Las organizaciones criminales instaladas en espacios con condiciones casi carcelarias del Sudeste Asiático, especialmente en Camboya y Birmania, realizan estafas digitales multimillonarias y sofisticadas, según denuncias de la ONU y de diversas organizaciones. En los últimos tiempos han puesto su atención en España y Latinoamérica, captando nativos que faciliten localizar víctimas en sus países de origen.
Estos esquemas surgieron vinculados a la industria de los casinos en la región y, tras la pandemia de COVID-19, migraron al entorno digital. En estos centros de ciberestafas, trabajadores —en ocasiones en condiciones que califican como de semiesclavitud— defraudan millones de dólares siguiendo órdenes de mafias, muchas de ellas de origen chino, según expertos e informes de Naciones Unidas.
Investigaciones de organizaciones no gubernamentales y de la ONU han documentado torturas y varios fallecimientos entre quienes no cumplen objetivos o intentan escapar. La ONU estima que hay al menos 100.000 personas en este tipo de centros en Camboya y 120.000 en Birmania.
Inicialmente dirigidas sobre todo a víctimas en China y otros países asiáticos, estas redes han ampliado su radio de acción hacia otras regiones, lo que requiere personal con habilidades lingüísticas y culturales específicas.
Un caso concreto es el de Gabriel de Oliveira, brasileño de 24 años, que se trasladó a Tailandia en abril con la supuesta oferta de trabajar como informático, según relata a EFE su padre, Daniel Araújo. Nunca regresó: murió en Camboya en julio en circunstancias que no se han aclarado.
La oferta laboral le llegó a través de un amigo, aunque la familia sospecha que alguien pudo haber usado una foto suya para engañarle, un modus operandi habitual de estas redes, según fuentes del Ministerio de Justicia de Brasil citadas por EFE.
Al llegar a Tailandia fue transferido a Camboya. Tras dos semanas sin noticias, la Embajada de Brasil en Bangkok informó en julio sobre su fallecimiento. No se practicó autopsia y el cuerpo aún no ha sido repatriado.
“Hay indicios de que fue víctima de trata de personas”, señala su madre, Lenier.
El testimonio de la familia se suma a rescates recientes en Camboya de decenas de ciudadanos de Colombia y Brasil que declararon haber estado retenidos en estos centros, así como a otras experiencias que confirman el interés de las redes por reclutar trabajadores en España y América Latina.
Laura Gil, portavoz para el Sudeste Asiático y el Pacífico de la Oficina de la ONU contra las Drogas y el Delito (ONUDD), confirma que “hay nuevos mercados en Latinoamérica, España y otras partes de Europa” y que, para operar en esos mercados, “necesitan a hispanohablantes que puedan estafar, porque, a pesar de contar con software de traducción, es mucho más realista”, declaró a EFE desde la sede de la ONUDD en Bangkok.
Trata de personas
La estrategia usada para captar a Gabriel se repite en otros países latinoamericanos. Una oferta de trabajo falsa llevó a una veintena de colombianos a Camboya, donde redes presuntamente dedicadas a la trata los incomunicaron, maltrataron y amenazaron hasta que lograron alertar a las autoridades de su país mediante la aplicación LibertApp, según Migración Colombia.
Una de las víctimas relató que un conocido le ofreció trabajar en un centro de atención al cliente en Camboya para vender criptomonedas.
“Cuando empezamos a laborar (…) nos enteramos de que nos habían llevado para estafar (…) Nos dejaron muy claro que el que trabajaba vivía normal, y que el que no trabajaba o el que quisiera devolverse (…) se iba a morir”, declaró uno de los colombianos, según Migración Colombia.
La directora de Migración Colombia, Gloria Arriero, informó a EFE que se han realizado 127 rescates desde julio. “El 49 % (de las víctimas) son venezolanas; el 45 % colombianas, y un 6 % de otras nacionalidades”, detalló.
El caso de David, un español de unos cuarenta años, ilustra otra modalidad de implicación. Con antecedentes policiales, cuenta a EFE en Nom Pen que aceptó trabajar para estafadores “por dinero” tras conocer a un reclutador latinoamericano en la ciudad.
Durante cinco meses aportó su conocimiento del idioma y la cultura española para hacer más creíble una estafa perpetrada este año por mafias chinas en Camboya.
“Me llegaban textos que simulaban (estar hechos por) un profesor (presentado como Alejandro Santamaría) para novatos en finanzas. La mayoría estaban traducidos por chinos a un español latino. Como querían que todo sonase muy natural, lo que hacía era darle un toque español”, relató David a EFE.
Asegura que no hablaba directamente con las víctimas, sino que se limitaba a revisar textos y asesorar a sus superiores.
