2 de junio de 2026
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Ejecución de Bridget Bishop, primera condenada en Salem

El lunes 2 de junio de 1692 Bridget Bishop fue acusada, juzgada, condenada y ejecutada por supuesta brujería en menos de veinticuatro horas. No hubo pruebas materiales: la condena se basó en “evidencias espectrales” y testimonios de quienes aseguraban haber visto su espíritu atormentándolos. Tenía alrededor de 60 años, era una mujer independiente, vestía de forma distinta y había enviudado dos veces; además, su segundo marido la había acusado años antes de relaciones con el diablo. Aun sin vínculos directos con muchos de los hechos investigados, fue señalada por la comunidad y finalmente colgada tras una audiencia sumaria.

Las pruebas presentadas resultaron de dudosa credibilidad. Varias mujeres afirmaron haber sido tentadas para “firmar el libro del diablo”; se interpretaron daños en prendas y comportamientos físicos de la audiencia como pruebas de culpabilidad; y se narraron supuestos aquelarres. Cada negativa de Bishop era seguida por reacciones convulsivas de espectadores que se tomaron como indicio de mentira. Además se la acusó de otros delitos menores o de carácter moral. Con esas imputaciones, la sentencia fue inmediata y su ejecución se realizó ese mismo día.

Bridget Bishop pasó a la historia como la primera persona ejecutada en los juicios de Salem, un proceso que desembocó en múltiples muertes alimentadas por superstición, rivalidades personales y causas económicas.

“Influencia directa del demonio”

El origen del escándalo fue un episodio en el que tres niñas fueron sorprendidas danzando desnudas en el bosque. El reverendo Samuel Parris, recién llegado a Salem, vivía con sus hijos y su sobrina Abigail Williams; también estaba la esclava Tituba, responsable del cuidado de los niños. Las niñas —Elizabeth Parris, Abigail Williams y Ann Putnam— fueron vistas junto a Tituba y un caldero, lo que despertó sospechas en una comunidad puritana.

Tras ese hallazgo las niñas mostraron comportamientos inusuales: convulsiones, llanto inexplicable y expresiones confusas. Pronto otras muchachas comenzaron a manifestar síntomas semejantes. Ante la comunidad, la desnudez, los juegos y la presencia de la esclava y su caldero se interpretaron como pruebas de prácticas satánicas.

El único médico del pueblo, William Griggs, examinó a las niñas y, sin hallar causa física, dictaminó que se trataba de “influencia directa del demonio”. Ese diagnóstico desencadenó una cadena de acusaciones y procesos judiciales que acabarían con numerosos encarcelamientos y ejecuciones.

La fecha clave fue la tarde del 20 de enero de 1692; a partir de entonces la histeria colectiva se expandió y las autoridades locales comenzaron a actuar en consonancia con las creencias de la comunidad.

La caza de brujas

Las acusaciones cayeron primero sobre los más vulnerables. Las niñas, pertenecientes a familias influyentes, no podían ser culpables en la percepción local, por lo que alguien las había embrujado. Señalaron a Tituba, la esclava, y también a dos mujeres marginadas: Sarah Osborne y Sarah Good.

Los vecinos John Hathorne y Jonathan Corwin ordenaron la detención de las acusadas por “aflicción” de las niñas. Se aceptaron pruebas insólitas, como el “pastel de brujas” sugerido por Mary Sibley —un bollo de centeno con orina de las niñas que debía palparse mediante la reacción de un perro—, y testimonios sobre el comportamiento del animal fueron admitidos en el proceso.

Las sospechosas recibieron la alternativa de confesar o enfrentar tortura y pena de muerte. Tituba optó por confesar y narró historias que involucran al diablo y a numerosos vecinos, lo que la salvó de la horca pero le valió prisión. Osborne y Good se mantuvieron en su inocencia y fueron ejecutadas.

Acusaciones y muertes en cadena

Lo que parecía un episodio aislado se convirtió en una oportunidad para resolver rencillas personales y disputas económicas: las denuncias se multiplicaron. Entre las víctimas estuvieron Martha Corey —conocida y poco querida—, ahorcada, y su marido Giles Corey, que murió bajo tortura. También fueron señalados y ejecutados vecinos como John Alden y el reverendo George Burroughs, este último tras sueños relatados por Ann Putnam.

Al cabo de un año, casi doscientos nombres habían sido implicados: 14 mujeres y cuatro hombres ahorcados, un hombre muerto por torturas, alrededor de 150 presos y varias decenas que huyeron para no ser juzgados.

Con el tiempo la opinión judicial cambió. En 1703 el tribunal de Massachusetts rechazó gran parte de las pruebas usadas en Salem. En 1706 Ann Putnam se disculpó públicamente y en 1711 la colonia ordenó indemnizaciones a las familias de las víctimas. A partir de entonces se dejó de admitir acusaciones semejantes en los tribunales locales.

Cuestiones de dinero

Las explicaciones sobre el fenómeno no se limitan al factor religioso. La atmósfera que permitió la caza de brujas combinó miedo religioso, tensiones políticas y económicas, rivalidades personales y precariedad social, lo que facilitó la búsqueda de chivos expiatorios.

En Salem las rencillas entre líderes religiosos y familias influyentes alimentaron las acusaciones: enemistades entre el reverendo Parris y otros pastores, y disputas entre familias como los Putnam y los Corey tuvieron un papel importante en la dinámica de las denuncias.

También hubo intereses materiales: cuando el juez Corwin encarcelaba o condenaba a sospechosos, su sobrino se beneficiaba con la confiscación de bienes. Esa práctica sugiere que las acusaciones pudieron aprovecharse para apropiarse de propiedades.

El historiador Emerson Baker resumió este panorama como una “tormenta perfecta” de factores —climatológicos, económicos, políticos, militares y religiosos— que creó una atmósfera propicia para creer en la presencia del diablo en Massachusetts.

¿Tres chicas drogadas?

Con los años se han propuesto varias explicaciones para el comportamiento de las niñas que desató los sucesos. La “histeria colectiva” o la conversión de angustias psíquicas en síntomas físicos son hipótesis plausibles para casos individuales, pero ofrecen dificultades para explicar fenómenos grupales.

El psicólogo Benjamin Radford ha señalado el papel de la imitación y la contagiabilidad social: una persona presenta un síntoma y los demás, al observarlo, lo reproducen de manera inconsciente, lo que explica cómo los episodios se extendieron.

Otra teoría apunta al ergotismo: el centeno contaminado con cornezuelo produce alcaloides —entre ellos compuestos relacionados con alucinógenos— que pueden causar convulsiones y alucinaciones. Si el pan de centeno consumido por la comunidad estaba contaminado, ello podría explicar parte del cuadro clínico colectivo.

La influencia simbólica de los juicios de Salem se mantuvo en la cultura: Arthur Miller usó el episodio en su obra Las brujas de Salem (1953) como crítica a las persecuciones políticas de su tiempo. Umberto Eco advirtió que detrás de algunas conspiraciones aparentes puede haber intereses que las promueven, recordando que la invención de demonios sirve a veces a fines ocultos.

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