25 de marzo de 2026
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Disociación en adolescentes: impacto escolar y emocional

La disociación en adolescentes es un mecanismo de defensa por el que la mente se desvincula, total o parcialmente, de pensamientos, emociones, sensaciones corporales o del entorno como respuesta a experiencias traumáticas o abrumadoras. En esta etapa puede manifestarse de forma visible, por ejemplo con mirada perdida, falta de respuesta ante estímulos o episodios de inmovilidad.

La mayoría de los adolescentes no busca ayuda profesional directamente; por ello suele ser clave la intervención de una persona de confianza que los oriente y les enseñe técnicas para recuperar la calma, sobre todo durante los episodios más intensos.

Investigaciones recientes en Australia realizadas por el equipo de Healing Kids, Healing Families en The Kids Research Institute, en colaboración con servicios de salud mental infantil y la University of Western Australia, señalan que la disociación aparece con mayor frecuencia en jóvenes expuestos a violencia, accidentes, pérdidas familiares o contenidos digitales perturbadores.

Las formas clínicas de disociación afectan aproximadamente entre el 7 % y el 11 % de los estudiantes de secundaria, una proporción comparable a la de los trastornos de ansiedad, según datos recopilados por Statista. Cuando la disociación se consolida como una estrategia habitual de afrontamiento, puede interferir en el aprendizaje, las relaciones y el funcionamiento diario.

La disociación suele pasar desapercibida y la falta de conocimiento sobre el fenómeno puede provocar tensión en el entorno familiar. Padres y cuidadores pueden observar desconexión, episodios de inmovilidad o reacciones emocionales intensas seguidas de lagunas de memoria. Los especialistas recomiendan un abordaje empático y un acompañamiento paciente, evitando mostrar frustración frente a estas conductas.

Un adolescente con disociación puede presentar falta de atención, retraimiento o dificultades para recordar hechos traumáticos. Según la National Child Traumatic Stress Network, una intervención temprana y el apoyo de personas de confianza son fundamentales para favorecer la recuperación y reducir el riesgo de complicaciones a largo plazo.

Evidencia internacional y datos científicos

La literatura internacional y la National Child Traumatic Stress Network indican que la disociación en menores puede manifestarse mediante amnesia de eventos significativos, episodios frecuentes de trance, pérdida inexplicada de habilidades, hablar en tercera persona, autolesiones o alucinaciones. Estos signos pueden confundirse con distracción o falta de interés, pero en realidad reflejan respuestas profundas ante el trauma.

Investigaciones clínicas han identificado un subtipo disociativo del trastorno de estrés postraumático (TEPT), caracterizado por episodios de despersonalización y desrealización. Las personas con este subtipo suelen haber vivido traumas más graves, presentar síntomas más intensos y mostrar dificultades conductuales relevantes. El diagnóstico diferencial incluye estados de ensoñación o bloqueos de memoria junto a los síntomas clásicos del TEPT: intrusiones, evitación, alteraciones del ánimo y cambios en la reactividad.

Un estudio de la American Academy of Child & Adolescent Psychiatry indica que la disociación en adolescentes puede ser más sutil que en adultos, manifestándose como falta de atención o episodios breves de trance, y que la amnesia disociativa dificulta el recuerdo consciente de los hechos traumáticos.

La prevalencia de síntomas disociativos y de TEPT varía según el contexto, pero en países de ingresos bajos y medianos alrededor de uno de cada diez adolescentes puede cumplir criterios de TEPT tras un trauma, con alta frecuencia de síntomas disociativos. Si no se identifica ni trata, esta condición puede limitar el desarrollo, el aprendizaje y la adaptación social. Los tratamientos recomendados incluyen psicoterapia especializada y un abordaje integral centrado en el trauma.

Prevención, abordaje y recursos para familias

La prevención de la disociación en adolescentes requiere intervenciones en distintos niveles: detección temprana de experiencias traumáticas, promoción de entornos seguros en hogares y escuelas y capacitación de los adultos que conviven con los jóvenes. Los equipos de salud mental recomiendan formar a docentes y familias en la identificación de signos de alerta y en estrategias de regulación emocional.

Según la Organización Mundial de la Salud, intervenciones basadas en la evidencia, como la terapia cognitivo-conductual adaptada al trauma, son eficaces para reducir síntomas disociativos y mejorar el funcionamiento general de los adolescentes. Garantizar el acceso a servicios de salud mental, reducir el estigma y promover la formación comunitaria son factores clave para que los jóvenes reciban apoyo adecuado.

Varios países han implementado líneas telefónicas de atención y plataformas digitales de orientación psicológica dirigidas a adolescentes y sus familias. Estos recursos, junto con protocolos escolares de actuación en crisis, facilitan la identificación y el abordaje precoz de la disociación, contribuyendo a la recuperación y al bienestar de los jóvenes afectados.

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