15 de enero de 2026
Buenos Aires, 23 C

Por qué Enrique VIII fue enterrado en una tumba modesta pese a planear un mausoleo

Enrique VIII, rey que marcó profundamente la monarquía Tudor y la historia inglesa, está enterrado bajo una lápida discreta en la Capilla de San Jorge del Castillo de Windsor. El contraste entre la magnitud de su reinado y la sencillez de su tumba ha llamado la atención de historiadores y visitantes: su ambición de un monumento grandioso quedó sin cumplirse por motivos familiares, políticos y económicos.

El monarca proyectó un mausoleo espectacular para afirmar su legitimidad y su papel como cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Historiadores como Kate Williams han señalado que Enrique VIII deseaba una tumba monumental en la Capilla de San Jorge.

El diseño previsto incluía una gran efigie de bronce, columnas, figuras angélicas y santos, todo enmarcado en una capilla de mármol negro. Más que un simple sepulcro, quería un símbolo duradero de autoridad; sin embargo, no completó la obra y confió en que sus sucesores la terminarían.

Al morir en 1547, el mausoleo quedó inconcluso y su coste resultó prohibitivo para los herederos, que ya afrontaban otras prioridades. Su hijo Eduardo VI, entonces menor de edad, gobernó bajo consejeros que optaron por recortar gastos y eliminar símbolos religiosos de inspiración católica.

La reina María I tampoco retomó el proyecto: las tensiones personales derivadas de la anulación del matrimonio real y su propia agenda política redujeron el interés por perpetuar el monumento. Isabel I, heredando problemas financieros, estimó que el gasto no compensaba políticamente y decidió no retomarlo.

Durante el siglo XVII los restos del proyecto fueron afectados por acontecimientos posteriores. La Guerra Civil inglesa y el impulso iconoclasta de las fuerzas parlamentarias llevaron a la confiscación de elementos del mausoleo y a su destrucción parcial.

En concreto, la efigie de bronce encargada por Enrique VIII fue fundida por las tropas parlamentarias en el contexto de la represión de emblemas monárquicos y de lo que consideraban prácticas “idolátricas”, afectando a este y a otros monumentos reales.

El destino del sepulcro principal también fue notable: el sarcófago de mármol negro, inicialmente destinado al cardenal Wolsey y luego reclamado por Enrique VIII, fue trasladado desde Windsor hasta la Catedral de San Pablo, donde hoy sirve de enterramiento a Horatio Nelson, héroe de Trafalgar de 1805. Es un ejemplo destacado de reutilización funeraria en la historia británica.

No fue hasta la década de 1830, durante el reinado de Guillermo IV, cuando se colocó una señalización formal en el lugar de enterramiento de Enrique VIII. Según las fuentes, Guillermo IV decidió conmemorar la presencia del rey con una losa conmemorativa.

La lápida sencilla instalada entonces sigue en la capilla y sustituye la intención original de un monumento espléndido; el proyecto ambicioso quedó reducido a una losa modesta, menos ostentosa que muchos memoriales de la corte.

La historia de la tumba de Enrique VIII muestra cómo las aspiraciones de perdurar en la memoria pueden verse superadas por las circunstancias de la sucesión, las disputas familiares y los cambios económicos y religiosos. Su deseo de grandeza se vio, al final, atenuado por realidades históricas que limitaron su legado material.

Artículo anterior

De Maradona a la gloria en Tanzania

Artículo siguiente

Comunidad venezolana en Córdoba celebra captura de Nicolás Maduro

Continuar leyendo

Últimas noticias