28 de febrero de 2026
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Muere Ali Khamenei, ideólogo de asesinatos y líder del poder real en Irán

En Irán, la figura con más poder no es el presidente sino el Líder Supremo; ese equilibrio se ha mantenido décadas gracias a la capacidad de Ali Khamenei para moldear las instituciones del Estado. La Constitución le otorga amplias atribuciones, y durante sus 36 años al frente del país consolidó control sobre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. En medio de crecientes tensiones con Estados Unidos e Israel, fue abatido en un ataque aéreo masivo en el centro de Teherán atribuido a esos países.

Khamenei nació en 1939 en Mashhad, ciudad sagrada donde está la tumba del imán Reza. Proveniente de una familia clerical con raíces que, según la tradición, remontan al cuarto imán chií, creció en un entorno religioso; su padre era de origen azerí. Ese linaje le proporcionó legitimidad dentro del clero chií, donde los varones de la familia frecuentemente ejercían como religiosos.

Ascenso y formación ideológica

Según biógrafos, Khamenei inició su formación religiosa en Mashhad con ayatollahs locales y, brevemente, viajó a Nayaf antes de establecerse en Qom, donde estudió con figuras como el Gran Ayatollah Boroujerdi y el ayatollah Khomeini. Su educación combinó formación teológica con una temprana orientación política.

Desde joven mostró inclinación política: fue influido por movimientos islamistas radicales y se vinculó con figuras opositoras al régimen del Shah. Tras encuentros con Khomeini y su participación en actividades contra el régimen monárquico, sufrió detenciones, prisión y destierros.

La radicalización de parte del clero iraní en las décadas de 1960 y 1970 fue una respuesta a la modernización secular del Shah. Ese sector compartía con corrientes antiimperialistas y tercermundistas rasgos como el antiamericanismo y la oposición a la occidentalización y a Israel, elementos que influyeron en la visión política de Khamenei.

Personalmente, Khamenei combinó una cultura literaria con una visión conservadora y autoritaria: valoraba la tradición y un papel social tradicional para la mujer, contrario a la participación pública e igualitaria. Tras el destierro impuesto en 1977, regresó tras la Revolución de 1979 y ascendió rápidamente en las estructuras del nuevo régimen.

Consolidación del poder absoluto

Elegido presidente en 1981, sobrevivió a un atentado que le causó graves heridas. Tras la muerte de Khomeini en 1989, el Consejo de Expertos lo eligió Líder Supremo, y desde esa posición reestructuró la teocracia iraní para fortalecer su autoridad.

El desarrollo y privilegios otorgados a la Guardia Revolucionaria (Pasdaran) fueron clave para su poder: ese cuerpo adquirió crecientes recursos económicos y autonomía, y actuó decisivamente para reprimir protestas y movimientos de oposición en distintos momentos desde 1999 hasta la década de 2010.

También contó con fundaciones religiosas y entidades patrimoniales, como Astan Qods Razavi, que administran grandes activos e ingresos. Esos recursos financieros, independientes del Ejecutivo, le permitieron financiar políticas regionales y fortalecer su influencia sin rendir cuentas al gobierno electo.

Estrategias de control y represión interna

El sistema judicial quedó bajo una esfera separada del Ejecutivo y el Legislativo, funcionando como herramienta de persecución de la disidencia. Ese control institucional limitó efectivamente la capacidad del presidente y del Parlamento.

A su vez, creó una red paralela de autoridad donde muchas carteras ministeriales tienen equivalentes leales al Líder Supremo, extendiendo su influencia sobre áreas claves como Interior, Inteligencia, Educación y Relaciones Exteriores.

En política exterior, Khamenei promovió una postura islamista, antiimperialista y antisionista: respaldó al régimen de Bashar al-Assad en Siria, financió y apoyó a Hezbollah en Líbano, sostuvo vínculos con grupos chiíes en Irak y brindó apoyo a Hamas en los territorios palestinos, consolidando así una posición central en las decisiones estratégicas del país.

El comienzo del fin

En sus últimos años, la red de aliados y milicias que permitía proyectar poder regional —el llamado “eje de la resistencia”— comenzó a sufrir reveses significativos.

Hezbollah, uno de los apoyos más fuertes de Irán, registró pérdidas importantes frente a Israel en los dos años previos, incluida la eliminación de varios comandantes de alto rango. Esos golpes afectaron su capacidad operativa y su cúpula dirigente.

Hamas también vio reducida su infraestructura y su liderazgo como consecuencia de la guerra en Gaza iniciada tras el ataque del 7 de octubre de 2023, lo que mermó su capacidad militar aunque mantuvo su existencia política.

En diciembre de 2024, el colapso del régimen de Assad ante ofensivas rebeldes cortó la conexión terrestre iraní hacia el Mediterráneo, limitando el suministro por tierra a aliados como Hezbollah y reduciendo la proyección estratégica de Teherán en la región.

Además, ataques aéreos con apoyo estadounidense e israelí afectaron arsenales de misiles balísticos iraníes, dañando uno de los principales elementos de disuasión convencional del país.

En el plano interno, una profunda crisis económica —con el rial desplomado— y corrupción alimentaron protestas masivas en más de cien ciudades desde finales del año anterior. La respuesta oficial incluyó una represión severa que, según declaraciones públicas citadas por líderes internacionales, ocasionó miles de muertes en semanas; de confirmarse cifras como esa, constituiría una de las represiones más letales en la historia de la República Islámica.

Patrocinio del terrorismo internacional

Informes oficiales, como uno del Departamento de Estado de EE. UU. de mayo de 2020, han señalado la implicación del régimen iraní en asesinatos y atentados en decenas de países desde 1979. Bajo la dirección de Khamenei, esas operaciones adoptaron un carácter más sistemático.

Una pieza central en esa estrategia fue la reorganización de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, encargada de operaciones en el extranjero.

Casos emblemáticos incluyen el atentado de 1994 contra la mutual judía AMIA en Buenos Aires, perpetrado por Hezbollah y atribuido por investigaciones a apoyo iraní; ese hecho dejó 85 muertos y derivó en órdenes de detención internacionales contra altos funcionarios iraníes.

También se registraron asesinatos de opositores en Europa a lo largo de décadas: entre ellos, el asesinato en Viena de un dirigente kurdo en 1989, el asesinato en Suiza de Kazem Rajavi en 1990 y la masacre en el restaurante Mykonos de Berlín en 1992, en la que murieron dirigentes kurdos iraníes.

La persistencia y el patrón de esos atentados llevaron a tribunales como el alemán a concluir, tras un largo proceso en 1997, que el asesinato de Mykonos fue orquestado por un “Comité de Operaciones Especiales” vinculado a Teherán, con implicación de altos mandos del régimen.

Esos fallos provocaron rupturas diplomáticas con países europeos, y Khamenei respondió con reticencia al restablecimiento pleno de relaciones. En declaraciones posteriores manifestó que Europa había intentado humillar al régimen, pero que la reacción iraní fue más contundente.

Autoridades estadounidenses han afirmado que Irán ha recurrido a redes criminales y terceros para ejecutar asesinatos en el extranjero y que, a lo largo del tiempo, la campaña iraní habría incluido centenares de asesinatos selectivos y atentados con bombas que causaron numerosas víctimas.

A lo largo de su mandato, Khamenei construyó un régimen sostenido por estructuras de poder político, económico y militar que buscaba la supervivencia y la proyección regional. Murió bajo un ataque en la ciudad que dirigió durante más de tres décadas; su muerte marca el cierre de un periodo y plantea interrogantes sobre qué elementos de su legado permanecerán y quién asumirá la influencia que dejó.

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