.responsive {
width: 100%;
height: auto;
}
En enero de 2026 Siria recuperó la unidad territorial que había perdido hace catorce años, pero a costa del fin del experimento político conocido como Rojava. Lo que se inició en 2012 como una iniciativa de democracia directa inspirada en las ideas de Abdullah Öcalan concluye con la integración forzada de sus milicias al ejército nacional y la disolución de sus estructuras de autogobierno.
El desmontaje no fue el resultado de una gran batalla exterior, sino de una implosión interna: las tribus árabes que sostenían gran parte de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) desertaron cuando Damasco les ofreció reintegrarse al Estado sirio, algo que los líderes kurdos no habían logrado garantizar. En cuestión de dos semanas, cerca del 90% del territorio controlado por la administración autónoma cambió de manos. Estados Unidos retiró el apoyo que había brindado durante una década, y las contradicciones internas del proyecto —autoritarismo, clientelismo y dependencia de los ingresos petroleros— contribuyeron a su colapso.
Este enero fue el segundo intento de acuerdo significativo entre las partes desde la caída de Bashar al-Assad en diciembre de 2024; un pacto comparable se negoció en marzo de 2025 pero no prosperó por desacuerdos. En 2026, la presión militar fue decisiva: en un solo fin de semana las tropas gubernamentales tomaron amplios territorios y obligaron a los kurdos a aceptar condiciones previamente inaceptables. Según Charles Lister, director del Programa de Siria en el Middle East Institute de Washington, las fuerzas kurdas sufrieron un “colapso operativo casi total”. La ofensiva iniciada el 6 de enero arrebató en menos de dos semanas la mayoría del territorio kurdo, incluidas ciudades clave como Raqqa y Deir ez-Zor.
Una oportunidad en medio del desastre
La historia de Rojava —oficialmente la Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria— comenzó como una respuesta local a un vacío de poder durante la guerra civil.
En 2012, cuando el régimen retiró tropas del noreste para concentrarlas en otros frentes, el Partido de la Unión Democrática (PYD) y sus milicias YPG/YPJ establecieron una administración que promovía comunas locales, igualdad de género, laicismo y rechazo del Estado-nación.
La resistencia de Kobane en 2014 contra el Estado Islámico atrajo atención internacional y convirtió a Rojava en un símbolo de defensa local. Esa notoriedad facilitó la alianza con la coalición encabezada por Estados Unidos y permitió que las FDS, creadas en 2015, se expandieran hasta controlar cerca de un tercio del territorio sirio, incluyendo importantes recursos petroleros y gran parte de la producción cerealera de la región de Jazira.
.responsive {
width: 100%;
height: auto;
}
Sin embargo, ese éxito implicó responsabilidades en territorios de mayoría árabe, como Deir ez-Zor y Al-Raqa, que los kurdos administraron en gran medida por petición de sus aliados occidentales para combatir al Estado Islámico. Como explicó Cédric Labrousse en L’Opinion, muchas tribus árabes aceptaron esa administración mientras veían a Assad como la alternativa.
El reverso de la utopía
Detrás de la imagen idealizada de Rojava como un experimento feminista y democrático existían contradicciones significativas. Internamente fue criticado como un sistema dominado por un único partido, el PYD, y organismos que limitaban la disidencia. Organizaciones como el Centro Sirio para los Medios y la Libertad de Expresión documentaron prácticas autoritarias, cierres de sedes opositoras, reclutamiento forzoso de menores y censura.
La visión de Öcalan —una “tercera vía” que rechazaba tanto el capitalismo como el Estado-nación— chocó con la práctica: una estructura militarizada que dependía de ingresos petroleros y del apoyo estadounidense. Investigaciones, como la de Faris Zwirahn para New Lines Magazine, señalan que el poder efectivo residía en una red paralela de cuadros del PKK que limitaban la autonomía de los consejos civiles y militares locales, especialmente en zonas árabes. Ese control paralelo generó exclusión y descontento entre la población no kurda.
Se registraron medidas represivas que alimentaron resentimiento: desde prohibiciones simbólicas hasta detenciones por manifestar lealtad al Estado sirio. Según Zwirahn, la represión de las FDS fue mucho menos conocida fuera de la región y solo se comprendió plenamente tras una observación in situ.
