Lo alcanzamos poco antes de que emprendiera el regreso a su segunda patria, Madagascar, la isla frente a África. El sacerdote argentino Pedro Opeka, de 77 años, es el fundador de Akamasoa —“los buenos amigos” en malgache—: una obra que transformó un basural en una ciudad para personas en situación de extrema pobreza. Conversamos con él para Infobae sobre su reciente visita a Argentina y su trabajo en Madagascar.
—Padre, ¿qué hizo durante el mes y medio que estuvo en Argentina (del 11/10 al 9/12)?
—Fui invitado a muchas parroquias y colegios y la recepción fue mucho más cálida de lo que esperaba. En el colegio Emaús, en El Palomar, los chicos me recibieron con gran alegría, incluso los niños de jardín. El intendente me declaró ciudadano de honor de Morón. En el Colegio María Reina, en Lanús, conversé con 1.800 alumnos; muchos me abrazaron. En la iglesia de la Medalla Milagrosa en la Ciudad de Buenos Aires la misa estaba llena: vi un amor profundo por la Virgen. También pasé por la basílica San José de Flores, donde hubo una gran multitud. He visitado muchos países, pero la expresividad y la alegría del pueblo argentino son singulares; refleja un respeto y una cercanía hacia el otro.
El padre Opeka busca las palabras y a veces necesita recordar vocablos en castellano porque hace más de 50 años que habla malgache en Madagascar, donde dirige Akamasoa: “Aquí me dieron aliento y me dijeron ‘padre, gracias por su obra’. Yo soy simplemente un servidor. Pueden alabarme cuanto quieran; yo sigo a un hombre que me impactó e inspiró desde joven: Jesús. Y eso continúa hasta hoy”.
El padre Opeka pertenece a la orden vicentina, como el cardenal primado de Argentina Vicente Bokalic Iglic. Vino a celebrar sus 50 años de sacerdocio: fue ordenado en la Basílica de Luján y recibió una bendición muy fuerte del arzobispo de Mercedes-Luján, monseñor Jorge Eduardo Scheinig. En Lanús también estuvieron varios obispos y el cardenal Bokalic, entre otros.
De fiesta en fiesta
—Viví un mes y medio de fiesta espiritual: fraternidad, esperanza y fe. Mucha gente me pidió bendiciones en la calle; eso muestra que la fe está arraigada en el pueblo argentino —dijo el padre Opeka con entusiasmo—. Ojalá no lo olvidemos, porque la fe en Jesús ha sido clave para la formación de América Latina. También veo esperanza: hay jóvenes y adultos comprometidos con la iglesia.”
Conmovido por el cariño recibido, Opeka destacó que la fe cristiana fomenta la justicia y la fraternidad y funciona como un freno ante el materialismo y el individualismo. Recordó que muchos, al jurar sobre los Evangelios, se comprometen a servir a su pueblo y que ese compromiso no debe olvidarse.
De Santiago del Estero a La Matanza
—Cuando vino en 2018 dijo: “Los curas villeros son la honra de la Iglesia argentina”. ¿Cómo vivió su paso por Santiago del Estero y qué le quedó?
—Guardé un recuerdo imborrable. Nos recibió el cardenal, hubo un asado con líderes locales y sacerdotes comprometidos. Visitamos el trabajo del padre Pepe Di Paola, fundador del Hogar de Cristo en La Banda y una granja para la recuperación de adicciones. Me impresionó la voluntad de cambio de los jóvenes allí: muchos llevan el rosario en el pecho y luchan por superar sus dificultades.
“No retrocedan en su lucha contra las drogas”
—También estuve en La Matanza con el padre Tano Angelotti y el obispo de San Justo, Eduardo García. Celebramos misa con alrededor de 200 jóvenes en un Hogar de Cristo y la respuesta fue impresionante: cantaban y participaban como en una cancha de fútbol. Les hablé como les hablo a los que rescatamos en Madagascar, para animarlos a salir de las adicciones. Les dije que están haciendo historia para Argentina y América Latina y les pedí que no retrocedan en esa lucha. Agradezco a los sacerdotes que trabajan en más de 300 Hogares de Cristo; su labor es una honra para la Iglesia y yo rezaré por ellos en Madagascar”, contó, emocionado.
Rugby sanador, obispos y torta
Visitó el penal de San Martín y conoció “Los Espartanos”, una iniciativa deportiva inspirada por Eduardo “Coco” Oderigo que usa el rugby como herramienta de rehabilitación. “Estoy seguro de que esos jóvenes, gracias a este trabajo, serán otras personas”, afirmó.
En noviembre participó de la segunda asamblea plenaria de los obispos argentinos en Pilar, en el predio “El Cenáculo – La Montonera”. Compartió un almuerzo con los obispos, dio testimonio sobre su trabajo en Madagascar por invitación de los cardenales Bokalic y Ángel Rossi, y recibió numerosos abrazos y palabras de aliento. Incluso le ofrecieron una torta por sus 50 años de sacerdocio.
También fue recibido por el arzobispo metropolitano de Buenos Aires, Jorge Ignacio García Cuerva, a quien describió como un hombre de diálogo con un estilo cercano al pueblo.
