y arraigo. Es parte de un cambio global hacia la recuperación de valores más tradicionales.

— Charles de Gaulle es una figura muy respetada en el mundo. Cuando vino a Argentina, la gente salió a la calle para recibirlo. ¿Cuál es la imagen de De Gaulle en Francia actualmente?

— De Gaulle sigue siendo la gran figura presidencial y su legado estructural define aún la política exterior y estratégica de Francia: Consejo de Seguridad de la ONU, energía nuclear, industria de defensa. Su figura trasciende clasificaciones políticas y es reivindicada por distintos sectores: gaullistas de derecha y de izquierda, y figuras contemporáneas como Marine Le Pen o Emmanuel Macron invocan su legado. Su influencia en la visión de una Francia soberana inspira también iniciativas empresariales orientadas al “made in France”.

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