21 de julio de 2026
Buenos Aires, 11 C

Implementación y riesgos de los mercados de carbono en Costa Rica

El conflicto reciente en el Territorio Indígena Bribri de Talamanca puso en el centro del debate a los bonos de carbono promovidos por Grupo Goico International, y planteó dudas sobre si esas iniciativas generan reducciones reales en la atmósfera.

La controversia trasciende lo local: los sistemas de comercio de emisiones han sido objeto de críticas por presuntos fraudes, metodologías cuestionables y efectos sobre la gobernanza de comunidades indígenas, según reportes de El Observador.

En la práctica, los mercados de carbono plantean que cada crédito representa la reducción, remoción o prevención de una tonelada de dióxido de carbono equivalente (CO2e). El valor de esos instrumentos depende de que exista evidencia científica clara de que la reducción efectivamente ocurrió y no se trata solo de una promesa.

El mecanismo parte de que toda actividad humana emite gases de efecto invernadero —principalmente dióxido de carbono, pero también metano y óxido nitroso—, que se agrupan bajo la métrica CO2e para contabilizar su efecto climático. Un crédito equivale a una tonelada de CO2e, aunque la mezcla de gases y su potencial de calentamiento puede variar.

Qué son los créditos de carbono y cómo funcionan

Los créditos de carbono se convierten en instrumentos financieros con precio y pueden negociarse entre países y empresas. Algunas entidades los compran por obligación regulatoria; otras, para mejorar su imagen o cumplir objetivos de neutralidad climática.

El mecanismo consiste en descontar del total de emisiones de una empresa las toneladas equivalentes a los créditos adquiridos. Para que esto tenga sentido climático, las reducciones o remociones deben estar avaladas por transparencia, monitoreo continuo, verificación independiente y metodologías científicas sólidas.

El sistema suele involucrar intermediarios y verificadores externos que aplican estándares internacionales, lo cual encarece las operaciones y exige controles rigurosos. Si la información está exagerada o los controles son insuficientes, el crédito pierde su valor ambiental y la reducción proyectada podría no haberse materializado.

Cada crédito de carbono equivale a una tonelada de dióxido de carbono equivalente y exige demostrar una reducción, remoción o prevención real. (EFE/Georgi Livocski)

Según Carbon Market Watch, el sistema busca reducir los gases de efecto invernadero fijando un precio a las emisiones, sobre todo al dióxido de carbono. La organización advierte que, aunque teóricamente da igual quién compre o venda créditos, en la práctica existen lagunas que pueden neutralizar el efecto climático de la política.

En términos sencillos, los créditos permiten a empresas y países compensar sus emisiones pagando por reducciones verificadas en otros lugares. El problema aparece cuando esas reducciones no están debidamente comprobadas, lo que convierte la transacción en una operación financiera sin impacto real sobre el clima.

El comercio de emisiones desde 1997 y el debate bajo el Acuerdo de París

La discusión internacional sobre comercio de emisiones se formalizó en 1997 con el Protocolo de Kioto, el primer acuerdo que incorporó este mecanismo a escala global. A pesar de ello, muchos de los objetivos no se cumplieron, según El Observador.

En 2015, el Acuerdo de París ofreció un nuevo marco para los mercados de carbono, pero los detalles operativos siguen sujetos a negociación en las conferencias climáticas. El artículo 6 introdujo mecanismos de cooperación internacional, aunque persisten desafíos para garantizar su eficacia.

Existen dos tipos principales de mercados: los sistemas de comercio de emisiones (ETS), donde se negocian permisos de emisión, y los mecanismos de compensación, que comercializan reducciones ya alcanzadas. Carbon Market Watch señala que el factor temporal es crucial para diferenciar entre ambos modelos.

Los desafíos de los proyectos forestales y los riesgos de fraude

Para que un proyecto forestal sea legítimo, debe demostrar que su intervención evitó una pérdida de carbono que, de otra forma, habría ocurrido de manera creíble. No basta con afirmar que se conserva un bosque; es necesario probar que existía una amenaza real de deforestación y que el proyecto la detuvo.

Si no hay un riesgo concreto de degradación, las reducciones atribuibles al proyecto no pueden considerarse adicionales ni válidas para el mercado. Por eso el diseño de líneas base y escenarios contrafactuales es fundamental.

El monitoreo y el reporte continuos son igualmente esenciales: sin sistemas sólidos de seguimiento y verificación, la credibilidad de los proyectos se erosiona, lo que ha provocado escándalos en el sector.

Un caso destacado fue el de South Pole en Zimbabue: la consultora vendió millones de créditos afirmando que evitaba deforestación, pero una investigación periodística concluyó que muchos de esos créditos no representaban reducciones reales porque el riesgo de pérdida de bosque habría sido exagerado.

En resumen, aunque los créditos de carbono pueden contribuir a la mitigación del cambio climático, su efectividad depende de controles rigurosos, metodologías transparentes y verificación científica. Sin esos elementos, el sistema corre el riesgo de funcionar más como una operación financiera que como una herramienta con impacto real en la atmósfera.

Artículo anterior

Zelensky reemplaza al jefe del Ejército tras la salida del ministro de Defensa

Artículo siguiente

Burruchaga vence a Wawrinka y logra su mayor triunfo

Continuar leyendo

Últimas noticias

Comienza el Mundial en: