26 de abril de 2026
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Un apellido entre Lomas y Borges

Un apellido, una esquina y una historia de cuchilleros: así se cruzan Jorge Luis Borges y Lomas de Zamora. No se trata solo de una anécdota literaria, sino del recorrido de personajes de barrio que, de algún modo, se filtraron en la imaginación del autor.

Hay que retroceder hasta fines del siglo XIX. En Temperley, sobre el antiguo Camino Real —la actual avenida Hipólito Yrigoyen—, Evaristo Ramos cobraba peaje a las carretas que pasaban por la zona. En su chacra nació Eustaquio Iberra, integrante de una familia tradicional de Lomas.

Con el tiempo, Eustaquio se casó con Isabel Ramos, hija del recaudador, y formaron una familia numerosa: seis hijos —María Mercedes, Margarita, Francisco, Inocencio, Calixto y otro Eustaquio— que prolongaron el apellido en el pago. Sin embargo, el nombre que más se hizo notar en el barrio fue otro: Roberto Iberra, conocido como el Ñato.

La visita de Jorge Luis Borges a Lomas de Zamora

Propietario de un horno de ladrillos y de tierras heredadas, Roberto ganó fama en la década de 1920. En Lomas su figura se vinculaba con la dureza y el coraje, rasgos que remiten al imaginario de guapos y orilleros presente en la obra de Borges. Esas historias llegaron al escritor.

Durante una visita a la Municipalidad de Lomas, Borges pidió conocer a Eustaquio. El encuentro tuvo lugar en la casona de la esquina rosada, en Sáenz y Azara. Allí el autor recorrió con paso pausado la galería, apoyó la mano en los muros antiguos y observó detalles de la construcción.

“Tiene rejas y arcos y carece de ochava”, comentó, curioso por la antigüedad de la vivienda. Luego se sentó a escuchar con atención las historias del Ñato. Con el tiempo, muchos interpretaron que de esa charla quedó una huella en su obra: en su poema El Tango aparece un Iberra marcado por la fatalidad, asociado a una violencia familiar extrema.

La realidad del Ñato

La coincidencia no pasó desapercibida. No obstante, la vida real del Ñato fue menos dramática que algunas versiones: no hay constancia de que haya matado a nadie. Sí fue un hombre de carácter fuerte, habituado a los conflictos; se lo recordaba irrumpiendo en oficinas municipales, rebenque en mano, para reclamar lo que consideraba justo. También protagonizó un tiroteo con la policía y terminó detenido junto a su compañera.

Durante el traslado en tren hacia La Plata, aprovecharon una curva en Quilmes para pedir ir al baño, arrojarse por la ventanilla y escapar, donde los aguardaban dos cómplices a caballo. Entre mito y realidad, la historia perdura, y el apellido Iberra quedó vinculado para siempre a la memoria barrial y a una de las plumas más relevantes de la literatura argentina.

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