Leí Si lo contás, te mato, de Gustavo Sammartino, de un tirón: conmocionado, molesto y fascinado por la mezcla de morbo y repugnancia que generan relatos sobre el abuso de poder. Pensé en crear una sección titulada “libros incómodos e indispensables”: obras que no queremos leer pero debemos, porque insisten en una memoria que deberíamos conservar. El libro recuerda que la violencia institucional y la impunidad suelen terminar mal.
En una noche porteña, con la ciudad alterada por la política y la casa en silencio, un periodista atiende una llamada insistente: del otro lado está el general Carlos Guillermo Suárez Mason, figura central y temida de la última dictadura militar argentina. Lo que comienza como una interrupción se transforma en una relación prolongada y ambivalente entre el periodista y un responsable del terror de Estado que, incluso al final de su vida pública, no muestra arrepentimiento.
Si lo contás, te mato combina investigación histórica y una exploración íntima de la condición humana. Se apoya en entrevistas con un hombre señalado como ejecutor principal de centros clandestinos y de numerosos crímenes, desde secuestros y torturas hasta la sustracción de bebés. Pero el libro va más allá de la enumeración de delitos y propone analizar la dinámica entre entrevistador y entrevistado en espacios domésticos donde la violencia se relata con la cadencia de una conversación.
Sammartino sitúa esos encuentros en la vida cotidiana —la sala, la cocina, el café— y muestra cómo la normalidad del entorno intensifica la inquietud. La narración transforma la maquinaria del terror en relatos conversacionales que revelan cómo los perpetradores se justifican y relativizan sus acciones.
Suárez Mason aparece no como un personaje mítico sino como alguien que racionaliza la violencia: la presenta como necesaria, la obediencia como virtud y la represión como una guerra. Su discurso emplea una lógica autoritaria que disuelve a las víctimas en abstracciones y desplaza la responsabilidad hacia estructuras o circunstancias.
Sammartino no trata al general como espectáculo, sino como un interlocutor vivo cuyas palabras permiten entender cómo se ven a sí mismos los represores. La asimetría entre quien encarna la violencia y quien escucha atraviesa todo el libro y genera una tensión ética permanente.
El momento central llega cuando el general relata, con ligereza aterradora, su participación en la apropiación de un bebé. El tono —entre la jactancia y la banalidad— revela que la confesión busca afirmar control más que reparar. Ante esa revelación, la neutralidad de la escucha se vuelve insostenible y el periodista responde, provocando la furia del militar y la amenaza que da título al libro: “Si lo contás, te mato”.
El libro también reflexiona sobre la paradoja del método periodístico: Sammartino reconoce su incomodidad y sus dudas por forjar una confianza con alguien responsable de crímenes. Esa incomodidad se vuelve parte del procedimiento investigativo, y la insistencia en documentar y grabar aparece como una forma de subvertir jerarquías y preservar memoria.
Se trata, en buena medida, de un texto sobre la psicología del poder: nostalgia, ira, autocompasión y arrogancia se combinan en el relato del general. Sammartino presta atención a los gestos, las pausas y el ritmo del discurso para mostrar cómo el lenguaje sirve para justificar la atrocidad y cómo la pregunta persistente puede sacar a la luz contradicciones morales.
Lo que distingue a Si lo contás, te mato no es tanto el listado de crímenes —ampliamente documentado— sino la advertencia de que la cercanía a los perpetradores no es neutral. El libro insiste en la exigencia ética de la escucha crítica y en que la memoria se sostiene no solo en archivos institucionales, sino también en los relatos y las confrontaciones personales donde aún habita el miedo.

