30 de abril de 2026
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Cinco mujeres asesinadas por vecinos aparentemente buenos

La reciente resolución de la desaparición de una mujer en España, ocurrida en 2017, obliga a reflexionar. El responsable del homicidio no fue un desconocido ni un ex pareja, sino su vecino de toda la vida: una persona cercana que no despertaba recelo, la misma que presta una taza de azúcar o comenta las noticias con uno.

La traición desde lo familiar o lo cotidiano genera más inquietud que un ataque proveniente de un enemigo lejano.

Por eso, estas noticias alimentan desconfianza y levantan muros entre quienes viven cerca unos de otros.

Francisca Cadenas Márquez tenía 59 años cuando, la noche del 9 de mayo de 2017, salió de su casa en Hornachos, Badajoz, acompañando a la niña que había cuidado esa tarde. Tras dejarlas en un vehículo y despedirse, regresó por el mismo pasaje y saludó a un vecino; esa persona resultó ser la última que la vio con vida.

En apenas unos metros finales, Francisca desapareció sin que nadie aparentemente lo advirtiera.

Los minutos serán eternos

La ausencia de Francisca se convirtió en un misterio: ¿qué ocurrió en ese corto trayecto? ¿Fue un secuestro, una huida voluntaria, o alguien conocido la implicó? La incertidumbre persiguió a su familia durante años.

Nueve años después, en marzo de 2026, la policía encontró los restos de Francisca a pocos metros de su vivienda, desmintiendo teorías sobre redes de trata o tráfico. La realidad resultó ser más cruda y cercana.

En 2017 Francisca vivía con su marido Diego y su hijo José Antonio, quien la vio salir y luego detectó su demora. Tras buscarla durante la noche y denunciar su desaparición a la mañana siguiente, la policía inició una investigación en el pueblo de apenas tres mil habitantes.

Revisaron casas, pozos y fincas cercanas sin hallar pistas ni testimonios de gritos. Las pesquisas no avanzaban y la angustia familiar creció con el paso del tiempo.

En 2024 la Unidad Central Operativa (UCO) retomó el caso y centró la atención en dos hermanos vecinos, Manuel (55) y Julián (50) González Sánchez, que vivían a dos puertas de los Cadenas y eran del entorno familiar.

En 2025 se obtuvieron autorizaciones judiciales para pinchar conversaciones y colocar un GPS en su vehículo. Las vigilancias permitieron escuchar diálogos que incriminaban a los hermanos y apuntaban a un lugar concreto del patio de su vivienda.

Las grabaciones mostraron discusiones despectivas hacia Francisca, coordinación de coartadas y órdenes de Manuel hacia Julián, quien llegó a deshacerse de sus teléfonos. Ese seguimiento hizo que la investigación ganara impulso.

El 11 de marzo de 2026, cincuenta agentes registraron la casa de los hermanos; levantaron macetas y baldosas en el patio y hallaron huesos, objetos personales de la víctima, cuerdas y precintos. Detuvieron a los dos hombres de inmediato.

En el interior se encontraron, además, restos biológicos, varios dientes y una motosierra con manchas compatibles con sangre.

El 14 de marzo los análisis confirmaron que los restos eran de Francisca. La autopsia determinó que murió por golpes en la cabeza y el tórax y por asfixia por estrangulamiento; fue atada, amordazada, descuartizada y enterrada semidesnuda.

Todo ello sucedió mientras su familia la buscaba a escasos metros.

Pasaron 3.234 días entre la desaparición de Francisca y la identificación y encarcelamiento de sus asesinos.

Julián, que tenía 43 años en el momento del crimen, declaró ser el autor material y alegó que actuó en un ataque de ira tras ser sorprendido consumiendo drogas; su hermano, mayor, fue acusado por su participación y encubrimiento.

Ambos continuaron visitando a la madre de Francisca tras la desaparición, lo que añade dimensión perturbadora al caso.

Queda por determinar si hubo abuso sexual y durante cuánto tiempo pudo haber permanecido con vida antes de ser asesinada; la fiscalía cree que la obsesión sexual de Julián pudo ser el móvil. Los detalles se esclarecerán en el juicio.

Mientras tanto, estos hechos reavivan otros casos de vecinos que resultaron ser homicidas.

La linda pareja del tercer piso

Joanna Yeates, de 25 años, y su novio Greg Reardon se mudaron a Clifton, en las afueras de Bristol, Reino Unido. En diciembre de 2010, durante un fin de semana en que Greg estuvo fuera, Joanna salió a pie de un pub y no regresó.

Al volver el domingo por la noche, Greg encontró su teléfono en el bolsillo de una prenda de ella y otros objetos en el apartamento, pero no rastro de Joanna. Avisó a la policía y a sus familiares.

Las cámaras de seguridad mostraron su recorrido hasta las 20.45; vecinos declararon haber oído gritos alrededor de las 21. En el apartamento no había signos de pelea ni restos de la pizza que había comprado.