Estas tensiones explican por qué el proyecto se desmoronó con rapidez: no fue vencido por superioridad militar externa sino por la falta de aceptación entre su base social mayoritaria, las tribus árabes.
Colapso interno y traición
En enero de 2026 la ofensiva gubernamental encontró más rendiciones que resistencia organizada. Los combates se iniciaron el 6 de enero en barrios kurdos de Alepo y, tras un alto el fuego temporario, el avance gubernamental continuó durante el fin de semana del 18 y 19 de enero.
Tribus árabes alineadas previamente con las FDS cambiaron de bando y se integraron a Damasco; algunas, como la Fuerza Sanadid de la tribu Shammar, facilitaron la toma de puntos estratégicos como el paso fronterizo de Yarubiyah. Los kurdos denunciaron además la implicación de Turquía mediante bombardeos con drones.
La figura de Ahmed al-Sharaa, un líder árabe sunnita en un proceso de reintegración política, ofreció a las tribus la posibilidad de volver al seno del Estado sirio. Sin el respaldo de sus aliados árabes ni el apoyo de Washington, las YPG/YPJ quedaron aisladas y en muchas localidades gubernamentales fueron recibidas como liberadoras, reflejando la percepción de los kurdos como fuerza ocupante por parte de algunos civiles.
El abandono estadounidense
El giro de Washington fue decisivo. Durante las dos semanas de confrontación, los kurdos denunciaron la falta de apoyo estadounidense. El 20 de enero, el enviado especial de EE. UU. para Siria, Thomas Barrack, declaró en X que ya no existía razón para que los aliados kurdos lideraran la lucha contra el Estado Islámico y que Damasco era ahora “el socio natural” de Washington.
Barrack reconoció la eficacia de las FDS contra el califato en 2019, pero afirmó que el contexto había cambiado, tras la integración de Siria a la Coalición Global para Derrotar al EI en 2025. Análisis como el del Instituto para el Estudio de la Seguridad Nacional (INSS) de Israel sostienen que la administración de Estados Unidos optó por apoyar la reunificación siria antes que mantener un protectorad o enclave kurdo que tensaba la relación con Turquía.
Derechos culturales, cero poder
En las negociaciones, los kurdos obtuvieron concesiones culturales: el Decreto Presidencial número 14 reconoció al pueblo kurdo como componente esencial de Siria, oficializó su lengua y declaró el Nowruz fiesta nacional, derechos que el régimen les había negado durante años.
Pero analistas como Fabrice Balanche consideran estas medidas principalmente simbólicas, diseñadas para calmar a la comunidad internacional mientras Damasco recupera el control de los campos petroleros de Al-Omar y Conoco. El acuerdo exige además la integración “individual” de combatientes en el ejército nacional, un proceso que desbarata la estructura de mando kurda, y la expulsión del territorio de integrantes extranjeros de las YPG. Organizaciones como Chatham House advierten que repartir estos combatientes entre regimientos de mayoría árabe podría perjudicar la cohesión militar.
La desconfianza persiste: Damasco considera a las FDS como separatistas respaldados por extranjeros; los kurdos desconfían de un ejército nacional fragmentado por las rencillas de la guerra civil. Informes del International Crisis Group señalan que el gobierno prioriza el control territorial frente a la gestión de amenazas como el resurgimiento del Estado Islámico, algo que podría complicar la transición.
El espectro de la insurgencia
Algunos analistas consideraron la rendición como la única alternativa para evitar un desastre humanitario mayor. Francesco Petronella, del ISPI, advirtió que la capitulación buscó impedir una escalada que hubiese devastado centros urbanos como Kobane o Qamishli si se intentara una toma por la fuerza.
Aun así, los combates no han cesado por completo y la situación sobre el terreno sigue siendo fluida. Las YPG han comenzado a buscar nuevos apoyos y han pedido en público ayuda a Israel, en un intento desesperado por frenar el avance de las fuerzas pro-Damasco. Petronella concluye que el proyecto de autonomía en su forma institucional ha terminado, pero advierte que la cuestión kurda en Siria no se ha resuelto: existe el riesgo de que un núcleo duro opte por una insurgencia prolongada, con el doble peligro de desgaste al Estado recientemente reunificado y de que el caos favorezca el resurgimiento del Estado Islámico en áreas desatendidas durante la transición.


