Una de las imágenes más reveladoras de la política estadounidense ocurrió el 29 de julio, cuando Anthony Fauci, director durante 38 años del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, compareció ante un comité del Senado. Fauci, figura central en la respuesta a la pandemia y asesor médico de Joe Biden, fue sometido a un duro interrogatorio por parte de senadores republicanos encabezados por Rand Paul, que le atribuyen mentiras sobre el origen del coronavirus, la financiación de investigaciones en Wuhan, recomendaciones sobre mascarillas, vacunas y confinamientos, y la supuesta supresión de voces científicas que defendían el origen de laboratorio.
Fauci invocó repetidamente la Quinta Enmienda, que protege de responder preguntas que podrían implicar responsabilidad penal, mientras algunos miembros del Congreso pedían sanciones más duras y circulaban imágenes manipuladas que lo mostraban esposado. Según el texto, Biden le concedió un perdón preventivo en los últimos días de su mandato para evitar consecuencias penales o económicas.
El fenómeno conspirativo es clave para entender la política contemporánea en Estados Unidos. Movimientos como QAnon sostienen la existencia de una élite secreta que controla el país y dirige redes criminales, y presentan a Donald Trump como un líder que combate en secreto a esa supuesta cábala. Estas teorías, a menudo carentes de pruebas, han tenido gran impacto en la opinión pública y en la movilización política.
El doctor Anthony Fauci comparece ante el Comité de Asuntos de Seguridad Nacional y Gobierno del Senado, a finales de julio.AP
Ese ecosistema de desconfianza, inicialmente dirigido contra instituciones percibidas como hostiles, ha empezado a volverse contra aliados y figuras conservadoras. Controversias como el caso Epstein han llevado a parte del entorno MAGA a acusar a funcionarios y a excolaboradores de Trump de ocultamiento, y a exigir transparencia incluso sobre quienes previamente eran objeto de las críticas.
En los últimos meses se ha producido una fractura dentro del mundo MAGA: figuras prominentes como Tucker Carlson, Marjorie Taylor Greene o Candace Owens han expresado arrepentimiento o dudas públicas sobre su apoyo a Trump; algunos, incluida Greene, han sugerido considerar la Enmienda 25 para apartarlo del cargo. Incluso líderes de conspiración más extremos han mostrado cambios de postura o desconfianza.
La sospecha permanente se ha convertido en una herramienta política generalizada: blogs, podcasts y transmisiones que promueven desconfianza absoluta hacia instituciones han ganado audiencia. Cuando la narrativa dominante afirma que ninguna entidad merece confianza y todas conspiran contra el pueblo, se dificulta controlar la desinformación, como se vio en debates sobre Epstein, la política hacia Irán y la influencia externa en decisiones del Gobierno.
Donald Trump ha sido un impulsor importante de este clima. Su carrera política incluyó la promoción del birtherismo contra Barack Obama y la difusión sostenida de acusaciones de fraude electoral. Asimismo, ha repetido relatos sobre inmigración, supuestos vaciados de cárceles y otros bulos que han calado en parte de su base política.
La lógica conspirativa no respeta lealtades: se basa en la idea de una verdad oculta y en que las versiones oficiales son encubrimientos. Por eso incluso quienes contribuyeron a crear ese ambiente pueden ser acusados y señalados. Tras el asesinato del activista Charlie Kirk, aparecieron especulaciones sobre la implicación de servicios secretos o aliados extranjeros, en rechazo a la responsabilidad atribuida al detenido.
Los intentos de asesinato contra Trump han alimentado la desconfianza. Encuestas muestran que un porcentaje considerable de estadounidenses sospecha que al menos uno de esos incidentes pudo ser un montaje; una parte del público considera que eventos como los disparos en Pensilvania en 2024 o el incidente en la cena de corresponsales fueron fingidos. Figuras mediáticas han planteado estas teorías ante audiencias amplias.
También han proliferado teorías sobre obras en la Casa Blanca, como la construcción asociada al nuevo salón de baile, que algunos interpretan como la preparación de un búnker para gobernar indefinidamente. Se han presentado además documentos y alegaciones —por ejemplo de la directora de Inteligencia Nacional antes de dejar el cargo— que sus autores consideran prueba de conspiraciones para perjudicar a Trump.
La salud del presidente ha sido objeto de especulación constante: fotografías, ausencias públicas o visitas médicas han alimentado rumores sobre hospitalizaciones, deterioro cognitivo o incluso teorías extremas sobre su supuesta sustitución. Esa misma dinámica de desconfianza que se dirigió contra Biden ahora se proyecta hacia Trump.
Otras controversias incluyen la hipótesis, difundida en ciertos círculos, de que varios científicos vinculados a programas espaciales y nucleares murieron o desaparecieron en un periodo breve, lo que generó indagaciones del Congreso y comunicaciones formales a responsables gubernamentales. En paralelo, grupos de ultraderecha han promovido narrativas sobre colocaciones políticas interesadas en cargos clave.
En algunos casos las especulaciones trascienden lo político y entran en lo religioso o apocalíptico: personajes mediáticos han planteado en tono retórico si el presidente representa figuras maléficas, retomando discusiones que circulan entre ciertas élites tecnológicas o mediáticas.
Agencias públicas como FEMA han sufrido las consecuencias de teorías sobre internamientos masivos o saqueos organizados tras desastres naturales, por lo que sus operativos y materiales han sido objeto de vigilancia y hostilidad. Incluso bromas o memes —como los que aludían a un supuesto monstruo marino durante una tormenta— pueden transformarse en narrativas creíbles para algunos sectores.
Lo que comenzó en muchos casos como burla o hipérbole se ha vuelto peligroso cuando una proporción significativa de la población renuncia al análisis crítico. Historias claramente improbables, como la existencia de redes pedófilas dirigidas por élites o la presencia de hombres lagarto en puestos de poder, han llevado a acciones reales como irrupciones armadas en locales públicos. Cuando ese es el umbral de la credibilidad, las instituciones y el debate democrático quedan seriamente dañados.


