14 de agosto de 2026
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China: cambio y continuidad

China: cambio y continuidad

Hay libros para el invierno y libros para el verano: no siempre por su ligereza, sino por el ritmo que permiten. The Secret Sharers, decimocuarta entrega de la serie del inspector Chen Cao de Qiu Xiaolong —aún sin traducción disponible— pertenece a la lectura estival: avanza despacio, invita a una taza de té y a detenerse en una calle de Shanghái, un poema de la dinastía Tang o en un encuentro cuyo significado se revela con calma. Su hilo sutil termina conduciendo a uno de los grandes agujeros negros de la memoria china: Tiananmén.

En esta novela Qiu presenta a un Chen desencantado y en una situación precaria. Ya no dirige la brigada de homicidios de Shanghái; ocupa una oficina de reforma judicial cuya pomposa etiqueta oculta un ámbito marginal. Además está “de baja por convalecencia”, una fórmula burocrática que en la China del Partido suele implicar más una decisión política de apartamiento que una cuestión de salud.

En ese entorno inestable, la joven secretaria Jin —silenciosamente enamorada y siempre a su lado— es el contrapunto afectivo de un protagonista que ha dejado de esperar beneficios del sistema. Al renunciar a las ambiciones oficiales encuentra espacio para la fidelidad a sí mismo: su relación con Jin ha madurado en complicidad y escenas domésticas de una felicidad discreta; ella le trae caprichos, cocina y él modera sus hábitos en su presencia.

El arranque condensa el universo de Qiu: un teléfono posiblemente intervenido, un policía jubilado que prefiere hablar en persona, una antigua casa de agua caliente convertida en salón de degustación, hojas de Longjing adquiridas directamente a campesinos por desconfianza hacia las tiendas caras. Proverbios, alusiones literarias, circunloquios y silencios; la historia parece detenerse en digresiones que, en la tradición oriental, no son pérdida de tiempo sino parte esencial del relato y a menudo el camino más seguro hacia el objetivo.

La investigación comienza cuando una promotora inmobiliaria ofrece una suma desorbitada para localizar a un personaje conocido como X, cuya prometedora trayectoria intelectual quedó truncada años atrás por unas declaraciones de las que no se retractó. X ahora vive modestamente como adivino en un puesto callejero destinado a desaparecer con las obras: “ha sido desaparecido”, dice la formulación. No ha desaparecido por sí mismo; lo han hecho desaparecer. Ese uso transitivo del verbo, nacido en internet y aprendido por Chen de su asistente, resume una teoría del poder: donde la oficialidad maquilla los hechos, la lengua popular crea nuevas formas para nombrarlos.

A partir de ahí, Qiu ofrece lo que sus lectores esperan: una pesquisa detectivesca envuelta en observación social. La pesquisa avanza con lentitud, entre recuerdos, poemas y escenas cotidianas que construyen un retrato más profundo que la solución del caso, porque el verdadero enigma no es sólo el delito sino China misma. ¿Cómo se transforma tan rápido y sigue siendo tan reconocible? ¿Cómo coexisten el capitalismo desbocado y un submundo tradicional? ¿Cómo una civilización que reverencia poemas milenarios excluye del debate público un acontecimiento decisivo de 1989?

Es la China que rara vez aparece en nuestras portadas. Mientras admiramos o tememos sus avances en inteligencia artificial, robótica, armamento o vehículos eléctricos, Qiu se adentra en los márgenes de esa revolución para observar otra realidad: las conversaciones a media voz, la poesía, la memoria y la vida callada de quienes habitan las grietas del relato oficial. Ahí está el corazón del libro.

El propio Chen enuncia esa paradoja mientras traduce a los clásicos y compila su propia antología poética. Entre los versos de las dinastías Tang y Song y la escritura contemporánea percibe una tensión constante: “China cambia y no cambia”. La frase atraviesa la obra: Shanghái ha cambiado de perfil, han brotado rascacielos, ha crecido la riqueza y la corrupción adopta nuevas formas, pero persisten los marginados del desarrollismo, la necesidad de hablar en clave, la fragilidad de quien molesta al Partido y la facilidad con la que alguien puede ser borrado del espacio público.

He señalado ya cómo la serie de Qiu constituye una lente privilegiada sobre costumbres y tensiones sociales. Qiu lo confirma una vez más. Quien no conozca al inspector Chen puede empezar por Muerte de una heroína roja y seguir, si es posible, el orden de publicación. Los lectores habituales encontrarán aquí una historia de ausencias, una visión de la China posterior al COVID, una reflexión sobre el olvido y un homenaje tardío a las vidas que Tiananmén fracturó. Es, además, una meditación sobre el paso del tiempo.

Tiananmén no aparece como una lección de historia añadida, sino como una herida que sigue marcando vidas en silencio. Qiu, que se estableció en Estados Unidos tras los sucesos, sitúa a su personaje dentro del sistema, lo que explica parte de la riqueza del planteamiento: no convierte a Chen en disidente ni en héroe puro, sino en alguien que intenta conservar espacios de decencia dentro de la maquinaria, asumiendo el coste de esa elección.

Hay algo apropiado para el verano en esta forma de narrar: Qiu no alza la voz. Deja que la trama se filtre a través de detalles modestos —buñuelos de cerdo, un humilde pastel de arroz en la prosperidad, combates de grillos, una cita de El sueño del pabellón rojo, el recuerdo de un parque o la descripción de un plato—. El lector disfruta de la ciudad, los personajes y los relatos dentro de la narración; al cerrar el libro sabe más sobre China no por una lección, sino por haber vivido unas horas en su lenguaje complejo, donde la poesía sigue teniendo un lugar destacado.

La poesía adquiere aquí un sentido renovado: deja de ser solo un rasgo cultural o un refinamiento intelectual y se convierte en refugio moral, en lenguaje capaz de decir lo que la prosa no alcanza. Chen traduce poemas porque cree que los versos antiguos siguen conteniendo verdades que el presente no ha abolido. Quizá por eso seguimos leyendo estos libros: prometen esclarecer qué le pasó a alguien y acaban revelando qué le ha sucedido a una sociedad.

En la China de Qiu las personas pueden ser desaparecidas, los hechos borrados y las palabras vigiladas. Sin embargo, la memoria encuentra siempre rodeos: a veces se refugia en un poema, otras en una conversación y, en ocasiones, en una excelente novela de verano.

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