10 de febrero de 2026
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Conducir el cambio en la Provincia de Buenos Aires

Hay momentos históricos que hablan por sí mismos. El anuncio del traslado del sable corvo del General San Martín al Museo del Regimiento de Granaderos a Caballo trasciende una discusión administrativa: el arma simboliza liderazgo y fidelidad a una causa.

El sable no es solo un objeto: representa el mando honorable, el liderazgo por el ejemplo y una autoridad que se gana. Acompañó las campañas libertadoras, fue testigo de decisiones que marcaron el destino de América del Sur y es un emblema de nuestra soberanía. Por eso su custodia y significado generan debate: al discutir símbolos se discute también el rumbo de una nación.

En el espacio libertario estamos viviendo un debate relevante, no sobre cargos ni nombres, sino sobre valores.

Las internas existen en todos los espacios políticos, pero hay una gran diferencia entre debatir ideas y disputar poder. Entre construir para la libertad o para intereses personales. En la Provincia de Buenos Aires hay una tensión real sobre qué significa representar ese espíritu libertario, con cuestionamientos sobre estructuras, formas de conducción y métodos políticos.

Argentina atraviesa un momento histórico que surgió del hartazgo de millones frente a décadas de frustración, privilegios y promesas incumplidas. La sociedad decidió que la libertad debía dejar de ser solo un discurso y convertirse en un camino efectivo.

Ese mandato pertenece al pueblo, no a un dirigente. Cuando la sociedad decide cambiar su destino, la dirigencia puede acompañar la transformación o intentar domesticarla.

En la Provincia de Buenos Aires se discute la conducción, la representación y las formas de hacer política dentro de un espacio que nació para romper con la vieja política. No votamos para que la libertad se convierta en un mecanismo cerrado, ni para que la renovación reproduzca prácticas fallidas, ni para que la política gire en torno a nombres o mesas reducidas alejadas de la gente.

No votamos para cambiar solo nombres, sino para cambiar prácticas. Cuando el debate se acerca a la lógica de la vieja política, el riesgo es grande. El votante libertario busca referentes genuinos, coherencia y verdad, no jefes designados, estructuras cerradas o marketing político. Percibe y rechaza la acumulación de poder y las ordenanzas de arriba hacia abajo.

El sable de San Martín nos recuerda que el mando es una responsabilidad: condujo desde el sacrificio y el ejemplo, generó confianza sin exigir obediencia ciega y buscó la libertad para su pueblo, no poder personal.

Ese es el núcleo del pensamiento libertario: no negociar principios ni cambiarlos por conveniencias. No usar la libertad como eslogan, sino como forma de vida. La intención no es reemplazar una casta por otra, sino modificar la lógica del poder en la Argentina.

Mantener esos principios implica decir lo que se piensa, defender convicciones y sostener la bandera de la libertad aun cuando eso signifique ir contra la corriente.

Es necesario volver al origen: a una libertad real, a la política como servicio y a la conducción como ejemplo. La ciudadanía no busca dirigentes perfectos, sino dirigentes genuinos.

Quien conduce debe estar a la altura del momento histórico. Argentina busca recuperar algo más que estabilidad económica: recuperar la dignidad de ser una nación libre. Este proceso incluye tensiones y errores propios de cualquier transformación real, y fue elegido democráticamente.

Debe quedar claro que el Presidente no se debilita cuando hay dirigentes que defienden los valores que posibilitaron el cambio. El proceso no está en riesgo por la firmeza de quienes sostienen convicciones, sino por la reproducción de prácticas que la sociedad votó para terminar.

Cuando la libertad se convierte en un discurso vacío, cuando el poder se transforma en un fin y cuando se intenta disciplinar la política con lógicas que recuerdan al pasado, se traiciona el cambio buscado.

Los libertarios no existen para sustituir una casta por otra; existen para terminar con esa lógica. Y conviene decir con franqueza: no todo lo que se hace en nombre de la libertad la representa.

La libertad exige convicción, transparencia y coraje para sostener lo correcto aunque no convenga, decir la verdad aunque sea incómoda y defender el cambio frente a las presiones que intenten frenar el proceso.

La Argentina del futuro no necesita dirigentes perfectos, sino dirigentes verdaderos: quienes entiendan que el poder se ejerce con responsabilidad frente a la historia y frente a la gente.

San Martín no pidió obediencia; generó confianza. No construyó poder personal, sino libertad para su pueblo. Ese espíritu, elegido por millones de argentinos, debe preservarse: el liderazgo se demuestra y la libertad se defiende en cada decisión, cada día, aun cuando signifique optar por lo correcto antes que por lo cómodo.

Que viva la libertad.

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