Weser, la nueva película de Fernando Spiner (1958), se rodó durante la pandemia en una Villa Gesell casi desierta. El film retoma inquietudes de La boya (2018), un ensayo documental sobre la amistad entre Spiner y el poeta y periodista Aníbal Zaldívar, y alude a la boya como marca orientadora del mar. Weser toma también su nombre de un barco —el que trajo al bisabuelo de Spiner desde Ucrania en la década de 1880— y explora vínculos personales, migración y memoria.
En ambas películas aparece la voz en yidis de Sergio Lerer y la intervención de Daniel Fanego; en Weser Fanego encarna a Spiner, quien enfermó de covid durante el rodaje en Villa Gesell. Fanego, que participa leyendo y actuando, falleció en septiembre de 2024 poco después de concluir su trabajo. En la película, el personaje mantiene comunicación con Vero (Valeria Lois), quien vive en Francia; a través de audios y videos el protagonista le muestra la Villa que ella dejó y le devuelve así parte de un pasado interrumpido.
Weser es un collage que mezcla realidad y ficción: aparecen artistas y vecinos de Gesell junto a actores que interpretan personajes locales; se alternan viajes a la boya, encuentros poéticos por chat y relatos personales que emergen en recursos como las videollamadas. La película se proyecta los sábados en el Malba, donde continúa la circulación iniciada por La boya, apoyada por la emoción del público y el boca a boca.
Para conversar sobre Weser y el proyecto que integra, entrevisté a Spiner —que estaba en Uruguay por el Festival de Cine de Punta del Este— mediante audios, en un intercambio que reprisa en cierta medida la dinámica de la película. Le pregunté, entre otras cosas, por su vínculo con Villa Gesell; esto contó.
Spiner recordó que sus padres veraneaban en Villa Gesell desde 1950 y que él fue a la playa desde muy pequeño. La familia trasladó la farmacia a la avenida Buenos Aires de Villa Gesell cuando él tenía once años; allí pasó buena parte de su adolescencia. Más tarde se fue a vivir a Italia (principios de los 80), donde estudió en el Centro Experimental de Cine y trabajó en distintos roles dentro de la producción cinematográfica.
En sus últimos trabajos, Spiner ha situado al espectador frente al mar y la experiencia de cruzarlo; en Weser ese viaje adquiere un tono existencial. A continuación se ofrece la transcripción editada de los audios intercambiados, donde se suceden capas de historias y sentidos que forman parte del proyecto de trilogía en el que trabaja el director.
— Contame un poco el origen de La Boya, como para entender mejor Weser.
— La motivación central de La boya fue la experiencia repetida de nadar hasta una boya con mi amigo Aníbal: la sensación corporal, casi mística, de llegar, y la emoción de compartir ese logro. Mi interés por filmarlo surgió de ese deseo de transmitir la experiencia. Otro eje fue la poesía: asistir a las charlas que daba Aníbal me mostró cómo la expresión artística permite trascender. También observé ese proceso en mis padres, especialmente en mi padre cuando dejó la farmacia para dedicarse a la filosofía, la poesía y la pintura. Esas dos motivaciones —la experiencia de la boya y la posibilidad de la trascendencia a través del arte— impulsaron la película.
— ¿Es algo que ya estaba pensado cuando filmaste la primera? Quiero decir, ¿siempre pensaste en un díptico?
— No. Weser surgió después, a partir de las reacciones del público a La boya: proyecciones, charlas, gente que compartía poemas o cantaba al terminar la función. Esas devoluciones multiplicaron el deseo de continuar. Ante la insistencia de Aníbal, propuse seguir y, de modo caprichoso, planteé una trilogía para obligarme a continuar haciendo cine.
Pedir permiso para entrar al mar
— ¿Qué es el mar para vos? ¿Qué sentís cuando entrás?
— El mar es central en mi vida. Paso los veranos en Villa Gesell y mi rutina se organiza alrededor de nadar hasta la boya. Tengo un ritual: antes de entrar pido permiso al mar, abandono preocupaciones y me dejo llevar. Sigo teniendo miedos —a toninas, lobos marinos o a la aparición de orcas, que vi en mi infancia— y llevo un flotador de seguridad. Aun así, nadar me genera un estado de asombro, poético y místico; salgo en éxtasis y compartiendo la experiencia con Aníbal celebramos siempre ese privilegio.
— ¿Seguís contando las brazadas hasta llegar a la boya?
— Contar las brazadas me ayuda a orientarme y a calibrar la distancia, funciona como mantra y medida. A veces recurro a un mantra aprendido en meditaciones breves; otras, la respiración y el ritmo de nado son suficientes. Ser consciente del momento ya constituye el viaje.
— Te digo un nombre: Aníbal. Respondeme como quieras.
— Aníbal es la vigencia de una amistad adolescente que sigue proyectándose. Es un amigo sensible, comprensivo y creativo que mantiene vivo ese pasado. Su desarrollo artístico y su capacidad para iluminar la vida compartida son una fuente de inspiración. La amistad también contrapesa la soledad propia del oficio del director, y trabajar con amigos —incluida mi hija en la música— da a los proyectos una dimensión afectiva muy importante.
