5 de julio de 2026
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El as de los comandos de la II Guerra Mundial

Otto Skorzeny es conocido por historiadores militares de distintas nacionalidades como el comando más exitoso de la Segunda Guerra Mundial. La espectacular operación para liberar a Mussolini le dio una fama considerable en vida y sus memorias contribuyeron a consolidar su reputación.

Mucho menos conocido es el comandante número dos: Adrian von Fölkersam, considerado un subordinado del célebre Skorzeny, pero con una trayectoria operativa notable y participaciones en acciones igualmente relevantes.

Hay dos motivos fundamentales por los que su figura es poco difundida. Primero, actuó como segundo de Skorzeny y los reconocimientos públicos recayeron sobre el jefe. Segundo, no sobrevivió hasta el final de la guerra y no tuvo la oportunidad de publicar memorias. Quienes trataron a ambos afirmaban que el discreto lugarteniente superaba en eficacia a su presunto superior.

Fölkersam nació en la Rusia imperial bajo el reinado de Nicolás II y creció en un entorno en el que el ruso era la lengua dominante.

Los barones von Fölkersam pertenecían a la comunidad germano-báltica, asentada en el imperio ruso desde épocas de Pedro el Grande.

El abuelo de Adrian, que llegó a ser almirante, participó en la Guerra Ruso-Japonesa y murió en el estrecho de Tsushima. Adrian nació en San Petersburgo, pero durante la Guerra Civil rusa (1917–1920) su familia emigró; él continuó su educación primero en la recién independiente Letonia y luego en Alemania.

Quienes lo conocieron lo describían como tímido, de carácter tranquilo y con gran capacidad de análisis. En 1940 se alistó como voluntario en el famoso regimiento “Brandenburgo 800”, especializado en entrenar comandos para infiltraciones en territorio enemigo.

Los equipos del regimiento desempeñaron un papel importante en la fase inicial de la Operación Barbarroja. Pequeñas unidades penetraban en la retaguardia soviética para realizar golpes sobre centros de comunicaciones, puentes, puestos de mando y otras instalaciones estratégicas.

El escritor Boris Akunin, citando relatos de su padre, cuenta que durante la retirada soviética de 1941 había una fuerte psicosis en torno a los paracaidistas enemigos, y que ese temor causó daños mayores que muchas acciones de los comandos.

El teniente Fölkersam comandó la unidad de choque llamada “Compañía del Báltico”, integrada por germanoparlantes de origen ruso, lituanos y exiliados rusos blancos, muchos hijos de combatientes antobolcheviques. Esta compañía infligió daños considerables al ejército soviético; en un caso se apoderó del puesto de mando de una división, dejándola sin dirección.

El raid de Maikop

No es necesario enumerar todas las acciones de Fölkersam, pero merece destacarse una operación que aún figura en manuales de instrucción de comandos: el raid de Maikop.

En el verano de 1942, Hitler decidió concentrar esfuerzos en el sur y ocupar los campos petrolíferos del Cáucaso en lugar de seguir avanzando hacia Moscú. Los alemanes temían que, al replegarse, los soviéticos incendiaran refinerías, oleoductos y demás instalaciones, lo que retrasaría la explotación del petróleo.

A Fölkersam se le encargó una misión extremadamente difícil: infiltrarse en la retaguardia soviética y proteger de la destrucción las instalaciones petroleras de Maikop.

Según fuentes alemanas, en julio un grupo de 62 comandos, todos rusoparlantes, atravesó la línea del frente disfrazado con uniformes de la NKVD. Fölkersam portaba documentos falsos con el nombre del “mayor Trujín”.

En su avance, “Trujín” detuvo a soldados del Ejército Rojo que huían, los reprendió por su retirada y los hizo formar en columna. Luego los entregó al comandante de la defensa de Maikop, que aceptó con agrado ese refuerzo. En el caos de agosto de 1942 las formalidades se relajaron, y Fölkersam procuró integrarse en la rutina local para pasar desapercibido.

El 8 de agosto, cuando los blindados alemanes se aproximaron y comenzaron los preparativos para destruir las instalaciones, los comandos se dispersaron en 15 grupos móviles. Un grupo tomó el centro de comunicaciones y ordenó a las unidades soviéticas iniciar la retirada. Algunos equipos simularon ataques de artillería para provocar pánico; otros recorrieron plataformas de perforación y lugares clave para impedir las explosiones previstas. La maniobra funcionó: Maikop fue abandonada y las plataformas quedaron intactas. Por esta acción Fölkersam recibió la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro.

Tras la operación para liberar a Mussolini, Skorzeny tuvo ocasión de incorporar expertos en sabotaje a su unidad. Fölkersam pasó a ser su jefe de estado mayor y ayudante principal, encargándose de planificar operaciones importantes, entre ellas proyectos para secuestrar al mariscal francés Pétain y asesinar a Tito, aunque estos planes se cancelaron en el último momento.

En octubre de 1944 Fölkersam planificó y ejecutó con precisión la operación “Panzerfaust”, que Skorzeny relata en sus memorias, en las que, como era habitual, él ocupa un lugar destacado.

El contexto era que el regente de Hungría, el almirante Miklós Horthy, a través de su hijo, mantenía negociaciones secretas con la Unión Soviética para cambiar de bando, lo que habría abierto a los soviéticos una vía directa hacia Alemania y podría haber acelerado el final de la guerra.

Los comandos de Fölkersam neutralizaron primero a la escolta del hijo de Horthy, lo capturaron, lo ocultaron en una alfombra y lo trasladaron en avión a Berlín. A pesar del secuestro, el almirante Horthy declaró su retirada de la alianza, pero enseguida los comandos tomaron por sorpresa el Castillo de Budai, residencia de Horthy, con escasa resistencia y bajas mínimas. Horthy fue derrocado y en su lugar se instauró al frente de Hungría Ferenc Szálasi.

Posteriormente participó en la operación a gran escala “Greif” en las Ardenas, donde la habilidad de Fölkersam —que hablaba inglés además de ruso— contribuyó a desorganizar a unidades estadounidenses.

En enero de 1945 la unidad de élite Jagdverband-Ost, comandada por Fölkersam, fue enviada a cerrar una brecha en el frente oriental ante el avance soviético. Frente a tanques y artillería masiva, las capacidades de pequeñas unidades de sabotaje eran limitadas: de unos 800 hombres quedaron solo quince supervivientes. Al intentar unirse a fuerzas alemanas, sus compañeros transportaron en una camilla al comandante mortalmente herido, gesto que refleja el afecto y la lealtad que le profesaban.

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