2 de junio de 2026
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Hallazgo de piezas de ajedrez explica su éxito en la Edad Media

El hallazgo reciente de piezas de ajedrez medievales en el castillo de Burgstein ha reavivado el interés por el origen y la evolución social del juego en Europa. Entre los objetos encontrados bajo un muro derrumbado aparecen un caballo tallado, un dado de seis caras y cuatro piezas con forma de flor, todos sorprendentemente bien conservados tras casi un milenio enterrados, según informó National Geographic.

La pieza más destacada es el caballo, fechado entre los siglos XI y XII. Conserva detalles como la melena y los ojos, lo que permite a los expertos analizar su función y su simbolismo en la vida cotidiana de la nobleza feudal. El descubrimiento recuerda a las famosas piezas de Lewis y muestra cómo el ajedrez ocupó un lugar destacado entre los pasatiempos de la élite europea antes de perder protagonismo frente a otros entretenimientos.

La llegada del ajedrez desde India y su paso por el mundo islámico

El ajedrez tiene su origen en India, donde se conocía como chaturanga y representaba las distintas divisiones del ejército: infantería, caballería, elefantes y carros. A través de la Ruta de la Seda el juego llegó a Persia y evolucionó hasta el shatranj, nombre con el que se difundió por el mundo islámico. Entre los siglos IX y X, eruditos como Al Adli y Al Suli redactaron tratados sobre aperturas y estrategia que sentaron las bases de la teoría ajedrecística.

El contacto entre Europa y los territorios musulmanes —especialmente en España y Sicilia— facilitó la entrada del ajedrez en Europa entre los siglos X y XI. Córdoba, como centro cultural de Al Ándalus, fue una de las principales puertas de entrada. El primer registro europeo conocido data del año 1008, cuando Ermengol I, conde de Urgel, dejó piezas de cristal en su testamento.

La difusión del ajedrez en Europa estuvo vinculada a cambios en la sociedad feudal: con monarquías más consolidadas y nobles menos implicados en conflictos constantes, surgió la necesidad de nuevos entretenimientos para las largas temporadas de inactividad en castillos y cortes.

Así, el ajedrez fue adoptado por la nobleza como una actividad intelectual y un símbolo de estatus, reflejando tanto el intercambio cultural como las transformaciones en la vida cortesana.

El ajedrez como reflejo del orden feudal

La composición del juego se adaptó al imaginario social europeo. El visir pasó a ser la reina, el elefante se transformó en el alfil y el carro fue sustituido por la torre, que evocaba las fortificaciones. El caballo conservó su papel ligado a la caballería y el peón representó al soldado raso. Estos cambios hicieron del tablero una metáfora de la jerarquía y los valores del orden feudal.

Además de ocio, el ajedrez formaba parte de la educación de los jóvenes nobles. En la obra Disciplina clericalis de Petrus Alfonsi figura entre las siete habilidades que debía dominar un caballero. Según la profesora de literatura medieval Jenny Adams, citada por la revista History, “el ajedrez también era una manera de ensayar simbólicamente el orden social de la época”.

La expansión fuera de la nobleza y el declive ante las cartas

Con el tiempo, el ajedrez se extendió más allá de la nobleza: administradores, escuderos y miembros de la burguesía lo incorporaron al repertorio de ocio a medida que la vida urbana y la clase media cobraban mayor relevancia. Comunidades judías, a menudo confinadas en barrios específicos, se distinguieron por su dedicación al juego y por conservar y desarrollar su práctica. Entre trovadores y ministriles itinerantes, conocer el ajedrez era tan valioso como saber tocar un instrumento o componer versos.

El juego ofrecía además un espacio de igualdad intelectual inusual para la época: las hijas de familias nobles aprendían a jugar junto a sus hermanos y muchas alcanzaban un alto nivel. Varias ilustraciones medievales muestran escenas de jóvenes cortejándose alrededor de una partida, lo que revela la función social del ajedrez más allá del simple entretenimiento.

Sin embargo, su predominio no fue permanente. Según National Geographic, a partir del siglo XIV las cartas comenzaron a desplazar al ajedrez como pasatiempo preferido de la élite europea, un proceso acelerado por la expansión de la impresión con bloques de madera. Para el siglo XVIII, el ajedrez ya no ocupaba la posición privilegiada que había tenido durante la Edad Media.

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