Hace menos de un mes, en Suiza, la Fundación Beyeler propuso una iniciativa singular: permitir la entrada gratuita a la muestra de Paul Cézanne sobre “Los bañistas” a quienes asistieran en traje de baño. Más allá de ser una experiencia y una estrategia de comunicación, la propuesta generó decenas de visitantes que recorrieron el museo vestidos como para ir a la playa, dialogaron junto a las obras y, en muchos casos, se integraron visualmente con las escenas representadas.
Algunos participantes señalaron que se convirtieron en “una especie de obra de arte dentro del museo”. Impulsada por Maurizio Cattelan, la iniciativa puede parecer llamativa o incluso curiosa, pero consiguió algo crítico hoy en día: captar la atención en un entorno cada vez más dominado por formatos breves y redes sociales.
La noticia invita a una reflexión educativa: si se premiara a quien se sumerja en un tema, aunque no con entrada gratis sino con un incentivo académico, ¿no favorecería eso el aprendizaje? Imaginar a una persona que llega disfrazada acorde a la asignatura, explica su elección y genera participación y atención, sugiere que la implicación activa podría mejorar la comprensión y la retención del contenido.
La misma lógica puede aplicarse a capacitaciones empresariales: se trata de lograr atención plena o un alto grado de implicación. Esto no es nuevo: es la clásica fórmula AIDA aplicada al aprendizaje —captar la Atención, generar Interés, despertar el Deseo y llevar a la Acción—, pero en un contexto donde la competencia por la atención procede sobre todo de dispositivos móviles y redes sociales.
Por eso diversas instituciones buscan convertir al público en protagonista. Hay museos que sacan dinosaurios a la calle para atraer miradas, espectáculos en los que actores transforman una visita en una experiencia interactiva, obras que aparecen en espacios inesperados como aeropuertos y recorridos diseñados para responder a las emociones de quienes los atraviesan.
En Argentina, iniciativas como la intervención de Leandro Erlich que permite “entrar” al Obelisco desde el MALBA, o la propuesta “Prohibido no tocar” del Centro Cultural Recoleta, persiguen el mismo objetivo: reducir la distancia entre la obra y el público y fomentar la participación directa.
En definitiva, no se trata solo de bikinis, disfraces o dinosaurios, sino de un enfoque más profundo: en un mundo saturado de información, el valor reside menos en explicar mejor y más en lograr que las personas vivan la experiencia. Cuando alguien participa, se implica y se emociona, deja de ser meramente espectador y es más probable que ocurra un aprendizaje real.


