14 de junio de 2026
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Errores de Trump y la supervivencia de la República Islámica

El canciller iraní y el primer ministro paquistaní indicaron que se estuvo muy cerca de un acuerdo: Islamabad presentó un Memorándum con 14 puntos y un plazo de 60 días para negociar el programa nuclear iraní, lo que respaldó las afirmaciones de Trump sobre la posibilidad de diálogo, pese a los desmentidos de la Guardia Revolucionaria.

Un alto funcionario autorizado por la Casa Blanca, citado por medios seleccionados como Infobae, estimó en 85% la probabilidad de cerrar un acuerdo pronto. La Casa Blanca planteó cinco ejes: reapertura de Ormuz y levantamiento del bloqueo a puertos iraníes; desmantelamiento del programa nuclear; destrucción y retiro del uranio enriquecido; cese del apoyo iraní a milicias proxy; y un régimen de inspección para verificar cumplimiento.

Este giro confirma la idea de que la política y la guerra están estrechamente ligadas, en la línea de Clausewitz. Si se firma el acuerdo, podría terminar la serie de declaraciones contradictorias; la alternancia de mensajes y amenazas mostró indecisión en momentos claves.

Sin embargo, lo acordado no es un tratado final sino un Memorándum que establece temas y criterios para 60 días de negociación: un avance hacia la paz, pero insuficiente para garantizar resultados y susceptible de generar falsas expectativas. En cualquier escenario no bélico, la República Islámica mantiene posibilidades de sobrevivir.

Antes de ser presidente, Trump criticó las ocupaciones militares y promovió salidas de guerras largas, prefiriendo ataques puntuales. Resulta difícil entender por qué se inició un bombardeo el 28 de febrero si no hubo voluntad de sostener una ofensiva hasta derrotar a Irán cuando su posición era especialmente débil.

El principal error fue detener el avance militar, quizá suponiendo que la República Islámica era un actor negociable en términos occidentales. Históricamente, otros regímenes se doblegaron antes de negociarse. Según planteamientos clásicos, las guerras terminan cuando se rompe la voluntad del adversario; en el caso iraní, la supervivencia en el poder equivalía a victoria para el régimen.

También fue problemático que la administración no centralizara un relato coherente: la falta de un portavoz único y el flujo irregular de información contribuyeron a mensajes cambiantes, mientras que en Irán se dividían las voces entre sectores dispuestos a negociar y la Guardia Revolucionaria, partidaria de combatir hasta el final.

Con encuestas internas desfavorables, la administración necesitaba soluciones para reabrir Ormuz; las amenazas no fueron suficientes. Además, el simple riesgo de ataques o amenazas basta para paralizar el seguro marítimo y detener el tráfico comercial en el estrecho.

Aunque Estados Unidos compra poco petróleo iraní, la situación en Ormuz afectó la producción y las exportaciones regionales y presionó los precios. En términos políticos internos, Trump tenía incentivos para reducir el precio del petróleo y la inflación antes de las elecciones, pero la confianza en un Memorándum es limitada dado el historial iraní de incumplimientos.

No está claro cuánto influyó en las decisiones la información transmitida al Congreso de que las grandes operaciones militares habían terminado o que existía un límite temporal para actuar sin la aprobación legislativa, norma cuya constitucionalidad siempre fue debatible.

En la negociación, Irán actuó con paciencia porque consideró que el tiempo estaba a su favor. Se confrontaron dos estilos: la presión directa estadounidense y la táctica iraní de espera y desgaste. Trump fue el primer presidente en emprender una confrontación abierta sostenida con la República Islámica desde 1979.

Hasta cierto punto, Trump tuvo aciertos operativos, pero perdió control narrativo y político al detener la presión antes de asegurar objetivos finales. La demora y la incertidumbre sobre quién tomaba las decisiones dentro de Irán permitieron a la República Islámica y, en la práctica, a la Guardia Revolucionaria, manejar tiempos y reacciones.

Aun cuando la guerra no fue elegida por Trump sino impulsada por tensiones de largo plazo con Teherán, su administración falló en explicar a la opinión pública estadounidense las razones y objetivos de las acciones militares, lo que contribuyó a la impopularidad del conflicto.

Paradoxalmente, Trump parecía consciente de la lección de Vietnam sobre no entrar a una guerra sin voluntad de ganar, y construyó capacidades militares relevantes. Sin embargo, la combinación de bloqueo económico y operaciones militares no logró forzar una rendición política de Irán.

En términos comparativos, las pérdidas en la campaña contra Irán fueron bajas frente a conflictos pasados como la Operación Tormenta del Desierto (1991) o la prolongada guerra en Afganistán, lo que muestra eficacia militar relativa, aunque no necesariamente éxito político.

La primera Guerra del Golfo contó con amplio apoyo y menos protestas que la invasión de 2003, y ese contexto favoreció el despliegue de coaliciones; hoy las realidades políticas y mediáticas son distintas.

La yihad y el fundamentalismo perciben la debilidad y la confusión como oportunidades. Pese a pérdidas en capacidad y en proxies, Irán aún conserva herramientas para intimidar y para reprimir internamente, lo que le permitió sobrevivir y debilitar la esperanza de cambio entre algunos opositores que esperaban mayor apoyo externo.

El giro de Trump ocurrió cuando redujo la presión militar y abrió una fase negociadora que puede interpretarse como una victoria táctica para Irán. Esa dinámica permite al régimen presentarse como no derrotado y, posiblemente, influir políticamente en escenarios electorales estadounidenses.

Es difícil medir cuánto pesaron errores personales o administrativos en la supervivencia del régimen iraní; lo cierto es que la incapacidad para anticipar el cierre de Ormuz fue un fallo crítico, dada su importancia estratégica y económica.

Estados Unidos fue sorprendido por la respuesta iraní y no concretó algunas amenazas anunciadas, lo que redujo su capacidad disuasiva. La situación en Ormuz también evidencia la persistente dependencia global del petróleo y el gas.

Otra consecuencia relevante es el impacto en la relación especial con Israel: Jerusalén puede verse obligada a afrontar a Irán con mayor autonomía, lo que plantea dudas sobre coordinación y responsabilidades entre ambos aliados.

El desenlace final dependerá en parte de los resultados electorales en Estados Unidos e Israel. En el corto plazo, las urgencias políticas han empujado a Washington hacia una negociación en términos que Irán buscaba.

La supervivencia del régimen no se explica solo por errores externos; también responde a decisiones internas y a la ausencia de una alternativa viable. El régimen consolidó una narrativa de resistencia, descentralizó capacidades militares tras conflictos previos y empleó herramientas represivas que han reforzado su control interno.

Internamente, la persistencia en el poder se sostiene por tres factores principales: la red de influencia y control económico vinculada a la cúpula (conocida como Bayt), el traslado de hostilidades a países del Golfo donde la respuesta fue desigual, y la represión de protestas mediante milicias como los Basij.

¿Qué puede ocurrir en los próximos 60 días de negociación?

Es probable que se repita un patrón similar a acuerdos temporales anteriores: se podría lograr un cese de hostilidades o avances puntuales (como la liberación de rehenes), pero el desarme y garantías duraderas son difíciles. El Memorándum podría quedar en una fase interina, como han sucedido otros marcos de entendimiento regionales.

@israelzipper

Máster y PhD en Ciencia Política (U. de Essex), Licenciado en Derecho (U. de Barcelona), Abogado (U. de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013).

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