La mayoría de las personas asocian el sabotaje de 2022 al gasoducto Nord Stream con una imagen llamativa: un gran géiser de espuma en el mar Báltico. Esa manifestación visual fue la primera evidencia de que alguien había colocado explosivos en el par de gasoductos submarinos de 1.220 kilómetros —los más largos del mundo—, destruyendo tres conductos y liberando gas presurizado por un valor estimado en dos mil millones de dólares. El acto ha sido descrito como el mayor sabotaje de la era moderna.
Con una sola acción se modificó la dependencia energética de Alemania respecto de Rusia y se abrió un prolongado debate sobre la autoría del ataque. Al comienzo, pocas partes parecían dispuestas a afirmar responsabilidades, dado que culpar a Rusia, Estados Unidos o Ucrania implicaba complicaciones políticas importantes.
Hoy existe, en gran medida, consenso sobre los responsables, aunque persisten teorías conspirativas en los márgenes. La investigación apunta a que oficiales de inteligencia ucranianos planearon y ejecutaron la operación desde un velero de un solo mástil con una tripulación reducida de marineros y buzos, uno de ellos enfermo de Covid cuando descendió hasta 80 metros en aguas frías y oscuras para colocar explosivos. El objetivo era impedir que Alemania siguiera financiando la maquinaria de guerra rusa mediante compras de gas por miles de millones de dólares.
Estos pormenores han salido a la luz pese a las negaciones oficiales ucranianas, gracias en parte a una investigación policial alemana minuciosa y en parte al trabajo persistente de periodistas. Bojan Pancevski, corresponsal de The Wall Street Journal con dominio del ruso, investigó durante años el complot. Su libro, The Nord Stream Conspiracy. The inside story of the explosions that shook the world, constituye un logro notable del periodismo de investigación, basado en entrevistas con altos mandos de los servicios de inteligencia ucranianos que dicen haber ideado la operación y con funcionarios policiales alemanes que los ubicaron.
El relato de Pancevski combina una compleja investigación policial con enredos políticos y económicos. El sabotaje causó un perjuicio económico considerable a Alemania al dejar fuera de servicio una fuente clave de energía para calefacción e industria. Al mismo tiempo, Alemania es uno de los apoyos más importantes a la independencia de Ucrania, y algunos responsables alemanes admitieron en privado que la pérdida del gasoducto tuvo efectos ventajosos. Otros líderes, especialmente de Polonia, expresaron desde el inicio que los autores merecían reconocimiento en vez de castigo.
Según el autor, el ataque ilustra una cultura de innovación y audacia dentro de Ucrania, donde el poder estatal se organiza en “bandas y clanes dentro de ministerios, el ejército y los servicios de inteligencia, cada uno como un miniestado”. Pancevski relaciona estos comportamientos con la tradición cosaca y sostiene que la corrupción del país está vinculada a una astucia emprendedora que ha contribuido a su defensa. La rebeldía, con pros y contras, forma parte de esa identidad.
Los dos oficiales de alto rango que dirigieron la operación eran suficientemente autónomos como para haber sido destituidos por insubordinación antes de la invasión rusa de febrero de 2022. Tras participar en la defensa de Kiev, fueron reincorporados y concibieron el plan para atacar el gasoducto. Aunque el presidente Volodymyr Zelensky ha sostenido públicamente que no tenía conocimiento del asunto, los implicados aseguran que inicialmente informaron a superiores que después se retractaron.
Otro eje central del libro es la transformación del servicio de inteligencia ucraniano (SBU) hasta convertirse en una agencia eficaz a nivel internacional. Antes de 2014, el SBU no estaba completamente desligado de la influencia rusa; muchos oficiales recibían instrucciones desde Moscú. La Revolución de la Dignidad de ese año sembró un nuevo orgullo nacional y el SBU se consolidó como una institución patriótica capaz de operar con eficacia contra objetivos en Rusia. La CIA colaboró intercambiando formación y experiencias, y los ucranianos combinaron prácticas de las culturas de inteligencia estadounidenses y postsoviéticas, configurando un modelo híbrido.
La crítica más relevante al libro se centra en el estilo del autor, a veces efectista: párrafos muy cortos, frases diseñadas para impactar y una prosa que en ocasiones elude verbos. La utilización de alias para los protagonistas —el Hombre de Hielo, el Cura, el Coronel—, comprensible por motivos legales, refuerza un tono cercano al documental o al cine.
Aun así, The Nord Stream Conspiracy es una obra importante que probablemente contribuya a reconocer a quienes ejecutaron la operación. Tras conocerse el complot, muchos de sus participantes fueron despedidos, degradados o encarcelados en una reacción institucional previsible. No obstante, según afirma un veterano de la inteligencia ucraniana citado por Pancevski, esas personas son consideradas héroes y, en el futuro, “recibirán todas las medallas que merecen”.
Fuente: The New York Times