“Había gente que sospechaba, pedía datos porque decía, ¿dónde estáis exactamente?”, cuenta David, que admite haber inventado una ubicación para dar credibilidad a la trama: “La sede la inventé yo. Estaba en un lugar financiero de Madrid”.
David pudo salir de forma voluntaria, pero no siempre sucede así. Describe la vigilancia extrema en estos centros y relata que llegó a contactar con autoridades consulares cuando temió que no le dejaran marchar.
“He tenido mucha suerte (…). Nunca vi maltrato (…). Pero un conocido ruso me contó que le pegaron y le aplicaron una descarga con táser”, afirmó.
Los estafados
Las víctimas de estas estafas suelen estar a miles de kilómetros. La cronología y la sofisticación que describe David —que incluye el uso ocasional de inteligencia artificial para facilitar los fraudes— coinciden con la experiencia de Jéssica González, fundadora de la asociación para víctimas de estafas VICTIFIN, desde Astigarraga (Guipúzcoa, España).
González, cuya red alertó en octubre sobre el supuesto “profesor” Alejandro Santamaría vinculado a las tramas en las que participó David, afirma que desde febrero ha detectado más de 100 aplicaciones que “operan de la misma manera” y que vincula a ciudadanos chinos.
Las estafas pueden alcanzar sumas muy elevadas: la fundadora de VICTIFIN afirma tener conocimiento de un caso que ascendió a 18 millones de euros.
Las mafias emplean como “ganchos” supuestos expertos que prometen inversiones rentables a través de aplicaciones que imitan bancos o plataformas bursátiles reales. Para mejorar sus resultados, según testimonios, incluso obligan a mujeres a seducir a las víctimas.
La Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) de España advirtió recientemente sobre varias aplicaciones relacionadas con estafas, entre ellas una en la que David asegura haber participado.
González insta a las víctimas a recopilar “toda la información que tengan, absolutamente todo: las transferencias, números de teléfono, página web o aplicación…”
“Y denunciarlo siempre”, aconseja. “Hay que moverse; es la única manera de poder hacer algo”.
Los centros
Camboya, considerada epicentro de las ciberestafas, suma más de 270 ubicaciones identificadas como posibles centros de este tipo de actividades, según Cyber Scam Monitor, que las rastrea a partir de informes policiales, noticias y fotos satelitales.
Estos centros se ocultan en torres de oficinas, hoteles o apartamentos y suelen trasladarse de las capitales a zonas remotas o fronterizas cuando sienten que están siendo vigilados.
En algunos centros señalados por Cyber Scam Monitor que EFE visitó en Nom Pen aún se advierten señales de una salida precipitada, con papeles y mobiliario esparcidos.
Laura Gil, tras visitar varios complejos desmantelados, describe la experiencia como “entrar en una película de terror”: “Ves las mesas infinitas, con teclados, pantallas (…), cuadernos con perfiles de las víctimas”, relató a EFE.
En un complejo de Filipinas que visitó junto a una víctima reclutada en Birmania, la persona le aseguró que el mobiliario e incluso el menú de la cafetería eran idénticos a los del centro birmano.
“Es como si fuera una multinacional invisible e ilegal”, resumió Gil.
Comparable al narcotráfico
Jacob Sims, investigador sobre delincuencia transnacional en el Sudeste Asiático y experto de la Universidad de Harvard, afirma que alrededor del 85 % de las mafias detrás de estas redes son de origen chino y advierte sobre la enorme capacidad lucrativa del negocio.
Según estimaciones conservadoras, estas redes podrían generar entre 50.000 y 70.000 millones de dólares anuales, lo que las situaría como el motor económico más relevante en la cuenca del Mekong (Camboya, Laos, Birmania, Tailandia, Vietnam y el sur de China), señaló Sims en una videollamada con EFE.
“A nivel mundial, solo puede compararse con el tráfico de drogas”, subrayó.
Uno de los nombres más visibles asociados a estas operaciones es el del empresario de origen chino Chen Zhi, al frente del conglomerado Prince Group, con sede en Camboya y empresas en más de 30 países. El Departamento de Justicia de Estados Unidos le acusó en octubre de ser “el cerebro detrás de un imperio de ciberfraude en expansión”.
En Camboya, Prince Group tiene presencia notable: un cartel de la compañía adorna la valla del edificio donde David relata haber participado en estafas, a poca distancia de una comisaría y de un edificio ministerial.
“Hay gente que ha hipotecado su casa, que ha pedido dinero a familiares… Terrible; la verdad es que es terrible”, comenta David, que reconoce: “No estoy orgulloso de lo que he hecho”.
(Con información de EFE)


