15 de enero de 2026
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El crimen de cantar en la Ginebra del siglo XVI

Parece sorprendente, pero en la Ginebra del siglo XVI cantar podía acarrear sanciones: una madre que entonaba una canción de cuna o alguien que tarareaba podía ser objeto de reproche o de castigo.

Entre 1542 y 1552 las autoridades civiles y religiosas iniciaron más de cien procesos contra personas acusadas de interpretar canciones consideradas inmorales. Los casos afectaron a distintos estratos sociales e incluyeron situaciones cotidianas, como mujeres que cantaban mientras trabajaban en sus hogares. El control sobre la música transformó la vida pública y privada en la ciudad.

La reforma protestante cambió Ginebra desde la llegada de John Calvin en 1542. El nuevo gobierno, dirigido por reformadores calvinistas, impuso normas estrictas destinadas a regular la conducta de los habitantes.

Las autoridades intentaron erradicar todo tipo de canto considerado indecente, lo que afectó a una amplia parte de la población, desde aprendices y nobles hasta familias modestas.

Durante esa década, el tribunal conocido como el Consistorio, integrado por líderes civiles y religiosos, se encargó de perseguir lo que consideraban desviaciones morales.

Según JSTOR Daily, cantar pasó a ser uno de los principales objetos de vigilancia por la difusión de canciones con letras sexuales, insinuaciones o conexiones con el baile, y este último fue prohibido por las autoridades calvinistas al considerarlo vía hacia la fornicación.

Calvin valoraba la música como una forma poderosa de oración colectiva, pero advertía que la melodía podía influir negativamente en los corazones, comparándola con un veneno que se filtra por un embudo.

La musicóloga Melinda Latour, citada por JSTOR Daily, sostiene que para Calvin era esencial regular los efectos sociales de la música.

Cantar como símbolo de resistencia y disciplina colectiva

Las canciones populares solían asociarse con comportamientos que las autoridades condenaban, como el consumo de alcohol, el juego y la prostitución. Entre los casos registrados por el Consistorio figuran un caballero que cantó con su criado en carnaval, siete aprendices que lo hicieron juntos en la calle y varias personas que entonaron melodías durante su trabajo.

En numerosos juicios los acusados se defendieron argumentando que interpretaban canciones permitidas, un repertorio que, según Latour, incluía cantos religiosos, piezas patrióticas y marchas cuya legitimidad no se cuestionaba.

El tribunal mostraba poca tolerancia cuando consideraba que el canto podía inducir a acciones más graves, como el adulterio o las relaciones extramatrimoniales.

La preocupación de las autoridades no se limitaba al contenido de las letras: también les inquietaba el contexto y la actitud asociada al acto de cantar. El jurista contemporáneo Lambert Daneau sostenía que las canciones interpretadas en los bailes estaban impregnadas de impureza y fomentaban la transgresión.

Taberneros y taberneras fueron frecuentemente acusados. El Consistorio les imputó permitir en sus locales la combinación de canciones prohibidas, juegos de azar y comportamientos sexuales considerados ilícitos.

Latour indica que, aunque el adulterio se consideraba un delito mucho más grave que el canto indecoroso, era la música la que facilitaba la observación pública y la denuncia.

Las autoridades aplicaron la misma lógica en otros ámbitos: emitieron proclamas para recordar la prohibición de cantar y aumentaron las penas para quienes persistieran. Aun así, la práctica estaba tan arraigada que su erradicación resultó un desafío constante para el Consistorio.

La persecución del canto reflejó el esfuerzo por construir una ciudadanía disciplinada según los ideales calvinistas. Para los reformadores, la disciplina funcionaba como un método esencial de cohesión social, en contraste con otras corrientes protestantes como el luteranismo.

Las crónicas de la época muestran la tensión permanente entre la vida cotidiana de los habitantes y las exigencias morales de los reformadores.

La imposición de códigos estrictos provocó conflictos y denuncias, pero no logró eliminar la costumbre popular de cantar, que sobrevivió como una forma modesta de resistencia cultural.

Según la investigación de Latour, las reiteradas advertencias del Consistorio apenas moderaron, pero no suprimieron, la presencia de canciones en la vida diaria. A pesar de las restricciones, la música siguió desempeñando un papel central en la expresión individual y colectiva.

Hoy ese episodio recuerda cómo la regulación del arte y de la vida privada formó parte de experimentos sociales más amplios, con efectos complejos sobre la identidad y la convivencia comunitaria.

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