Tenía un cuchillo en la mano cuando se lo sacaron en un banco del Parque Lezama durante una madrugada que parecía no terminar. Un hombre que vivía en la calle le preguntó “Flaco, ¿qué estás haciendo?” y luego se fue entre las sombras. Abdala no recuerda muchos detalles de esa noche: solo imágenes sueltas del metal, el temblor, la llegada de la policía y la ambulancia, el hospital Argerich. Cuando despertó, encontró a su amigo Fabián sujetándole la mano. Así relató aquel episodio, que marcó otra recaída, en una entrevista con Luciana Rubinska para la sección Solo por hoy de infobae.
No era la primera recaída ni sería la última en lo que él define como “un suicidio a gotas”. Lo que marcó la diferencia fue la frase de su madre, dicha con miedo y angustia mientras lo sacudía en la cama manchada de sangre: “Yo traje un hijo para la vida, no para la muerte”. Esa frase lo sacudió y le dio la fuerza para volver a pedir ayuda, algo que él mismo aún no comprende del todo.
Recuperación y recaídas en la vida de Juan Antonio Abdala
La trayectoria de Abdala no ha sido lineal ni tiene un final de redención instantánea. Comenzó a consumir marihuana a los diecisiete en Junín, su ciudad natal, y luego incorporó la cocaína. No proviene de un entorno marginal: su familia era de clase media, vivía en un barrio agradable y el club de básquet fue el lugar donde se realizaron sus sueños deportivos.
La adicción avanzó junto con su carrera. Abdala fue ala-pivote en el Club Atlético Argentino de Junín y participó en ascensos con su equipo; mientras crecía su popularidad en las tribunas, su vida privada se oscurecía. Relata que consumía desde la mañana hasta la tarde y que tomaba medicación para la ansiedad antes de entrenar para contrarrestar los efectos del consumo.
Aprendió a mentir con precisión para esconder lo que le pasaba: guardaba comida en bolsillos para tirarla después porque la droga le había quitado el apetito, y podía mostrarse sonriente a la mañana como si no hubiera vivido una noche complicada.
El rol de la familia
La primera vez que la droga llegó a la casa fue a los diecisiete: su madre lo encontró con marihuana sobre la mesa y lloró. Abdala negó que fuera suyo para no alterar la dinámica familiar; prefirió no despertar a su padre y mantener una aparente calma. Hoy llama a ese silencio “la olla de los ignorantes”, una negación que contribuyó al estigma y al aislamiento.
La muerte de su padre por cáncer de pulmón fue otro quiebre. Abdala establece una analogía entre ambos: su padre con la adicción al cigarrillo y él con la cocaína. Sentía que nunca pudieron expresar el dolor ni conversar sobre lo que les pasaba, algo que empeoró la distancia entre ellos.
Para él, la familia es parte y, en cierto modo, codependiente del problema: el consumo destruye vínculos, trabajos y confianza, y en esa dinámica la droga puede situarse por encima de cualquier relación.
El momento más oscuro: el quiebre en Parque Lezama
El episodio en Parque Lezama no fue un hecho aislado: Abdala había recaído tras un tratamiento y deambulaba solo con un cuchillo que había tomado en el departamento de una tía en San Telmo. Había consumido cocaína durante días sin dormir ni detenerse. No recuerda haber planificado hacerse daño, pero admite que necesitaba que alguien advirtiera que algo no andaba bien.
Un hombre que vivía en la calle logró quitarle el cuchillo y se alejó. Más tarde llegaron la policía y la ambulancia; Abdala fue internado primero en un hospital y luego en una comunidad terapéutica. Al despertar, su amigo Fabián le sostuvo la mano.
Abdala explica que la adicción no es solo la sustancia: se trata también de un conjunto de conductas que se instalan con el consumo —mentiras, manipulación, aislamiento, desidia y desorden—. El adicto se vuelve experto en crear espacios para consumir y en engañar tanto a los demás como a sí mismo, pudiendo aparentar normalidad pese a haber vivido situaciones extremas.
