19 de enero de 2026
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De aprendiz a dueño de su fábrica

Tener un oficio desde la infancia —por herencia familiar, necesidad o gusto— no siempre garantiza poder dedicarse a él de forma permanente. Lograr objetivos exige visión, tiempo, inversión y, sobre todo, mucha determinación. Esta es la historia de Jorge Eduardo “Gino” Alasina.

Nacido en González Catán, en la provincia de Buenos Aires, Gino es un pastero autodidacta: aprendió a hacer pastas a los 10 años. Tras pasar por distintos empleos, hace siete años fundó una pequeña fábrica. Tiene clientes en varios barrios de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y del conurbano, y también argentinos que residen en Inglaterra, Holanda y Australia y que traen sus productos cuando visitan el país.

La trayectoria de Gino es de superación: abandonó estudios, trabajó en distintos puestos para mantener a su familia, se mudó con expectativas laborales que no se cumplieron, apostó por su emprendimiento, atravesó un divorcio y volvió a empezar.

Jorge Eduardo “Gino” Alasina contó a Vía País cómo llegó a crear su propia fábrica de pastas, un espacio elegido por argentinos en el exterior que quieren llevar sus productos tradicionales.

De aprender el oficio de chico a atravesar dificultades y consolidar un emprendimiento

– ¿Cómo y cuándo comenzaste en las pastas?

– En 2005 me fui a vivir a Tres Arroyos por una cuestión laboral. Me llevaron con ciertas condiciones que no cumplieron y me encontré en la necesidad de generar ingresos por mi cuenta. Empecé a hacer pastas en la casa donde alquilaba.

Así surgieron los primeros clientes, que eran conocidos y amigos de ese lugar. Con el tiempo abrí un negocio en planta baja y adapté máquinas viejas para producir; buscaba una forma de semiautomatizar la producción y, como sé de mecánica, pude reformar equipos para servir a lo que necesitaba.

– ¿Por qué pastas? ¿Tenías conocimiento previo?

– Es algo de familia. Mi padre me enseñó desde chico. Conocemos todo el oficio: control de calidad, manejo de proveedores y de personal. Somos de la vieja escuela y eso nos dio una base sólida.

– Cuando vivías en Tres Arroyos, ¿qué productos hacías al principio?

– Tenía una máquina grande para cortar fideos y con ella empecé a producir fideos y ravioles. Estiraba la masa y fui perfeccionando el relleno de los ravioles con la práctica.

– ¿En qué momento decidiste que podías vivir de esto?

– Mientras trabajaba en la empresa que me había llevado, durante cinco años, desarrollé el emprendimiento. La gente nos compraba: restaurantes, supermercados. Era levantarme a las seis de la mañana, ir al trabajo y, al volver a las tres de la tarde, ponerme en el negocio hasta la medianoche.

– ¿Y cómo fue el traslado a Buenos Aires?

– En 2009 hubo cortes de rutas que impidieron el paso de camiones y estuve un mes sin materia prima. En ese momento decidí mudarme a Buenos Aires. Encontré un local en Caseros, traje las máquinas y abrí. Más adelante me separé y le dejé la fábrica a mi ex pareja.

Después trabajé en una fábrica de pastas en Belgrano como encargado. El dueño sufrió una desgracia familiar y se mudó a Miami; quería vender la fábrica y me la vendió en cuotas, y yo me hice cargo de los empleados.

Desde entonces, Gino tiene su local en Cuba 2389, donde produce pastas frescas y cocidas como ravioles, fideos, fideos rellenos, sorrentinos, lasañas, ñoquis, canelones y otros productos.

En su local recibe clientes de distintos barrios de la ciudad y del conurbano, y también argentinos que viven en Inglaterra, Holanda y Australia y que aprovechan sus viajes para llevar pastas. “No sé cómo hacen, pero se llevan sus buenas pastas en los aviones”, comentó con orgullo.

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