— Nadan y escriben juntos, por ejemplo.
— La idea de hacer La boya con Aníbal nace de la convivencia cotidiana: nadar, tomar un café, anotar ideas en un bar frente a la playa. Antes habíamos hecho juntos un documental sobre los pioneros de Villa Gesell (2000), una experiencia emotiva que dejó latente la posibilidad de volver a compartir un proyecto artístico.
— En la primera película tu bisabuelo se tira del barco para entrar en Buenos Aires evitando una epidemia; en la segunda la pandemia nos encerró. ¿Es Weser, entonces, una película sobre la soledad y la mortalidad, producto del tiempo entre ambos films?
— Coincido en que hay un lado oscuro en Weser. El título evoca esa otra cara de la boya: Weser, además, era el nombre del barco que trajo a mi bisabuelo. Escribimos la película en pandemia y yo mismo estuve enfermo, de modo que muchos elementos del film provienen de experiencias reales. Con los años uno también mira la muerte más de frente; el proceso buscó la verdad y dejó que las situaciones surgieran para encontrar su lugar en la narración. El montaje, con Alejandro Parysow, fue un trabajo dialéctico para dar forma a lo que íbamos descubriendo.
El último Fanego
— Es muy emocionante ver y escuchar a Daniel Fanego en la película. Fanego actúa de Spiner, contame un poco cómo fue eso.
— Daniel Fanego es una pieza dentro de la película: forma parte de la obra y le aporta una dimensión actoral y vocal muy potente. Habíamos trabajado juntos en proyectos anteriores y él ya había puesto voz a poemas de mi padre en La boya. En Weser quise experimentar con la representación —actores interpretando personajes reales y yo quedándome detrás de la cámara— y Fanego era la elección natural para encarnar mi figura. Su actuación conforma el núcleo ficcional del film.
— ¿Sabías que estaba enfermo cuando empezó a filmar?
— Sí. Fanego me contó que estaba en tratamiento y aun así quiso participar. Le ofrecí la opción de no hacerlo, pero lo que buscaba no era tanto el parecido físico como sumar su universo humano y profesional al proyecto. Cuando la película estuvo terminada, consulté con su familia para asegurarme de que la inclusión del material fuera respetuosa; para ellos fue un homenaje y la película está dedicada a él.
— Luis Ziembrowski es otro de los actores de Weser. Su personaje está todo el tiempo abrazado a la boya, mar adentro. Es un sobreviviente, como tu bisabuelo.
— Con Luis nos conocemos desde jóvenes y habíamos trabajado juntos. Lo invité al proyecto después de verlo nadar en una pileta: pensé que podría sostener la exigencia del mar. Su personaje se inspira en un pescador local, Sergio Ríos, cuya experiencia de caer al agua durante una salida en lancha dialoga con lo que la película propone.
— Dijiste que estabas pensando en un tríptico. ¿Ya tienen pensado arrancar a trabajar en la tercera parte?
— Sí: seguimos nadando hasta la boya y acordamos comenzar a escribir la tercera parte en marzo. No está claro cómo se producirá, pero la intención es mantener el estilo de ensayo cinematográfico que caracteriza a este ciclo, distinto de otras películas más estructuradas que hice antes. Volver a escribir con Aníbal es, para mí, un motivo de entusiasmo.
— Acabás de decir que no sabés cómo van a hacer para producirla. Este presente del cine argentino no parece muy estimulante para filmar.
— Vivimos una situación crítica en diversas áreas del país y en el cine hay ataques que complican la producción. El sistema de financiamiento argentino —que incluye un porcentaje de la entrada y aportes de Enacom— funciona como un fondo para sostener la industria y no es correcto decir que se trata simplemente de uso discrecional de recursos estatales. Los proyectos se evalúan por comisiones de pares, requieren avales y suelen financiarse parcialmente, obligando a buscar cofinanciación privada. La dinámica es compleja y hoy enfrenta un contexto adverso que recuerda episodios pasados en que el cine fue limitado por razones políticas. Defender la cultura y la legislación que la sostiene me parece fundamental.
……………………………………..
Weser puede verse los sábados de febrero en el Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415) a las 18.
…………………………………….
FICHA TÉCNICA
Título: Weser
Dirección: Fernando Spiner
Producción: Malena Villafañe y Fernando Spiner
Compañía Productora: Boya Films
Producción Ejecutiva: Malena Villafañe
Guión: Aníbal Zaldívar y Fernando Spiner
Dirección de Fotografía y Cámara: Claudio Beiza (ADF)
Montaje: Alejandro Parysow
Música Original: Natalia Spiner
Dirección de Arte: Sandra Iurcovich (AADA)
Diseño de sonido: Sebastián González (ASA) y Mercedes Tennina (ASA)
Año: 2025
Duración: 85 min.
Género: Ficción – Documental
País: Argentina