En su club algunos compañeros lo sospechaban y otros no; el miedo al qué dirán, la vergüenza y el estigma lo llevaron a ocultarlo. Para él, no hay una única causa del consumo: mencionó la presión de pares, la inmadurez, la falta de información y la ausencia de objetivos. Insiste en que dejar la droga no es lo más difícil, sino enfrentarse a uno mismo y sostener el cambio.
Su proceso serio de tratamiento comenzó a los treinta y siete años, tras intentos previos con psicólogos y psiquiatras y sin el apoyo suficiente. La familia vivió períodos de negación y desesperación hasta que, tras la intervención de una expareja, tomó la decisión de internarse en una comunidad para cortar el consumo y empezar a trabajar otras cuestiones con la familia involucrada.
La comunidad terapéutica y el aprendizaje sostenido
El 2 de febrero de 2012 ingresó a la comunidad terapéutica Aylén, una fecha que lo impacta porque coincidía con el vigésimo aniversario de la noche en que su madre lo había descubierto con marihuana. Desde entonces, ha mantenido más de doce años en recuperación sostenida.
Describe el tratamiento como un proceso lento y complejo: dejar la sustancia es solo el primer paso; lo difícil es sostener el cambio, enfrentarse a sí mismo, reconstruir la autonomía y resolver conflictos personales.
Durante su recuperación tuvo recaídas en las que manipuló a su familia, les pidió dinero, vendió bienes como su auto y una pequeña imprenta. Salir de la comunidad no fue el fin del problema: durante un tiempo su impulso primario fue volver a consumir.
Su estrategia para mantenerse alejado de la droga fue exponerse públicamente. Dar charlas, contar su historia y escribir se convirtieron en herramientas de prevención: “Si me paro frente a trescientos adolescentes y doy una charla, después no puedo ir a comprar droga”. Hacer pública su experiencia le funciona como límite para no recaer.
La poesía, la madre y el dolor
En la recuperación escribió poesía dedicada a su madre, que en distintos momentos le suplicó que no saliera a consumir: “Cerrá todas las puertas”, le decía. Reconoce que su madre no sabía cómo ayudarlo y que la familia quedó atrapada en el miedo y la falta de herramientas.
La frase de su madre —“Yo traje un hijo para la vida, no para la muerte”— fue decisiva y lo impulsó a pedir ayuda. Aún hoy recuerda que no sabe de dónde sacó la fuerza para hacerlo.
Hoy tiene cincuenta años, un hijo de seis, una familia estable y una vida orientada a la prevención y al acompañamiento de otras personas. Ha escrito dos libros y trabaja para sostener su proyecto de vida lejos del consumo.
Se desempeña en un dispositivo de salud mental del municipio de Junín, en cogestión con el DTC (Dispositivo Territorial Comunitario) de Sedronar, y recorre la provincia de Buenos Aires dando charlas en escuelas, cárceles y clubes.
Para mejorar su labor se capacitó en Programación Neurolingüística y completó una diplomatura socioterapéutica con enfoque en adicciones. Considera que la responsabilidad de hablar en público es grande, pero siente que si logra que aunque sea un joven cambie su decisión, su vida adquiere sentido.
La batalla contra el estigma y el valor de la prevención
Abdala critica el estigma social hacia las personas en tratamiento: sostiene que la sociedad no está preparada para recibir a quienes se rehabilitan y que falta un plan de prevención y más herramientas generacionales para afrontarlo.
En sus intervenciones procura desmitificar el consumo y mostrar que puede afectar a cualquiera. Relata que, aunque cumplió el sueño de salir campeón con su club, detrás de esa imagen había una lucha que pudo poner en riesgo su vida.
Hoy valora más haber formado y sostenido una familia que los logros deportivos. Mantener ese proyecto de vida, terminar un tercer libro y seguir acompañando a otros son sus principales motivaciones para no retornar al consumo.
Abdala cierra con una idea práctica: cree que con acciones concretas se pueden lograr cambios reales, aunque reconoce que no existe un cierre definitivo sino una tarea permanente de prevención y apoyo.