Un vecino del tercer piso, Vincent Tabak, participó en la búsqueda y en las indagaciones iniciales. Las sospechas se dirigieron primero al casero, pero fue liberado al no hallarse pruebas.

El 25 de diciembre se halló el cuerpo de Joanna a varios kilómetros, congelado; la autopsia confirmó estrangulamiento sin indicios de abuso sexual.

El ADN y otras pruebas se dirigieron finalmente a Tabak. Fue detenido y, tras interrogatorios, inicialmente negó, pero luego confesó y aceptó un cargo de homicidio no intencional, describiendo una versión en la que un forcejeo desembocó en la muerte accidental de Joanna.

La investigación reveló conductas y material perturbador: Tabak había buscado servicios sexuales, consumido pornografía violenta similar a la escena del crimen y poseía imágenes ilegales. Tras el homicidio, compró provisiones y llevó el cuerpo a un paraje rural donde lo dejó cubierto de hojas; también intentó crear coartadas y enviar mensajes a su pareja.

La autopsia mostró lesiones defensivas y signos de violencia extrema. En octubre de 2011 Tabak fue condenado por asesinato y sentenciado a veinte años de prisión.

Una tele prendida, una propietaria ausente

Manuela Chavero Valiente, de 42 años, desapareció la noche del 4 de julio de 2016 en Monesterio, Badajoz. Al día siguiente sus familiares avisaron porque no la encontraban; la casa mostraba señales de normalidad: tele y luces encendidas, pertenencias en su lugar, sin signos de lucha.

La investigación inicial no arrojó sospechosos; el caso quedó archivado hasta que, cuatro años después, una carta anónima señaló a un vecino, Eugenio Delgado.

Delgado, entonces de 23 años y empleado de una constructora, vivía con sus padres en una propiedad cercana. Al investigar surgieron contradicciones en su relato y se halló actividad eléctrica en la vivienda en la hora de la desaparición.

En 2020, tras un allanamiento, Delgado confesó conocer a Manuela y ofreció una versión de accidente, alegando que la muerte se produjo al manipular una cuna. Dijo que enterró el cuerpo y quemó la ropa.

La fiscalía sostuvo que la interceptó de madrugada, la llevó a su casa, la agredió sexualmente y la mató, para luego enterrarla desnuda en su finca. La autopsia mostró múltiples lesiones faciales, fracturas y costillas rotas, compatibles con violencia extrema y asfixia.

Además, en su teléfono había mensajes relacionados con prácticas sexuales agresivas; la conducta del acusado apuntó a un perfil de sadismo sexual.

En 2021 un jurado lo condenó por unanimidad a prisión permanente revisable, la pena más grave en España.

Los relatos reconstruyen que Manuela salió brevemente a tirar la basura mientras veía la televisión y fue sorprendida y atacada por Delgado.

Los miedos confirmados

Judith Lord, de 22 años, fue violada y estrangulada en su apartamento en Concord Gardens, New Hampshire, el 20 de mayo de 1975, dejando a su hijo menor de dos años. Su cuerpo fue hallado con signos de lucha y daños en el hogar, y la hora mortal se estimó en la 1:47.

Vecinos recordaron comentarios inquietantes de un residente, Ernest Theodore Gable, a quien Judith temía. Pruebas iniciales apuntaron a un sospechoso afroamericano, y Gable encajaba en parte del perfil, pero faltaban pruebas concluyentes y los avances en ADN no estaban disponibles entonces.

Décadas después, con técnicas modernas y la reapertura del caso por un investigador estatal, el semen hallado en toallas fue atribuido sin margen de error a Gable. En 2025 la unidad de Casos Fríos lo señaló como el asesino; Gable había muerto en 1987 tras seguir cometiendo delitos.

La “nueva” vecina

Laura Luelmo, de 26 años y profesora, desapareció mientras salía a correr el 12 de diciembre de 2018 en El Campillo, Huelva. Su cadáver apareció días después en una zona cercana y de difícil acceso.

El arrestado, Bernardo Montoya, era su vecino y contaba con antecedentes penales, incluido un homicidio. La investigación reconstruyó que la interceptó, la retuvo y la agredió sexualmente antes de asesinarla y ocultar el cuerpo. La autopsia confirmó traumatismo craneal severo y violación con retención previa.

El caso suscitó críticas por el hecho de que Montoya, reincidente, pudo aprovechar su conocimiento del entorno para emboscar a Laura.

Muchos vecinos percibían su actitud hosca, aunque desconocían sus antecedentes reales.

La lista de ejemplos no se agota: la vivienda contigua, el piso de arriba o la casa de la misma cuadra pueden ocultar peligros. Los casos muestran que la amenaza puede venir de personas aparentemente normales y que la cercanía no garantiza seguridad.

Estas historias aconsejan prudencia: confiar con moderación y estar alerta, aun cuando ninguna advertencia elimina la conmoción que producen sucesos así.

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