La casa de la familia de Simon Mozgovyi en la zona sur de Járkov, a unos cuarenta kilómetros de la frontera con Rusia, permanece en pie pero vacía: sus familiares se refugiaron en Estados Unidos. Mozgovyi, nacido en 1992, estudió dirección de cine en la Academia Estatal de Cultura de Járkov, trabajó en el Teatro DAKH de Kiev entre 2013 y 2018 y estrenó su ópera prima documental, The Winter Garden’s Tale (2018), galardonada en Docudays UA. Hoy forma parte del colectivo Tabor y participa como becario del Sundance Documentary Program.
Cuando Rusia inició la invasión a gran escala en febrero de 2022, Mozgovyi estaba en Kramatorsk como productor de campo para un medio árabe; regresó a Kiev, se integró por un mes al ejército de forma no oficial y pronto volvió a filmar. Parte del material que registró forma Militantropos (2025), codirigida con Yelizaveta Smith y Alina Gorlova, primera entrega de la trilogía The Days I Would Like to Forget. El título es un neologismo que alude a la transformación del ser humano en combatiente durante la guerra.
La película evita los recursos típicos del cine bélico —primeros planos del dolor, cámara lenta o imágenes explícitas— y apuesta por lentes largos, distancia y composiciones medidas. Según Mozgovyi, ese estilo emergió de manera orgánica entre los realizadores del proyecto y busca ofrecer una experiencia inmersiva distinta a la información periodística.
Tras más de cuatro años de conflicto, Mozgovyi presentó Militantropos en el BAFICI de Buenos Aires. En su paso por la ciudad habló sobre el trabajo en colectivo, el impacto de la guerra en la percepción del tiempo —“es como si te hubieran cortado del futuro”— y la transformación interna que, según él, deja secuelas permanentes. También contó detalles personales: la nostalgia por la alegría cotidiana que echa de menos en tiempos de guerra.
Al describir el estado de Járkov, explica que la ciudad sufrió una fuerte pérdida poblacional desde 2022: pasó de alrededor de 2,7 millones de habitantes a cerca de 400.000 en el momento más crítico y ahora ronda aproximadamente 1,3 millones con la llegada de desplazados del este. La invasión, dice, impuso un presente sostenido en el que planes de vida y recuerdos cambian y muchas cosas quedan congeladas, como su casa familiar vacía y polvorienta.
La primera imagen que filmó tras el estallido del conflicto fue durante un entrenamiento militar con armas antitanque y misiles. Cuenta que durante meses filmó como camarógrafo, sin poder procesar las imágenes desde la perspectiva de un director, y que la cámara sirvió también para sostener su identidad en medio del caos.
Militantropos plantea un enfoque antropológico de la guerra: el término reúne las raíces que remiten al soldado y al ser humano para señalar la transformación impuesta por la cercanía de la muerte. Mozgovyi afirma que ese cambio es profundo, que no puede controlarse y que dificulta volver a una vida ordinaria.
Sobre la decisión estética del film, explica que no fue un cálculo sino un resultado natural del trabajo conjunto de seis realizadores con larga trayectoria en temas bélicos. Buscaban profundizar en las causas y efectos de la guerra más que reproducir imágenes explícitas que hoy saturan y anestesian al público; prefirieron una mirada que entre en las personas y las situaciones desde otras perspectivas.
La dirección compartida con Smith y Gorlova funcionó por la consonancia de visiones: tener varias miradas aportó fuerza y amplitud a una historia compleja. Además, el apoyo mutuo entre colegas fue clave para sostener el trabajo emocional y técnico en circunstancias extremas.
Con formación en teatro experimental, Mozgovyi observa en escenas cotidianas —un aula en el metro, una boda en un búnker— formas de ritual que ayudan a conservar identidad frente al absurdo y la violencia. Subraya que la guerra no borra la vida cultural: la gente sigue yendo al café, al trabajo y al teatro, y prácticas antiguas o textos clásicos recobran vigencia frente a intentos históricos de anular la identidad ucraniana.
La guerra revela el carácter de las personas: potencia lo peor o lo mejor. Mozgovyi destaca la solidaridad que ha visto, incluso en la protección de animales durante evacuaciones. También admite que la sociedad no estaba preparada para una agresión de esta magnitud y que eso implicó un alto costo.
Respecto a la “fatiga” internacional, reconoce el cansancio dentro del país y la molestia por una empatía superficial desde el exterior. Critica la percepción que reduce a Ucrania a víctimas pasivas y pide un reconocimiento más claro de responsabilidades y amenazas, recordando que la resistencia ucraniana busca proteger no solo su territorio, sino también a Europa ante riesgos futuros.
En relación con la influencia de la propaganda autoritaria, Mozgovyi muestra preocupación por cómo opera en países del sur global y por narrativas que presentan a Ucrania como un apéndice de otras potencias. Señala, además, denuncias sobre deportaciones de niños ucranianos a Rusia y otros lugares como ejemplos de políticas de borrado identitario que pueden encontrar ecos históricos en otras regiones.
Sobre el papel del documental frente a la maquinaria propagandística, afirma que los cineastas intentan documentar y ofrecer relatos que resistan las versiones oficiales. Cree que archivos y testimonios como los de Militantropos pueden servir en el futuro para comprender antropológicamente lo que ocurrió y contribuir a construir un futuro distinto.
Finalmente, al hablar de lo que más extraña después de años de conflicto, Mozgovyi menciona la “alegría pura”: la incapacidad del estrés postraumático para recuperar plenamente las emociones positivas y el deseo simple de poder sentirse feliz. Relata una experiencia en Buenos Aires, donde ver a gente bailando y cantando en un bingo musical le resultó inspirador y reforzó cuánto echa de menos esos momentos de alegría cotidiana.

