28 de febrero de 2026
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Kicillof se afirma mientras crecen rebeliones contra Cristina Kirchner

El desembarco de Axel Kicillof al frente del PJ bonaerense se concretó tras un acuerdo de las cúpulas partidarias. La noche del viernes cerró la designación del gobernador como presidente del partido, mientras que durante el sábado se definirán los integrantes del consejo. Verónica Magario, su compañera de fórmula, ocupará la vicepresidencia primera. La distribución de cargos reflejará a los ganadores y perdedores de la negociación interna.

Kicillof aceptó finalmente la presidencia partidaria luego de una decisión inicial en contrario. El cambio de postura se produjo tras la oferta y la presión ejercida por Máximo Kirchner, que resultó determinante para la resolución. La propuesta también garantizó la llegada de Magario a la vicepresidencia.

En el Movimiento Derecho al Futuro (MDF) se optó por una negociación firme en la etapa final para asegurar la mayor cantidad de espacios en el partido. El argumento fue que la mayor parte del peronismo bonaerense —intendentes, movimientos sociales y sindicatos— apoya el liderazgo de Kicillof y reclama mayor representación en cargos estratégicos del PJ.

Para el gobernador supone un paso arriesgado: estará expuesto a distintas interpretaciones sobre el rumbo que pretende darle al partido. El número y la relevancia de los cargos que queden vinculados a su corriente serán claves para la puesta en escena de la renovación de autoridades y para medir su fortaleza frente a adversarios internos.

Kicillof impulsa el fortalecimiento de su liderazgo con un estilo que genera inquietud en algunos intendentes, que reclaman decisiones más rápidas y verticales. Su forma de conducir difiere de la de otros caciques del conurbano, pero hasta ahora ha avanzado de forma sostenida, aunque con ritmos y formas distintas según los actores.

Se observa una polarización creciente: Kicillof avanza terreno en el peronismo bonaerense mientras que la influencia de Cristina Kirchner se reduce, en parte por su condena y detención, que la marginan del circuito político y del electorado. La dirigencia alineada con ella disminuye y los conflictos suelen estar ligados a dudas sobre su liderazgo o, por extensión, al de su hijo.

El cristinismo más duro se encuentra en fase de resistencia en la provincia, mientras que el kicillofismo, aunque con tensiones internas, busca romper con el molde kirchnerista. Independientemente de si Kicillof será candidato presidencial, su movimiento abrió una nueva etapa en el peronismo provincial con proyección nacional y marcó su capacidad para enfrentar a la figura central del espacio en años recientes.

Las críticas a CFK también provienen de distintas provincias: Salta, Jujuy, Córdoba, Entre Ríos, Mendoza, Chubut y San Luis registran tensiones internas en sus PJ locales. Muchos dirigentes del interior reclaman mayor protagonismo en el armado nacional y aguardan definiciones más claras en la interna bonaerense, cuyo desenlace condiciona los movimientos a nivel país.

En su hoja de ruta, Kicillof busca fortalecer un bloque de gobernadores dentro de Unión por la Patria para consolidar un polo de poder más participativo en las decisiones del espacio. Esa estrategia persigue además federalizar su imagen y proyectar al MDF en otras provincias, ampliando su perfil hacia temas de alcance nacional.

Hace tiempo que el peronismo transita un laberinto sin salidas claras. La interna bonaerense se volvió prolongada y no aparecen referentes fuertes que impongan la agenda en la discusión nacional. Un gobernador peronista resumió ese diagnóstico: “Lo de Cristina es un ciclo terminado, pero Kicillof no se anima a ser jefe”, reflejando percepciones que conviven en el interior.

Esa opinión es una de varias que existen dentro del peronismo del interior. La discusión interna se mantiene centrada en la vida del kirchnerismo y, en menor medida, en las corrientes menos kirchneristas del PJ bonaerense. Por ahora no emergen nombres del exterior de la provincia que desplacen el debate hacia otros espacios políticos.

La llegada de Kicillof al PJ bonaerense abrirá debates sobre su posicionamiento en la interna y sobre su vocación presidencial. Consolidar un liderazgo propio y construir un proyecto nacional son claves para aprovechar los beneficios de asumir la presidencia partidaria.

Se podrán contar dos versiones sobre la toma del control del PJ: una que lo vea como un triunfo frente a La Cámpora y otra que lo interprete como una aceptación de las condiciones impuestas por Máximo Kirchner. Ambas narrativas convivirán y, con el tiempo, perderán intensidad, aunque en lo inmediato podrán generar reclamos y deudas políticas ancladas en el pasado.

Tras eso surgirán fricciones sobre el perfil del partido: el sector más cercano a Cristina reclamará priorizar la demanda por su libertad, mientras que el kicillofismo y buena parte de los intendentes preferirán enfocarse en una propuesta hacia adelante, orientada a confrontar las políticas de Milei y a pensar una alternativa opositora para 2027.

La unidad seguirá siendo el argumento central para justificar movimientos internos, aunque a veces se utilice en exceso ante las frustraciones del peronismo bonaerense. Kicillof aceptó el desafío y asumirá la presidencia del PJ, marcando el inicio del año con una señal sobre su rol: cedió ante el pedido de Kirchner y de intendentes del MDF, pero también tomó el control del partido tras seis años como gobernador.

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