Cuando Mauricio y Micaela aparcaron su viejo Renault Megane frente al cartel que anuncia la llegada a Alaska, el 5 de junio de 2026, no celebraban solo el fin de un recorrido geográfico: cerraban una etapa que había comenzado ocho años antes en un pequeño pueblo del norte neuquino, cuando decidieron transformar por completo su estilo de vida.
Mauricio era profesor de Química, Física y Matemática; Micaela, masoterapeuta y trabajadora en una herboristería. Tenían empleos estables y una vida tranquila, pero sentían la necesidad de explorar más allá de lo conocido.
Su plan inicial era viajar como mochileros, aunque un Renault Megane 1999 que Mauricio había comprado a su padre para sus desplazamientos terminó siendo el centro de la aventura. Ese vehículo se convertiría en su hogar y en la herramienta que les permitió recorrer el continente.
Mauricio, de 42 años y oriundo de Andacollo (Neuquén), y Micaela, de 34 y nacida en Brandsen (Buenos Aires), se conocieron en La Plata y llevan doce años de matrimonio. Dos años antes de partir —el 4 de agosto de 2018— se propusieron ahorrar para el viaje que inicialmente los llevaría a Ushuaia y luego cruzaría América, pero los ahorros se destinaron en gran parte al auto y a acondicionarlo.
Comenzaron la travesía con recursos limitados y la idea de generar ingresos en ruta. Su primera estrategia fue fabricar y vender artesanías en plazas, ferias y espacios públicos: pulseras, objetos de macramé, piezas con piedras y almohadillas térmicas.
Si las ventas alcanzaban para comer y cargar combustible, continuaban; si no, se quedaban días en el mismo lugar hasta reunir lo necesario. Durante el primer año y medio la economía fue muy inestable y vivieron al día.
Vivir dentro de un auto
A simple vista parecía un Megane común, pero por dentro el vehículo fue transformándose en una casa rodante compacta. Con el tiempo retiraron los asientos traseros y armaron una cama fija de 1,10 por 1,80 metros; debajo del colchón almacenaban alimentos, herramientas y utensilios.
En el techo llevaban ropa, sillas y una mesa plegable. Instalaban una cocina portátil con una garrafa de dos kilos, un depósito y sistema de agua y una ducha improvisada: un tubo en el portaequipajes con 17 litros de agua, una bomba, una manguera y una pequeña carpa lateral para asearse prácticamente en cualquier lugar.
La camperización fue evolucionando con los kilómetros, pasando de soluciones improvisadas a un espacio funcional para distintas condiciones climáticas y largos recorridos.
Los primeros golpes que casi termina con el sueño
El primer gran problema llegó un mes después de comenzar: en Mar del Plata el motor se averió gravemente y no tenían dinero suficiente para repararlo. Para reunir fondos comenzaron a fabricar postales con fotografías de sus viajes y libretas artesanales que podían enviarse por correo, y difundieron su situación en redes sociales hasta conseguir el dinero necesario.
Tardaron cerca de mes y medio en conseguir lo suficiente para reparar el motor. Dos años después, la pandemia interrumpió las ferias y el turismo, por lo que debieron ajustar su actividad: cocinar y vender comida casera y ofrecer otros productos.
También compilaron un diario de viaje sobre sus experiencias del primer año y ocho meses, que fue adquirido por seguidores. El verdadero punto de inflexión fue un video que mostraba cómo vivían dentro del Megane: la repercusión les permitió monetizar su canal de YouTube y profesionalizar la producción de contenidos bajo la cuenta @viajando.para.vivir.
El desafío más temido: cruzar el Tapón del Darién
Los pasos fronterizos fueron una prueba constante: trámites sencillos en algunos países y controles exhaustivos en otros, que en ocasiones implicaron vaciar gran parte del vehículo. En Perú incluso les ofrecieron comprar el auto por la incredulidad de que hubiera salido desde Argentina.
El cruce entre Colombia y Panamá, el Tapón del Darién, simboliza la magnitud de su aventura. Dado que no hay carreteras en esa región selvática, embarcaron el Megane desde Cartagena hacia Panamá mientras ellos viajaron en avión. Lo más complicado no fue la travesía marítima sino la burocracia: entre permisos y aduanas pasaron nueve días sin el auto y sin certeza sobre cuándo lo recuperarían.
Recobrar el vehículo y llegar a Panamá fue, para ellos, un triunfo comparable al de alcanzar Alaska, ya que muchos viajeros abandonan en esa etapa.
Inseguridad, miedo y sorpresas
A lo largo del trayecto fueron testigos de violencia, armas y drogas en algunos lugares, y enfrentaron intentos de robo: hallaron personas tratando de abrir la baca o las puertas del auto, aunque nunca sufrieron un robo consumado.
Sin embargo, las experiencias positivas fueron más frecuentes: en distintos lugares les dejaron obsequios inesperados —en Costa Rica frutas, en Argentina facturas— que mostraban la solidaridad de la gente. Muchas familias les ofrecieron un lugar para estacionar, una ducha, comida o simplemente una charla.
Para ellos, el valor del viaje radicó en esos encuentros espontáneos que transformaron desconocidos en amigos y permitieron conocer la vida cotidiana fuera de los circuitos turísticos habituales.
El Caribe y Alaska: dos momentos imborrables
Entre los recuerdos más emotivos están la primera visión del Caribe en Venezuela, cuyas aguas turquesas coincidían con las imágenes que habían visto durante años, y el momento en que divisaron el cartel de Alaska. Ambas experiencias les provocaron una fuerte emoción y la sensación de que el sueño era real tras años de sacrificios, problemas mecánicos e incertidumbre.
Su objetivo ahora es volver a Argentina con el Megane, regresar manejando para recorrer países que quedaron pendientes —como la isla de Belice— y reencontrarse con seguidores, amigos y familiares, empezando por Buenos Aires y luego Neuquén, donde comenzó todo.
Aunque desean acelerar el regreso y cerrar la etapa del “megancete”, reconocen que la ruta tiene sus propios planes. Después de ocho años viviendo al ritmo del camino, aprendieron que las mejores historias suelen surgir cuando uno se deja sorprender.

