30 de enero de 2026
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Nuevo hallazgo sobre el origen de las piedras de Stonehenge

El debate sobre cómo llegaron los megalitos de Stonehenge a la llanura de Salisbury dio un giro significativo tras la publicación de un estudio del equipo de la Universidad Curtin (Australia). La investigación descarta la hipótesis de que los glaciares transportaron las piedras y atribuye su traslado a acción humana, aportando nuevas evidencias que cambian décadas de debate arqueológico. Los resultados, difundidos en Communications Earth & Environment, se basan en análisis geoquímicos avanzados sobre el origen y las posibles rutas de las rocas.

Stonehenge, en el sur de Inglaterra, es uno de los monumentos prehistóricos más emblemáticos. Fue construido en varias etapas por comunidades del Neolítico y de la Edad del Bronce entre circa 3000 a. C. y 1500 a. C. El conjunto incluye grandes bloques de arenisca local de alrededor de 25 toneladas, piedras azules más pequeñas de dos a cinco toneladas y la llamada Piedra del Altar, de aproximadamente seis toneladas.

La procedencia de esos materiales ha sido estudiada ampliamente. Según los autores Clarke y Kirkland, los bloques de arenisca provienen de Marlborough Downs, a unos 32 km de Stonehenge; las piedras azules se originan en las colinas de Preseli, al suroeste de Gales, a unos 290 km; y la Piedra del Altar se relaciona con la cuenca Orcadiana, en el noreste de Escocia, a más de 700 km.

Durante décadas se confrontaron dos explicaciones principales: que las piedras fueron trasladadas por humanos mediante rodillos, trineos o transporte marítimo, o que los glaciares las habrían arrastrado y depositado en la región en periodos prehistóricos. La discusión permaneció abierta por la ausencia de pruebas directas concluyentes.

Para esclarecerlo, Clarke y Kirkland aplicaron técnicas geoquímicas, en particular datación U–Pb en minerales como circones y apatita, y muestrearon sedimentos de arroyos alrededor de Stonehenge. El objetivo fue identificar señales minerales en los sedimentos que indicaran paso glaciar o aporte de materiales procedentes de regiones distantes.

Los resultados son contundentes: los circones hallados en sedimentos fluviales correspondían únicamente a fuentes rocosas locales de Gran Bretaña y no mostraban aportes significativos desde regiones lejanas, como sería de esperar si los glaciares hubieran transportado las piedras desde Gales o Escocia. De forma coincidente, la apatita analizada tampoco presentó indicios de un origen glacial externo y su composición encajó con depósitos locales.

El equipo detectó una coincidencia puntual con minerales característicos de las piedras azules de Preseli, pero esa evidencia fue insuficiente para sostener la hipótesis glaciar. Communications Earth & Environment subraya que, si grandes glaciares hubieran desplazado cientos de toneladas de megalitos, el registro sedimentario local mostraría trazas claras; la falta de esas señales y la homogeneidad mineral encontrada permiten descartar la intervención glacial.

Por tanto, la investigación excluye que los megalitos llegaran por acción del hielo y respalda la idea de una movilización humana —o al menos no glacial—. Esto refuerza la visión de que las comunidades neolíticas contaban con capacidades organizativas y técnicas suficientes para desplazar grandes bloques a largas distancias. Sin embargo, persisten dudas sobre el método exacto de transporte —por tierra, por mar o empleando troncos— y, como señaló el geólogo Anthony Clarke en declaraciones recogidas por Anne Doran, es posible que nunca se conozcan todos los detalles de cómo se logró.

El estudio también ilustra el potencial de la geoquímica avanzada y los enfoques interdisciplinarios para resolver preguntas arqueológicas de larga data, aportando nuevas perspectivas sobre la relación entre sociedades antiguas y su entorno. Aunque el mecanismo preciso de traslado sigue sin determinarse, el consenso derivado de esta investigación es claro: las piedras de Stonehenge no fueron depositadas allí por acción de glaciares.

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