12 de junio de 2026
Buenos Aires, 9 C

La escuela, refugio de niños que temen las vacaciones

Frank Cottrell-Boyce plantea que la escuela se ha transformado en un refugio para muchos niños del Reino Unido, una consecuencia de la pobreza, la crisis de la vivienda y el deterioro de otros servicios públicos. Su libro A British Childhood: How Our Children Live Now parte de la campaña Reading Rights para visibilizar la desigualdad lectora en la infancia.

La campaña nació de un dato: casi la mitad de los niños llegan a la escuela sin haber sido leídos en casa. Muchos no comprenden cómo funciona un libro y lo tratan como una pantalla, deslizando el dedo por las páginas o intentando ampliar las ilustraciones con los dedos.

Cottrell-Boyce, autor de novelas infantiles como Millions y Cosmic, está especialmente preparado para este trabajo por su larga relación con las escuelas y su atención a alumnos que quedan fuera de los criterios habituales de corrección formal. Su mirada incorpora una sensibilidad hacia las desigualdades económicas y su impacto en la vida diaria de los niños.

En una escuela de Birkenhead, cerca de una terminal de cruceros, observa una postal social clara: “Es un buen lugar para ver el dinero, pero ese dinero pasa de largo, sin dedicar una segunda mirada a estas calles de casas adosadas”.

Una conclusión central del libro procede de la observación de un docente: “Quizá no hables tanto de las vacaciones de verano. Las odian”. Para muchos niños, el verano ya no significa aventura o descanso, sino la salida temporal del entorno donde se sienten vistos y cuidados.

La respuesta implícita del libro es que, para una parte de la infancia británica, la escuela no es solo un espacio educativo sino el lugar más estable del día. Con desayunos y actividades extraescolares que alargan la jornada, la escuela ofrece seguridad material, rutina y protección.

Cottrell-Boyce se pregunta si el éxito de sagas como Harry Potter o Percy Jackson refleja esa idea de la escuela como refugio. A la vez, describe un sistema en el que los docentes asumen funciones que van más allá de la enseñanza: actuando como terapeutas, nutricionistas o trabajadores sociales ante una injusticia social generalizada.

Tras la austeridad y la pandemia de Covid, las escuelas dejaron de formar parte de una red de apoyo más amplia —bibliotecas, clubes juveniles y centros Sure Start—. En muchos lugares, “la escuela es la última evidencia de una esfera cívica: el Álamo de los servicios”.

El libro incide en la vivienda temporal barata, hoteles y otras formas de alojamiento precario donde quedan atrapados muchos niños. Un dato contundente: entre los menores que se mudan más de 10 veces entre el inicio de la primaria y el año 11, solo el 11% aprueba cinco o más exámenes GCSE. A esa inestabilidad se suma la “pobreza de mobiliario”: la vivienda social suele entregarse en “void standard”, vacía y sin muebles, lo que priva a muchos niños de algo básico como una cama propia.

Cottrell-Boyce considera especialmente impactante esa carencia y recupera la expresión de Robert Louis Stevenson para nombrar ese territorio íntimo del niño: “la tierra del cobertor”. La organización benéfica Time for Bed repartió 582 paquetes de cama el año pasado, con estructura, colchón y ropa de cama.

La precariedad también llega a la puerta de la escuela: algunas han instalado lavanderías discretas o mantienen reservas de uniformes usados. En la educación inicial, muchos docentes actúan como cuidadores porque hay niños que no llegan “listos para la escuela”, incluidas carencias como el control de esfínteres.

El libro combina ese diagnóstico social con recuerdos de la infancia del autor en Liverpool: primero en un piso junto a Dock Road compartiendo habitación con sus padres y su hermano, y más tarde en una urbanización suburbana a medio construir. Esas escenas refuerzan la idea de que el niño absorbe el mundo con intensidad constante.

Cottrell-Boyce lo formula así: “Cada bebé es Galileo”. El profesor Sam Wass, del Baby Development Lab de la University of East London, le dice al autor: “Hace unos días o unas semanas eras una criatura acuática, y ahora, de repente, estás en el este de Londres. ¿Por dónde empiezas siquiera a entender eso?”.

Esa plasticidad tiene un reverso: las experiencias negativas —desde el moho negro y las cucarachas hasta las huidas nocturnas, la violencia doméstica o las deudas— permanecen en el niño a lo largo del tiempo.

En ese marco, el autor rechaza reducir la lectura a una educación moral. Señala cuentos de Las mil y una noches que celebran la mentira o la ambición egoísta, nanas en las que los bebés mueren o son robados, y recuerda que L. Frank Baum justificó el genocidio de pueblos originarios y que Roald Dahl fue un antisemita declarado.

Para Cottrell-Boyce, lo importante al leer con un niño no es tanto el contenido del libro como el momento de atención compartida. June O’Sullivan, de London Early Years, llama a esa práctica “la pedagogía del sofá”. El autor critica especialmente los canales infantiles de YouTube porque su contenido se reproduce sin fin, y asocia la rutina lectora a condiciones materiales concretas: camas, sofás y ropa guardada en algo distinto de bolsas de basura.

Artículo anterior

HCD Lanús celebró el Día del Periodista con medios locales

Artículo siguiente

Escuela en bikini: experimento social y aprendizaje en museo

Continuar leyendo

Últimas noticias

Comienza el Mundial en: