3 de marzo de 2026
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Arsenal iraní para saturar las defensas de Occidente

En las últimas semanas, la intensificación del conflicto en Medio Oriente ha puesto de manifiesto cómo el arsenal iraní está alterando el equilibrio militar regional. Irán ha desarrollado una estrategia basada en la saturación, centrada en la producción masiva de armas relativamente económicas para aprovechar la diferencia entre el coste del ataque y el de la defensa.

El Shahed 136 ilustra bien este enfoque. Es un dron kamikaze fabricable en grandes cantidades con motores y sistemas de guiado comerciales, cuyo precio unitario ronda los 20 y 30 mil dólares. Irán ha suministrado decenas de miles de estos aparatos a Rusia, que también los fabrica ahora domestically. El efecto estratégico reside en la relación coste-eficacia: cada Shahed derribado obliga al defensor a emplear interceptores mucho más caros —al menos un millón de dólares por misil interceptor, y hasta seis millones si se usa un sistema Patriot—.

Esta lógica de saturación desgasta los recursos defensivos y obliga a usar los sistemas más costosos frente a amenazas de bajo precio relativo. Países como Catar han alertado sobre la escasez de misiles antiaéreos, y una red de defensa avanzada puede verse rápidamente abrumada si los ataques se mantienen en el tiempo.

Además de los drones, los misiles balísticos son un componente central de la doctrina iraní. Estos misiles siguen trayectorias parabólicas que alcanzan la exoesfera y reentran a velocidades muy altas, lo que complica su intercepción. Su precisión varía según el modelo —entre aproximadamente 100 y 500 metros de radio—, lo que los hace útiles tanto contra objetivos militares como contra infraestructuras críticas. El despliegue masivo es clave: se lanzan múltiples proyectiles con la expectativa de que solo una fracción supere las defensas.

Los misiles de crucero y antibuque, por su parte, vuelan a baja altura y a velocidad subsónica para reducir su detección por radar. La combinación de diferentes perfiles de vuelo y velocidades obliga a los sistemas defensivos a priorizar amenazas en tiempo real: mientras la atención se centra en los balísticos, drones y cruceros pueden buscar otros vectores de penetración.

Otra ventaja estratégica es la descentralización de producción y despliegue. Los lanzadores móviles —camiones capaces de transportar y disparar varios drones o misiles— se diseminan por el territorio, dificultando ataques preventivos. La fabricación de drones es lo suficientemente simple como para realizarse en talleres pequeños o garajes con piezas disponibles en el mercado global, lo que complica la efectividad de embargos o campañas de destrucción selectiva.

La capacidad de Irán para sostener operaciones pese a presiones militares es notable. Aunque se produzcan bajas en la cadena de mando o ataques a instalaciones, la dispersión de arsenales y la autonomía de las unidades permiten mantener la capacidad ofensiva. Esta resiliencia es el resultado de décadas de planificación y de experiencia operativa documentada en otros conflictos, como Gaza, Hezbolá y la guerra en Ucrania, escenarios en los que se han probado y exportado equipos iraníes.

La cooperación tecnológica con Rusia añade un elemento de mayor sofisticación: en algunos ataques recientes se han detectado componentes rusos en drones empleados por Irán, lo que indica transferencia de capacidades. Aunque dicha cooperación puede estar limitada por compromisos políticos de Rusia, contribuye a aumentar el potencial ofensivo iraní.

El efecto de este arsenal trasciende lo militar y tiene consecuencias económicas. El control o la amenaza sobre el estrecho de Ormuz constituye una herramienta de presión global: por allí transita cerca de un tercio del petróleo destinado a China y una parte significativa del gas natural licuado. Cualquier riesgo para la navegación incrementa la volatilidad de los mercados y afecta la seguridad energética de regiones como China y Europa.

En conjunto, la estrategia asimétrica iraní cuestiona la ventaja tradicional de la superioridad tecnológica occidental. La saturación mediante sistemas baratos y la capacidad de mantener ataques en varios frentes obligan a replantear el equilibrio de poder en la región. La cuestión central pasa de quién tiene el armamento más avanzado a quién puede sostener la presión y adaptarse con mayor rapidez en un conflicto donde la asimetría y el desgaste son determinantes.

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