15 de agosto de 2026
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Rearme japonés para dejar de ser paraíso de espías

Rearme japonés para dejar de ser paraíso de espías

Desde hace más de 40 años se repite una expresión sobre los servicios de Inteligencia japoneses: “Japón es un paraíso para los espías”.

La frase la pronunció en 1983 el entonces primer ministro Yasuhiro Nakasone, al constatar la dificultad del país para proteger sus secretos. Hoy, ante la presión militar de China, las amenazas con misiles de Corea del Norte y la actividad de agentes rusos, el problema ha cobrado mayor gravedad. El Gobierno de Sanae Takaichi considera que ha llegado el momento de crear la primera agencia nacional de inteligencia centralizada desde la Segunda Guerra Mundial.

Este verano, Tokio ha reunido bajo un mismo mando información que hasta ahora estaba dispersa entre ministerios, policías, militares y diplomáticos. Según responsables japoneses, el objetivo es detectar amenazas, combatir el espionaje extranjero y hacer frente a un entorno geopolítico más hostil.

Quienes defienden la reforma la ven como una modernización imprescindible; sus críticos temen que sea un primer paso hacia la erosión de los principios pacifistas que marcaron el Japón de la posguerra.

Desde el Ejecutivo insisten en que esta medida es solo el inicio de un plan mayor: transformar a Japón en una potencia de inteligencia en línea con sus principales aliados occidentales.

La propia Takaichi ha descrito estas iniciativas como el primer paso en la reforma de los servicios de inteligencia, necesaria para adaptarse a los “nuevos métodos de guerra” que dominan el escenario internacional.

Hasta ahora, el sistema japonés era una excepción entre las grandes democracias. La Oficina de Inteligencia e Investigación del Gabinete (CIRO), creada en la Guerra Fría, actuaba principalmente como coordinadora de un conjunto fragmentado de organismos que recopilaban información de forma separada y con escaso intercambio entre ellos.

La nueva Oficina Nacional de Inteligencia nace para acabar con esa fragmentación. Contará con un consejo presidido por Takaichi que fijará prioridades estratégicas. Los pasos siguientes previstos son aprobar una ley específica contra el espionaje —algo que aún no existe— y crear un servicio de inteligencia exterior comparable a la CIA o al MI6.

Japón como centro de operaciones de espionaje ruso

El cambio es histórico para un país que, desde 1945, ha dependido en gran medida del paraguas de Estados Unidos. Esa protección permitió a Tokio posponer el desarrollo de capacidad propia de inteligencia, lo que, según analistas, facilitó la actuación de servicios extranjeros en un país que además alberga cerca de 55.000 militares estadounidenses en sus bases.

Un episodio reciente puso el problema en evidencia. Una investigación del New York Times mostró cómo Rusia aprovechó esas debilidades para convertir a Japón en uno de sus centros de operaciones encubiertas.

Tras la expulsión de cientos de diplomáticos y agentes rusos de Europa por la invasión de Ucrania, decenas se establecieron en Japón. Desde allí coordinaron la adquisición de componentes electrónicos de doble uso que, pasando por países intermediarios, acabaron integrados en misiles y drones del ejército ruso.

Esa vulnerabilidad empujó a Tokio a reforzar su servicio secreto, pero el proyecto genera recelos entre parte de la opinión pública y la oposición. En el Parlamento, el diputado Makoto Oniki advirtió de la falta de mecanismos independientes de supervisión y del riesgo de una sociedad con vigilancia excesiva.

En China, el debate se interpreta en clave más amplia. Portavoces del Gobierno de Xi Jinping acusan a Takaichi de desmantelar las limitaciones militares posteriores a 1945 y usar la supuesta amenaza china para justificar cambios. El Ministerio de Exteriores chino ha llegado a afirmar que Tokio está “reconstruyendo su maquinaria de guerra”.

La retórica se ha endurecido y en Pekín se habla de un resurgimiento del “neomilitarismo” japonés, un término cargado por la memoria de la expansión nipona en la primera mitad del siglo XX. Para China, un Japón con una inteligencia más potente forma parte de una transformación mayor en la arquitectura de seguridad regional.

El nuevo servicio secreto es una pieza de un giro estratégico amplio. El artículo 9 de la Constitución de 1947 consagró la renuncia a la guerra y limitó las Fuerzas de Autodefensa a una doctrina defensiva, pero ese marco se ha ido flexibilizando.

Japón ha aumentado su presupuesto de defensa, adquirido misiles Tomahawk y desarrollado capacidades de largo alcance que le permitirían atacar objetivos en territorio enemigo. También ha relajado restricciones a las exportaciones militares y reforzado posiciones en las islas del suroeste, en el arco hacia Taiwán frente a la costa china.

Takaichi busca avanzar aún más: su Gobierno propone revisar los documentos clave de seguridad ante lecciones extraídas de las guerras en Ucrania y Oriente Próximo y la posibilidad de un conflicto duradero en Asia. Desde Pekín ya critican lo que describen como una remilitarización acelerada.

Quienes apoyan la reforma argumentan que las democracias avanzadas disponen de agencias similares y que la protección de libertades pasa por establecer controles parlamentarios y judiciales efectivos. Para Tokio el desafío será demostrar que puede modernizar sus servicios de inteligencia manteniendo las libertades que conforman el Japón democrático de posguerra.

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