4 de febrero de 2026
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Moya, robot con contacto visual e imitación de emociones, saldría a la venta en 2026

El desarrollo de robots humanoides dio un paso relevante con la presentación de Moya, un modelo que destaca por su capacidad para caminar de forma natural, mantener la mirada y reproducir microexpresiones faciales.

Su lanzamiento supone un hito en la búsqueda de máquinas que puedan integrarse en entornos humanos. Podría comercializarse a finales de 2026 y, según las pruebas iniciales, se considera el robot más realista hasta la fecha.

El interés por Moya obedece a los avances en biomimética y diseño robótico. Su habilidad para moverse, gesticular y reaccionar con apariencia natural suscita tanto fascinación como preocupación entre observadores y especialistas. Moya representa uno de los ejemplos más avanzados de humanoides orientados a la interacción emocional.

Cómo son las características de Moya

Moya mide 1,65 metros y pesa 32 kilogramos, dimensiones comparables a las de un adulto promedio. Su superficie está recubierta de silicona suave y ecológica y mantiene una temperatura entre 32 y 36 grados Celsius, lo que contribuye a una sensación táctil similar a la de la piel humana.

La cabeza incorpora 25 actuadores que permiten simular expresiones faciales complejas, y el cuerpo cuenta con 16 articulaciones, alcanzando un 92 % de semejanza en el patrón de marcha.

Entre sus capacidades sobresale el contacto visual sostenido, la posibilidad de sonreír, asentir y manifestar emociones mediante gestos. Periodistas y asistentes al evento describieron la interacción con el robot como sorprendente y en ocasiones inquietante por su realismo.

El “cerebro” de Moya se basa en un modelo de lenguaje avanzado que le permite recordar el contexto de las conversaciones y ajustar sus respuestas según las emociones que detecta en su interlocutor.

Este procesamiento facilita interacciones personalizadas y más memorables que las de los asistentes digitales convencionales.

En cuanto a seguridad y adaptabilidad, el robot incorpora sensores 3D, sistemas anticolisión y materiales elásticos que reducen el impacto físico hasta en un 90 %. Su diseño modular posibilita cambiar el aspecto exterior sin modificar la estructura mecánica, lo que permite adaptarlo a entornos sanitarios, oficinas, comercios o espacios educativos.

La precisión en la marcha, la estabilidad postural y la capacidad de mantener la mirada hacen que Moya sea adecuada para escenarios donde la presencia física y la comprensión emocional aportan valor.

La empresa desarrolladora ha señalado que la ambición va más allá de un robot doméstico: el objetivo es que Moya desempeñe funciones como acompañante emocional, asistente de alto nivel o herramienta en ámbitos donde la interacción humano-robot ofrezca beneficios concretos.

El precio estimado de partida ronda los 1,2 millones de yenes japoneses (aproximadamente 6.500 euros), si bien la disponibilidad y el coste final aún no se han confirmado.

El realismo de Moya ha generado opiniones divididas. Algunos asistentes reconocieron sentirse incómodos ante la semejanza con una persona real, un fenómeno asociado al “valle inquietante”.

Ese debate, que no es nuevo, adquiere mayor relevancia ante la posibilidad de que humanoides como Moya se integren en la vida cotidiana.

Aria: otro polémico ejemplo de robots contra la soledad

La tendencia a desarrollar robots que acompañen y comprendan a las personas no se limita a Moya. En California, el proyecto Aria —otro humanoide con inteligencia artificial— ha reabierto el debate sobre si la tecnología puede cubrir vacíos afectivos.

Aria combina sensores, reconocimiento facial y software avanzado para simular conversaciones y relaciones continuadas, aunque su estética y su historia plantean dudas sobre los límites entre compañía artificial y soledad real.

Diseñada originalmente como compañera emocional, Aria tuvo que distanciarse de su pasado vinculado a muñecas sexuales para centrarse en el bienestar y la asistencia. Aun así, su recepción social sigue marcada por el escepticismo, el alto coste y los estigmas asociados.

El caso de Aria, junto al de Moya, ilustra el reto de conciliar innovación tecnológica, cuestiones éticas y aceptación cultural en la era de los robots sociales.

El lanzamiento de Moya y la evolución de proyectos como Aria evidencian el avance de la inteligencia artificial integrada en cuerpos cada vez más realistas. La cuestión central no es solo tecnológica, sino también social: ¿pueden estas máquinas aportar compañía, empatía y utilidad sin intensificar el aislamiento humano?

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