15 de enero de 2026
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Chile elige presidente entre miedo y decepción

Durante décadas Chile fue considerado el país más estable de la región. Calificado por el expresidente Sebastián Piñera como un “oasis en América Latina”, el país no solo creció a un ritmo superior al de sus vecinos, sino que también alternó con relativa calma entre una izquierda moderada, que impulsó tratados de libre comercio con naciones como Estados Unidos y Japón, y una centroderecha que mantuvo continuidad en políticas económicas con sus predecesores.

De ese Chile queda hoy muy poco. La alternancia moderada dio paso a un péndulo entre extremos que, aun cuando moderan su gestión una vez en el poder, han incrementado la polarización social y la incapacidad para alcanzar acuerdos amplios.

El estallido social de 2019 abrió una brecha que parece profundizarse con cada elección. Mientras algunos consideran que el actual gobierno de Gabriel Boric ha sido demasiado progresista, otros reclaman una aceleración de reformas estructurales prometidas y no cumplidas. En medio de esos debates, los partidos tradicionales no han logrado articular propuestas que representen a una ciudadanía que, de nuevo este domingo, debe elegir entre dos opciones percibidas en su mayoría como el mal menor.

A horas de la decisión en las urnas, la segunda vuelta entre la candidata comunista Jeanette Jara, exministra del actual gobierno, y el líder ultraconservador José Antonio Kast se caracteriza más por el miedo y la decepción que por la esperanza. Las encuestas de cierre de campaña reflejan un electorado definido por el voto anti.

José Antonio Kast, que salió segundo en la primera vuelta y ahora podría recibir apoyos de dos ex candidatos de la derecha, basa parte de sus expectativas en el 83% de rechazo a la gestión del gobierno de Boric.

Por su parte, Jeanette Jara intenta movilizar al casi 28% de votantes que afirmaron que “jamás votarían” por Kast, apelando a que el temor a un retroceso social supere la fatiga con el gobierno actual.

En definitiva, se trata de una elección marcada por la resignación cívica: dos tercios de los chilenos opinan que el país va por el camino equivocado, y entre los indecisos el 73% declara no tener un candidato favorito, lo que refuerza la percepción de que la contienda se define por el menor de los males.

A lo largo de la campaña ambos candidatos han procurado capitalizar ese descontento más que generar expectativas positivas, en un país que históricamente miraba al futuro con mayor certidumbre.

Según una encuesta de Pulso Ciudadano, el 83% de los votantes de Kast desaprueba la gestión de Boric y su voto está impulsado por ese rechazo, de modo que la motivación es más antagonista que afín a las virtudes del candidato.

Asimismo, el 89% de quienes en la primera vuelta apoyaron otras opciones de derecha, como Kaiser o Matthei, señalaron que votarán por Kast el domingo principalmente “para evitar el comunismo de Jara”, según diversas encuestadoras.

Detrás de estos antagonismos emerge un factor más preocupante: el miedo.

Las encuestas indican que la elección se disputa en dos frentes excluyentes entre sí. Por un lado, Kast capitaliza el temor al caos presente: inseguridad, narcotráfico e inquietudes sobre una inmigración percibida como descontrolada. Sus seguidores no solo buscan castigar al gobierno, sino que lo consideran el único capaz de imponer autoridad y orden.

Por otro lado, Jara debe movilizar el miedo a un futuro ultraconservador. Su narrativa advierte sobre el riesgo de un retroceso en derechos y políticas sociales, inquietud que declara sentir el 48% de la población.

En ese contexto, los ciudadanos deben ponderar cuál de esos miedos consideran más urgente: la inseguridad cotidiana, con elementos que recuerdan a delitos vinculados al crimen organizado, o la pérdida de derechos y libertades. El votante desencantado ya no clama tanto por un estadista, sino por quien resuelva problemas concretos.

A pocos días de la elección, la conclusión es severa: Chile no está eligiendo un proyecto de futuro claro, ni siquiera cerrando una herida abierta. El país se halla en un punto de inflexión en el que derrotar al rival pesa más que promover propias ideas; la polarización empujó al electorado a abandonar el centro moderado y optar por el extremo que le resulta menos hostil.

Gane quien gane, el próximo presidente asumirá con un mandato débil, sostenido en la resignación y el voto de castigo. La crisis de legitimidad iniciada con el Estallido Social no se resolverá simplemente con una votación que ha reforzado a los extremos y ha fragmentado el tejido social.

La tarea del nuevo mandatario, además de gobernar, será intentar cerrar un abismo que por ahora amenaza con diluir lo que quedó del antiguo “oasis” chileno.

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