Ucrania casi duplicó en junio la cantidad de ataques contra objetivos militares rusos situados a más de 50 kilómetros de la línea de contacto, informó el ministro de Defensa, Mijailo Fedórov, en su canal de Telegram. Según el comunicado, ese mes se alcanzaron más de 200.000 blancos enemigos, cifra que el gobierno presenta como indicio de un avance cualitativo y cuantitativo de la ofensiva ucraniana en profundidad.
Fedórov señaló que el objetivo principal de esos ataques sigue siendo la red logística rusa. La destrucción de depósitos, medios de transporte y rutas de suministro pretende reducir la capacidad de reabastecimiento de las unidades en el frente. También destacó un aumento significativo de la intensidad de los ataques contra la península de Crimea ocupada.
Crimea, anexionada por Rusia en 2014, tiene un valor estratégico clave en el conflicto: desde allí se coordinan operaciones en el sur de Ucrania y se canaliza abastecimiento hacia varios sectores del frente. En las últimas semanas las fuerzas ucranianas atacaron infraestructuras militares en la península, incluida la base aérea de Saky, y afectaron ferris usados para trasladar equipamiento, según el Servicio de Seguridad de Ucrania. Fedórov advirtió que Crimea está siendo “aislada por drones” y podría quedar pronto desconectada logísticamente.
El anuncio se enmarca en una campaña de largo alcance que Kiev ha intensificado a lo largo de 2026. A finales de junio Ucrania lanzó una de sus mayores operaciones con drones desde el inicio de la invasión: Rusia informó haber interceptado 660 vehículos aéreos no tripulados en una sola noche, en doce regiones. El presidente Volodymyr Zelensky confirmó impactos contra una instalación de defensa en la región de Penza y contra la refinería de Ufá, golpeada por segunda vez a más de 1.300 kilómetros del frente.
La estrategia se basa en una doctrina desarrollada desde mediados de 2024: emplear drones de largo alcance para atacar instalaciones petroleras, energéticas y de armamento dentro de Rusia, con la intención de elevar el costo de la guerra para Moscú. Fedórov describió esta táctica como una manera de proteger a la infantería ucraniana, frenar el avance ruso e interrumpir su reabastecimiento. Según declaraciones citadas por Politico, en algunas zonas las fuerzas rusas ya han reducido la velocidad de sus movimientos por esta presión.
El contexto muestra una escalada mutua. En junio Rusia redujo el volumen total de proyectiles lanzados contra Ucrania —5.749 drones y 180 misiles—, una caída del 29% y el 15% respectivamente respecto a mayo, según el mando aéreo ucraniano. Aun así, los ataques mantuvieron su carácter indiscriminado, con impactos en zonas residenciales y en un monasterio protegido por la UNESCO en el centro de Kiev. El 2 de julio, un ataque con 74 misiles y 496 drones causó al menos 27 muertos en la capital.
Analistas europeos y ucranianos estiman que la caída puntual en el número de proyectiles rusos puede deberse a problemas de suministro de drones iraníes, a una reorganización táctica de los sistemas antiaéreos o a la acumulación de reservas de cara a una posible escalada en otoño. En el frente terrestre, Rusia avanzó unos 84 kilómetros cuadrados en junio, principalmente alrededor de Kostiantínivka, en Donetsk, aunque a un ritmo menor que en meses previos.
La ofensiva aérea ucraniana en profundidad es hoy uno de los pocos instrumentos disponibles para compensar su inferioridad numérica en el frente. Si la cadena logística rusa sigue deteriorándose, la presión para que Moscú negocie podría aumentar; pero si Rusia consigue adaptaciones tecnológicas antes de que Ucrania consolide su capacidad ofensiva, el equilibrio estratégico podría volver a inclinarse a su favor.

