Una tregua frágil ha producido mejores resultados que un endurecimiento del conflicto en el Golfo Pérsico, aunque todavía no es definitiva. La guerra deterioró la libre navegación por el estrecho de Ormuz: su bloqueo permanente desató una crisis energética y se convirtió en la principal complicación del enfrentamiento. Estados Unidos no puede retirar sus tropas de la región ni reorientar su agenda interna sin antes encontrar una salida que permita normalizar el paso por ese punto crucial. El cese de hostilidades iniciado el martes 7 logró que, el viernes 17, Irán anunciara la reapertura de Ormuz hasta el vencimiento de la tregua; sin embargo, la navegación aún no recupera su ritmo habitual, con centenares de buques aún afectados por el atasco.
Las negociaciones requieren mayor precisión. Las condiciones acordadas para que Irán aceptara reabrir Ormuz no son plenamente satisfactorias para ambas partes: persisten acusaciones mutuas de falsedad y desconfianza. Aunque la tregua corre riesgo por su fragilidad, su extensión resulta preferible para ambos bandos frente a la alternativa de la guerra abierta. Incluso actores regionales que se oponían —como Israel, que atacó a Hezbolá en el Líbano— se vieron contenidas por la diplomacia estadounidense, y un cese de hostilidades allí también contribuyó al anuncio iraní sobre Ormuz.
El conflicto también afectó a los mercados financieros. Mientras algunos políticos insistían en hablar de récords bursátiles, la guerra llevó a Wall Street a una corrección cercana al 10%. No obstante, la expectativa de una solución pacífica y la tregua del 7 de abril facilitaron la recuperación de los niveles previos al choque y, en algunos índices, su superación.
La paz, aunque todavía distante, ha generado efectos positivos anticipados en los mercados. Aunque el Dow Jones no alcanzó un hipotético techo de 50.000 puntos, otros índices recuperaron terreno: el S&P superó la barrera de 7.000 puntos y cerró el viernes en 7.126; el Nasdaq alcanzó 24.468 tras una racha de 13 sesiones al alza, algo poco común en las últimas décadas. Esas cifras muestran que, pese a las críticas políticas y las incertidumbres internacionales, Wall Street mantiene fortaleza.
Ormuz, el cuello de botella
Irán ofreció reabrir el estrecho de Ormuz, pero la persistencia de medidas como el bloqueo naval a los puertos iraníes impidió que la navegación se normalizara de inmediato. Antes de la escalada, más de cien barcos cruzaban el estrecho a diario; desde el inicio del conflicto el tránsito se redujo a apenas unos pocos días. Hubo jornadas con 19 o con 10 tránsitos y episodios posteriores en los que se registraron ataques a al menos un buque tanque y un portacontenedores. Ormuz constituye así el verdadero cuello de botella que hay que resolver para cerrar este capítulo del conflicto y dar tiempo a que Washington ajuste su agenda de cara a las elecciones.
Existen múltiples temas pendientes en la negociación: el futuro del programa nuclear iraní, el inventario de uranio enriquecido, la producción de misiles balísticos y drones, el apoyo a milicias y fuerzas proxies en la región, y el levantamiento de sanciones con la liberación de fondos congelados. Muchos de esos puntos pueden quedar sin resolver a corto plazo; sin embargo, la reapertura fluida de Ormuz es imperativa: ninguna solución será viable si el estrecho no recupera rápidamente su tránsito normal.
Los mercados energéticos no se calmaron hasta que la reapertura fue confirmada por ambas partes, algo que provocó una caída firme del precio del crudo: los futuros de junio del WTI cayeron casi un 10%, llegando por debajo de 80 dólares luego de haber rozado los 105 en el momento de mayor tensión. Desbloquear Ormuz no elimina de inmediato la crisis energética, pero marca el inicio de su descompresión y determina el techo de la volatilidad. Ese punto es, a su vez, el principal obstáculo de las negociaciones porque Irán ya demostró su capacidad de controlar el paso.
El gobierno estadounidense reconoció, en términos prácticos, condiciones planteadas por Teherán: la autorización para la navegación comercial sujeta a controles iraníes y al cobro de comisiones por motivos de seguridad, con rutas que, en algunos casos, transitarían por aguas cercanas a la isla de Larak, lo que plantea precedentes sobre reclamos de soberanía. Aunque el anuncio presidencial sobre la reapertura buscó mostrar avance, la continuidad del bloqueo a ciertos puertos iraníes demuestra que el acuerdo aún requiere ajustes. La situación evidencia tanto la voluntad de la Guardia Revolucionaria iraní de cerrar acuerdos como la resistencia de aliados suníes de Estados Unidos a que Irán asuma un papel regulador exclusivo en la navegación.
Ante la falta de una alternativa mejor, las negociaciones deben proseguir y la tregua deberá prolongarse. El conflicto alteró el equilibrio de poder interno en Irán: la Guardia Revolucionaria consolidó influencia en la conducción del país, lo que implica una posición más dura pero, al mismo tiempo, abierta a negociar según la práctica reciente y las vías de comunicación empleadas.
Según informes de Teherán, existe una nueva propuesta de Estados Unidos entregada a través del jefe del ejército pakistaní, Asim Munir, que actúa como intermediario. Las conversaciones prosiguen: el propio presidente estadounidense reconoció que los iraníes han demostrado mayor astucia y las partes mantienen contactos, tras un episodio en que el vicepresidente Vance dio por terminadas las negociaciones en Islamabad de manera abrupta. Las conversaciones se retomaron y es probable que continúen hasta alcanzar una solución que permita estabilizar la región.




