La discusión entre economistas no se centra en si la economía argentina crecerá el próximo año, sino en cuánto lo hará: las proyecciones van desde un escenario más conservador de alrededor del 2,5–3% hasta estimaciones optimistas que alcanzan el 5%.
Una incógnita clave es cuánto de ese crecimiento llegará a la población. En 2025 la economía creció cerca del 4,5%, pero el empleo formal se contrajo y los salarios reales prácticamente no mejoraron frente a la inflación. Un propietario de una cadena de sushi en Buenos Aires dijo haber registrado una caída del 30% en la afluencia de clientes en 2025. Los problemas de ingresos afectaron especialmente a sectores ligados a la clase media y media alta.
Pese a las dificultades, el apoyo electoral a Javier Milei en octubre fue notable; se destacó la reducción de la inflación, la mayor estabilidad cambiaria y el respaldo internacional, entre otros factores.
Altas expectativas
Las expectativas de los hogares son elevadas, aunque la experiencia reciente es contradictoria. Un informe de Mariel Fornoni indicó que el 82% de las personas modificó sus hábitos de consumo; el 46,5% se declara en peor situación que el año anterior y siete de cada diez no planean vacaciones por falta de dinero. Aun así, casi la mitad de los consultados espera una mejora económica en el futuro.
Los analistas anticipan una recuperación heterogénea: algunos sectores crecerían con fuerza mientras otros se mantendrían estancados o seguirían en retroceso.
La evolución en forma de “K” implica que ciertos segmentos se expandan notablemente, mientras que otros quedan rezagados o en caída.
Los sectores con mayor dinamismo esperado son el agro, la minería y la energía; serán los principales generadores de divisas y atraerán inversión, aunque su capacidad para crear empleo es limitada.
La industria manufacturera enfrenta dificultades por la apertura comercial, la reducción de márgenes y costos rígidos. Empresarios que combinaron producción local e importaciones podrían inclinarse más hacia la segunda opción.
El consumo masivo no mostraría una recuperación sostenida mientras los ingresos familiares no repunten. La normalización del crédito podría impulsar la demanda en 2026, pero sería gradual, dado que los bancos mantienen posiciones de liquidez ajustadas tras el proceso de dolarización preelectoral y el aumento de la morosidad.
En consecuencia, la ausencia de recuperación de los ingresos dificulta una reactivación del consumo masivo.
En Estados Unidos también se habla de una recuperación en forma de “K”, aunque por razones distintas: el crecimiento allí se concentra en tecnología e inteligencia artificial, mientras que sectores más vinculados a la industria y al mercado interno permanecen rezagados.
Traspié legislativo, ¿riesgo político?
El tropiezo del Gobierno con la aprobación del Presupuesto en la Cámara de Diputados volvió a poner en primer plano el riesgo político, aunque la tensión es menor que en el período previo a las elecciones.
Diputados libertarios señalaron que el texto tal como quedó aprobado no sería aceptado por Milei y adelantaron que probablemente se introducirán modificaciones en el Senado.
La inclusión de la derogación de las leyes de discapacidad y de financiamiento educativo en el último momento fue considerada un error político; no hubo claridad sobre quién tomó esa decisión, aunque las sospechas apuntaron al Ministerio de Economía.
Existe la duda sobre si el Gobierno podría sufrir un traspié parecido al de Macri en 2018, pocos meses después de una gran victoria legislativa. Si bien no puede descartarse, la situación macro es distinta: hoy el país exhibe superávit fiscal frente al déficit de entonces y no registra el mismo grado de endeudamiento externo que caracterizó ese episodio.
Debilidad e incógnita
La principal vulnerabilidad del Gobierno es la posición frágil de reservas internacionales. Por eso, el ministro Luis “Toto” Caputo anunció un programa para acumular reservas en 2026 con un piso de USD 10.000 millones.
Consultoras advierten que, aunque el ajuste de bandas cambiarias fue necesario, habrá que evaluar si alcanza para garantizar una oferta de dólares suficiente para cubrir las necesidades de 2026 y para recomponer el activo del Banco Central.
Un riesgo clave es el atesoramiento privado: si la demanda de dólares para ahorro promedia alrededor de USD 2.000 millones mensuales —una cifra plausible con el tipo de cambio real actual—, las necesidades de financiamiento, sumadas al objetivo de acumular USD 10.000 millones, podrían superar los USD 50.000 millones según algunas proyecciones.
Tranquilizar la demanda
Para poder acumular reservas como pretende el Gobierno, es esencial que se reduce la demanda de dólares para atesoramiento. Noviembre mostró una mejora: las compras para ahorro bajaron a alrededor de USD 200 millones, frente a un pico de USD 4.600 millones en septiembre.
Los meses próximos podrían presentar desafíos cambiarios por el aumento estacional de la demanda de pesos para el medio aguinaldo y los gastos de fin de año. En el primer bimestre suele crecer la demanda de dólares por vacaciones y también podría repuntar la demanda para atesorar.
La apuesta gubernamental es recuperar el acceso a los mercados internacionales a principios de 2026: con un riesgo país cercano a 500 puntos básicos estaría en condiciones de financiarse cerca del 9% anual en dólares, aunque el objetivo es lograr tasas en torno al 8–8,5%.


