En una economía tan volátil como la argentina, con variaciones en la inflación y el valor del dólar, ahorrar se vuelve un desafío constante. Además, existen muchas personas que no logran ahorrar porque compran de forma impulsiva; la psicología ofrece explicaciones sobre estos comportamientos y ayuda a entender por qué algunas personas se vuelven “adictas a las compras”.
El gasto compulsivo y la incapacidad para ahorrar afectan a miles de personas, independientemente de sus ingresos. Lejos de ser solo una falta de planificación financiera, este fenómeno implica una relación emocional con el consumo y el dinero, donde comprar ofrece una gratificación inmediata y alivio frente al malestar.
La tendencia a gastar sin control, aun en contextos de incertidumbre económica, responde a mecanismos psicológicos profundos. Las compras impulsivas suelen funcionar como una vía de escape ante el estrés, la ansiedad o el aburrimiento: producen un bienestar temporal que rápidamente puede convertirse en culpa o preocupación.
La relación emocional con el consumo y el gasto impulsivo
Comprar activa el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina y generando una sensación de placer inmediato. Este “gasto emocional” dificulta posponer la gratificación y planificar a largo plazo. En cambio, ahorrar requiere paciencia, autocontrol y la capacidad de proyectarse al futuro, habilidades que no siempre están igualmente desarrolladas en todas las personas.
Factores emocionales y creencias inconscientes condicionan cómo cada persona maneja su dinero. Quienes crecieron en entornos de inestabilidad pueden creer que es mejor gastar pronto porque el dinero puede desaparecer; otras ideas, como “el dinero está para disfrutarse”, refuerzan el impulso de consumir y obstaculizan el ahorro. La ausencia de control de gastos y de objetivos claros también alimenta el ciclo de compra, frustración y nuevas adquisiciones.
Círculo de consumo, frustración y dificultad para ahorrar
El alivio que brindan las compras compulsivas es breve y suele dar paso a sentimientos de culpa y preocupación por la situación financiera. Para reducir esas emociones, muchas personas vuelven a comprar, instaurando un círculo difícil de romper. Este patrón puede mantenerse aun cuando aumentan los ingresos, porque el problema es la gestión emocional del dinero, no solo la cantidad disponible.
Romper el ciclo exige identificar las emociones que anteceden a las compras y el valor personal que se asigna al dinero. Detectar los momentos de mayor vulnerabilidad y fijar objetivos de ahorro pequeños y alcanzables son pasos prácticos para cambiar el comportamiento. En casos más complejos, el acompañamiento de un profesional de la salud mental puede ayudar a construir una relación más equilibrada y saludable con el consumo.