“Para este pueblo yo no estoy apurado”
En la entrevista el padre Opeka volvió una y otra vez al fervor y la alegría de la gente. “Al terminar las misas sabía que vendrían las bendiciones y los abrazos… para este pueblo yo no estoy apurado”, dijo. Señaló que esas expresiones de cariño lo fortalecen en la fe, la esperanza y el amor.
Para los pobres: menos burocracia y más acción concreta
—¿Cómo sigue su obra en Madagascar?
—La obra continúa y crece: cada vez hay más gente y más jóvenes involucrados, aunque la pobreza también aumenta. Salí de Madagascar el 10 de octubre rumbo a Argentina y el 11 de octubre se produjo un golpe de Estado. Regresaré a encontrar otra situación política. Es necesario rezar para que los nuevos gobernantes respondan a las necesidades básicas: agua, electricidad y lucha contra la corrupción.
La ayuda a los pobres suele ser lenta por la burocracia. Los procedimientos no pueden convertirse en más importantes que el objetivo: alimentar a los que tienen hambre, atender a los enfermos, dar techo a los sin vivienda, educar a los jóvenes y garantizar maternidades dignas. Prefiero acortar caminos: si alguien me pide ayuda en la calle, no le digo que vuelva otro día; actúo inmediatamente pidiendo a mi equipo que se ocupe. Esa inmediatez y cercanía es la base de la convivencia y de la justicia social. No hay paz sin justicia ni sin una distribución más equitativa de la riqueza.
En Madagascar el 80% de la población carece de lo básico para sobrevivir. No hay soluciones mágicas: quien asume el poder debe saber que su prioridad son los más pobres y los enfermos, no los más ricos. Akamasoa nació transformando un basural en un lugar de convivencia y respeto.
Akamasoa Argentina
—La visita a Akamasoa Argentina, en Lima (partido de Zárate), fue muy emotiva. Me recibieron niños, familias y colaboradores como Gastón Vigo y Candelaria. Celebramos misa con varios sacerdotes y enfatizamos que el trabajo social debe integrar cuerpo y espíritu: atender lo material y lo espiritual para evitar vacíos. También visité el Sindicato de Seguros y encontré un rosario que el Papa Francisco les había entregado; allí se defiende la justicia para los trabajadores. Hay mucha fraternidad y gente nueva que aporta un espíritu y una fuerza más cercana al pueblo. Hacer justicia es responsabilidad de todos: gobierno, Iglesia, sindicatos y organizaciones humanitarias; nadie tiene el monopolio de la caridad”, explicó.
—Desde su postura idealista pero con los pies en la tierra, ¿cómo ve el mundo?
—Hemos perdido el sentido de la fraternidad y del compartir. La riqueza producida en las últimas décadas no se redistribuye equitativamente: pocos se benefician mientras muchos quedan relegados. Hoy hay cientos de millones que sufren hambre o malnutrición. No es aceptable lucrar con alimentos o medicamentos; se debe ganar lo necesario para sostener el trabajo, no acumular ganancias a costa del hambre. La encíclica Laudato si’ del Papa Francisco es un manual que debería leerse en todas las escuelas: vivimos en una única casa común y la estamos dañando. Faltan líderes políticos que prioricen un liderazgo humanitario global; en cambio prevalecen la competencia y la búsqueda de poder. Hay que poner al ser humano en el centro de la economía. En Akamasoa nadie se queda sin alimento, vivienda digna o atención médica; pedimos disciplina, trabajo, educación y, después, fe. Los domingos hay más de 10.000 personas en la misa.
—¿Desea dejar un mensaje para los argentinos?
—Argentina tiene mucha inteligencia, preparación y una fe expresada con gran cariño y espontaneidad. Que sigan fortaleciendo esas cualidades y sean ejemplo en el mundo. No hay extranjeros: somos ciudadanos de la Tierra, libres e iguales. Quisiera que Argentina luche contra la corrupción y la pobreza extrema, que cada familia tenga vivienda digna, agua potable y trabajo. También que se enfrenten las adicciones y que se cuide a la juventud, que es la esperanza del mañana. El mañana comienza hoy.
A su regreso a Madagascar, a mediados de diciembre, el padre Pedro encontró un país convulsionado por un golpe de Estado impulsado por militares y apoyado por sectores que protestaban desde hacía meses. A pesar de la crisis, su compromiso con la paz, el trabajo, la justicia y el Evangelio continúa: el padre Pedro Opeka y su obra Akamasoa siguen adelante.
Algunos textuales del padre Opeka
“Si yo pude ser fraterno en Madagascar fue porque lo aprendí en mi Argentina”. “El Evangelio es liberador de falsos ídolos como la fama, el poder, el dinero, las economías, las políticas”. “Cuando vengo a Argentina los domingos voy a dos ‘misas’: una en la parroquia y otra en la cancha de fútbol, no importa la camiseta. Este año fui a los estadios de Racing y de Boca para ver el clásico contra River; antes era de Independiente, ahora soy del seleccionado argentino”. “Hoy 40.000 personas forman parte de Akamasoa-Madagascar y más de la mitad (21.525) son alumnos de nuestros colegios. 21.525 oportunidades”.


