15 de enero de 2026
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IA vs. humanos: batalla por el alma del futuro

Estamos viviendo un momento en que la promesa de la inteligencia artificial deja de ser futurista y se manifiesta en la práctica. Hablar de “IA primero” describe una visión en la que las máquinas, algoritmos y sistemas digitales lideran: automatizan, optimizan y predicen. Frente a ello existe otra opción: “ser humano primero”, en la que la tecnología se subordina a fines humanos como el propósito, la libertad y la dignidad. ¿Cuál conviene priorizar para alcanzar un futuro coherente, ético y sostenible?

No hay una respuesta sencilla. Priorizar la IA puede parecer eficiente y rentable, pero conlleva riesgos: relegar a la persona, medir valores solo por productividad y delegar decisiones clave a sistemas que no comprenden contexto o ética. Poner a las personas primero implica que la IA funcione como herramienta que amplifica capacidades sin suplantar la condición de agentes libres. Esto plantea preguntas fundamentales: ¿debemos priorizar la verdad en el uso de la tecnología o la eficiencia y el crecimiento a cualquier costo? ¿Qué ocurre cuando la eficiencia entra en conflicto con la humanidad?

Priorizar al ser humano supone que la IA sea una herramienta, no un amo, que potencie nuestras capacidades respetando la agencia humana.

En materia de ética de la IA no basta con que los sistemas funcionen técnicamente; es necesario preguntarse “¿para qué funciona?” y “¿para quién?”. Organismos internacionales han propuesto marcos que colocan los valores humanos en el centro. Por ejemplo, la UNESCO formuló una Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial que pone como pilares la dignidad humana, la diversidad, los derechos humanos y el bienestar social.

Algunas empresas han incorporado estos principios en políticas concretas. Microsoft, por ejemplo, define principios de “IA responsable” que incluyen equidad, fiabilidad y seguridad, privacidad, inclusión, transparencia y responsabilidad, y declara el enfoque “personas primero” como fundamento de su desarrollo tecnológico.

En otros casos las tensiones entre principios y práctica han sido visibles. Alphabet/Google ha revisado internamente sus principios sobre IA en contextos sensibles, lo que evidencia que formular valores no garantiza su aplicación cuando surgen presiones geopolíticas o comerciales.

Hacer que la IA funcione correctamente no es suficiente si no se orienta hacia objetivos compatibles con los derechos y el bienestar de las personas; la ética exige preguntarse por los fines y beneficiarios de la tecnología.

Organizaciones como OpenAI han creado comités de seguridad y ética para supervisar el entrenamiento y el despliegue de modelos, lo que muestra que incluso actores innovadores reconocen la necesidad de gobernanza, mitigación de daños y supervisión humana.

Estos ejemplos apuntan a una conclusión: conviene priorizar al ser humano, con la verdad y la honestidad frente a la realidad humana como piedra angular. La IA puede amplificar decisiones, pero no sustituye la conciencia moral, la interpretación contextual ni la deliberación colectiva. Si la IA se convierte en prioritaria, existe el riesgo de que la lógica algorítmica imponga valores ajenos o reemplace la reflexión.

Entender la “verdad como primera prioridad” significa que la tecnología no solo debe ser posible técnicamente, sino también justificable moralmente. Antes de desplegar sistemas que clasifican o automatizan, debemos cuestionar si respetan la dignidad, promueven la justicia, favorecen la inclusión y contribuyen al desarrollo humano. Esas evaluaciones requieren juicio humano.

Mi propuesta: priorizar a las personas, tomar la verdad como referencia y considerar la IA como herramienta.

Ese enfoque puede concretarse en un mantra de “empleado primero”: situar al trabajador, su desarrollo, bienestar y dignidad en el centro de la transformación tecnológica. Si una empresa aplica “IA primero” sin pensar en los empleados, corre el riesgo de convertirlos en operadores de máquinas; si aplica “empleado primero” con IA como amplificador, la tecnología empodera en lugar de reemplazar.

En la práctica, una compañía orientada por este principio diseñaría sistemas de análisis de talento que incluyan indicadores de bienestar, aprendizaje, diversidad y equidad, no solo productividad. Microsoft, por ejemplo, promueve gobernanza de IA, formación del personal, auditorías internas y transparencia para alinear sistemas con principios éticos.

Por tanto, la prioridad debería ser clara: personas primero, verdad como referente y la IA como herramienta. Esto no supone renunciar a la innovación, eficiencia o crecimiento, sino situarlos en su lugar adecuado: medios al servicio de fines humanos.

En la carrera por el futuro no se trata tanto de quién tiene la IA más potente sino de quién propone el proyecto humano más sólido.

La invitación a líderes empresariales, académicos, legisladores y profesionales es no ceder la iniciativa al algoritmo: definamos nosotros el horizonte social y laboral que deseamos y el papel que la tecnología debe desempeñar en él.

Hoy las organizaciones compiten también en credibilidad ética y confianza. Una empresa que despliegue IA sin un marco humano puede ganar mercado a corto plazo pero perder legitimidad; en cambio, la que integre principios humanos tendrá más probabilidad de perdurar.

En síntesis: antes de programar algoritmos, definamos valores; antes de desplegar sistemas, establezcamos compromisos; antes de priorizar eficiencia, delimitemos dignidad.

Al final, la calidad de la tecnología que creemos dependerá de la humanidad que decidamos preservar. Esa elección puede marcar la diferencia entre un futuro dominado por máquinas y uno co-creado por personas guiadas por propósitos claros.

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